
PARTE II
Radiografía del sector: quién gana, quién pierde y dónde están las oportunidades
Las preguntas que deja abiertas el caso Ecoener solo pueden responderse en su contexto: el del mercado renovable español en su conjunto. Porque el diagnóstico de De Valdivia no se sostiene ni se desmonta mirando únicamente a su empresa; se contrasta comparándola con quienes operan en el mismo entorno y han tomado decisiones distintas. Lo que sigue es esa comparación.
El sector que lo tiene todo y no termina de funcionar
España cuenta, en junio de 2026, con más de cien gigavatios de potencia renovable instalada. Las energías limpias generaron el 56,6 por ciento de la electricidad consumida en el país durante 2025, un porcentaje que sitúa al sistema eléctrico español entre los más verdes de Europa. Solo en ese año se instalaron 11.131 MW nuevos —el récord histórico—, de los cuales más de diez mil fueron fotovoltaicos. Los números son, sobre el papel, de libro de texto.
Y, sin embargo, el sector cotiza con descuento, las empresas se quejan, la financiación fluye con cuentagotas y varios directivos han salido a los medios a advertir que las condiciones para invertir en España están rotas. La paradoja tiene explicación, y esa explicación es la clave para entender quién está ganando y quién está perdiendo en este mercado.
El problema estructural: demasiado sol, poca red, cero almacenamiento
La instalación masiva de fotovoltaica sin planificación ha producido un efecto de canibalización que ningún modelo de negocio del sector había anticipado correctamente. En las horas centrales del día, España genera tanta energía solar que el precio del mercado mayorista cae a cero —o a valores negativos—. Quien produce en esas horas vende a pérdida o directamente no vende. La energía existe, pero no tiene comprador ni destino.
A ello se añade el cuello de botella de las redes de transporte y distribución. España tiene capacidad de generar energía limpia en abundancia, pero carece de la infraestructura necesaria para llevarla a donde se demanda: centros de datos, polígonos industriales, nuevas instalaciones de electromovilidad. Los puntos de conexión a la red están saturados y los proyectos aprobados no pueden enchufarse porque no hay lugar físico donde hacerlo. Es la diferencia entre tener agua en el pantano y no tener tuberías para llevarla al grifo.
La tercera pata del problema es la ausencia de almacenamiento a escala. Sin baterías que permitan desplazar la energía barata de las horas de exceso hacia las horas de demanda, el sistema es estructuralmente ineficiente. Y sin un marco retributivo claro para el almacenamiento —precios mínimos garantizados, subastas de capacidad, contratos por diferencia—, nadie construye baterías a escala industrial. El regulador no ha actuado con la velocidad que el mercado requería, y esa lentitud tiene un coste que pagan todos los actores del sector, grandes y pequeños.
Los ganadores: quién supo leer el cambio antes
Grenergy — el modelo de referencia
Grenergy es la historia de éxito del sector. Salió al Mercado Continuo en 2019 con una capitalización mínima y ha multiplicado por más de diez veces su valor hasta rozar los 131 euros por acción en mayo de 2026. Con ingresos de 643 millones de euros en 2024 —un 61 por ciento más que el año anterior— y un EBITDA de 160 millones, ha construido una posición sólida combinando tres ingredientes que el mercado premia: diversificación tecnológica entre eólica y solar, contratos de compraventa de energía a largo plazo con grandes consumidores corporativos —entre ellos Microsoft, que firmó PPAs ligados a 230 MW de activos en España— y disciplina financiera. Grenergy no salió a los medios a culpar al regulador. Adaptó su modelo y ejecutó.
Solaria — la resurrección improbable
Solaria tocó fondo a principios de 2024, con la acción por debajo de diez euros tras sufrir el castigo de la canibalización solar. Y, sin embargo, protagonizó una de las recuperaciones más espectaculares del sector, llegando a 25 euros en 2026, un rebote de más del 137 por ciento desde mínimos. El catalizador fue la explosión de la demanda de centros de datos de inteligencia artificial. Los operadores de «data centers» necesitan energía limpia, predecible y disponible las veinticuatro horas, y están dispuestos a pagar una prima por ella. Solaria se reposicionó como proveedora preferente de ese segmento. Su margen EBITDA del 75 por ciento —el más eficiente del sector— le da músculo financiero para aguantar las temporadas difíciles y acelerar cuando el viento sopla a favor.
Acciona Energía — gigante con pies de barro
Acciona Energía es el mayor actor cotizado del sector renovable español, con 14.600 MW instalados en todo el mundo y una capitalización de 7.560 millones de euros. Sus números operativos son sólidos: EBITDA de 1.546 millones de euros en 2025 y producción de 24,4 TWh. Pero su acción ha caído un 45 por ciento desde el máximo histórico de 44,20 euros alcanzado en agosto de 2022, y cotiza hoy a 24 euros. El mercado le penaliza el tamaño de su deuda y la menor rentabilidad marginal de los nuevos proyectos en un entorno de precios bajos. Con todo, es el referente en escala y el que más se beneficiará de la recuperación regulatoria cuando esta llegue.
Los perdedores: cuando el tamaño no protege
En el otro extremo del espectro se acumulan las empresas que salieron a bolsa con valoraciones optimistas en el boom de 2021 y que no han podido justificar ese precio desde entonces. Ecoener, Soltec, EiDF y Holaluz comparten un denominador común: cotizaciones persistentemente por debajo del precio de OPV, inversores con la confianza bajo mínimos y modelos de negocio que no han encontrado aún su ventaja competitiva sostenible.
Soltec es el caso más grave: cerró 2024 con pérdidas de 126 millones de euros y anunció una reestructuración profunda, vendiendo activos y reorientando el negocio hacia los seguidores solares —el hardware que orienta los paneles hacia el sol— y alejándose de la generación pura.
EiDF, afectada por el parón del autoconsumo y los precios eléctricos negativos en horas solares, tampoco ha encontrado el camino de vuelta. Holaluz, comercializadora de energía verde, sufre el doble impacto de los precios bajos y los márgenes estrechos en la comercialización.
Las oportunidades: dónde está el dinero que todavía no ha llegado
La paradoja del sector es que sus problemas actuales son exactamente las oportunidades de negocio del próximo lustro. Quien resuelva los cuellos de botella que ahora paralizan el mercado capturará una cuota enorme en la próxima década.
Almacenamiento. España tiene el potencial solar y eólico para ser exportadora neta de energía limpia a Europa. Sin baterías que acumulen la energía generada en exceso y la liberen cuando se necesita, ese potencial se desperdicia. Quien construya capacidad de almacenamiento a escala —química, por bombeo hidráulico o mediante hidrógeno verde— habrá resuelto el principal problema estructural del sistema y podrá fijar el precio de la energía en las horas de mayor demanda.
Energía para centros de datos. La inteligencia artificial consume electricidad de forma voraz y continua. Las grandes tecnológicas —Microsoft, Google, Meta, Amazon— están firmando PPAs a diez y quince años con productores renovables que garanticen suministro limpio y estable. España, con su recurso solar y eólico, es un candidato natural para acoger esa demanda. Pero los centros de datos no se instalan donde no hay red suficiente, y ahí vuelve el problema de la infraestructura.
Eólica marina y renovables de nueva generación. España tiene una costa extensa con excelente recurso eólico marino. La eólica «offshore» es todavía incipiente en el país, pero el marco regulatorio europeo la impulsa y las subastas de los próximos años abrirán ese mercado. Quien entre antes —con masa crítica y financiación— tendrá una ventaja de primera mover difícil de replicar.
Mercados europeos con menor competencia. Rumanía, Polonia, Grecia e Italia presentan marcos regulatorios más predecibles y recursos renovables todavía sin explotar a escala. Para las empresas españolas con experiencia técnica, estos mercados ofrecen retornos más atractivos que el mercado doméstico saturado, aunque también exigen una gestión del riesgo más sofisticada de lo que habitualmente se reconoce.
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