Marta Cruz

Rafaela es una mujer de 62 años que vive en el barrio madrileño de Simancas. Le han tenido que hacer dos veces la prueba para saber si tiene COVID-19, porque los resultados de la primera se perdieron, y no es el único caso, como le comentó su propia doctora.

El pasado 15 de abril de 2020 Rafaela se dirigió al Hospital Ramón y Cajal, al norte de Madrid, para someterse por primera vez a la prueba de COVID-19. Al día siguiente debía llamar a su ambulatorio, el centro Gandhi, para conocer los resultados. Pero cuando lo hizo, le comunicaron que no los encontraban. La doctora que le atendió le dijo que su diagnóstico «no lo tenían y que habían mirado por todos los lados».

En principio, le aseguraron que se pondrían en contacto con ella desde el centro de salud. Pero Rafaela fue quien llamó primero, por recomendación de la doctora del Hospital Ramón Y Cajal, ya que esta le advirtió de que «los resultados de los test se estaban extraviando». Y «con la mala suerte de que, efectivamente, mi prueba también se extravió», apunta Rafaela. Después, el personal del Hospital Ramón y Cajal le comentó que se habían perdido, pero sin poder asegurarle que hubiesen mandado su prueba al centro de salud.

Un calvario

Rafaela acudió a mediados de abril al hospital para realizarse la prueba porque desde el pasado 3 de marzo de 2020 se encontraba mal. Tenía síntomas de la COVID-19, salvo la fiebre, que no le subió en ningún momento. Añade que «tenía la garganta mal y dolor en el pecho». Mientras tanto, Rafaela recuerda que «iba y venía a todos los lados» porque «en ese momento no parecía para tanto el tema del coronavirus».

El lunes 9 de marzo, «fui al ambulatorio a por mi baja médica, porque aún me estaba recuperando de una operación de hernia». Y ese día la doctora «vio que los valores de la sangre que aparecían en una analítica no estaban bien» y, de hecho, declara que le dijeron «que tenía una infección de algo pero no sabían el qué». Incluso «pensé que la malla que me habían puesto para la hernia me estaba produciendo rechazo». Pero para esos días ya tenía insuficiencia respiratoria.

Rafaela descansado en el sofá de su casa

El jueves de esa semana volvió al ambulatorio para unas pruebas, pero el centro había cambiado su forma de trabajar. Cuenta que «al principio te preguntaban qué te pasaba y en mi caso, yo podía ser un posible positivo de COVID-19». Por eso, al entrar «me llevaron a una sala sólo para los posibles pacientes de COVID-19. La estancia estaba precintada y yo estaba separada del resto de pacientes». Ese día, Rafaela asegura que pudo hablar con su doctora de cabecera pero no fue quien la atendió y de hecho «me pidió perdón porque estaba atendiendo a las consultas».

Ante el drástico cambio que veía en el centro, Rafaela recordó al personal que ella iba a por otras pruebas que no estaban relacionadas con la COVID-19, pero le aseguraron que «de ayer a hoy todo ha cambiado».

Pánico para ir al hospital

Rafi, como la llama su familia, tardó en hacerse la prueba de la COVID-19 poco más de un mes, desde el jueves 12 de marzo de 2020, porque, afirma, que «da pánico ir al hospital». Pero durante estos días, el personal sanitario sí le ha hecho un seguimiento de su estado y le ha dado recomendaciones, tanto para la dolencia como para el confinamiento en su casa. Asegura que «me han estado llamando y se han preocupado por mí». Pero cuando fue posteriormente al Hospital Ramón y Cajal, «le dije al segundo médico que no estaban mis resultados y que los habían perdido y me respondió que era la primera vez que oía eso de un test extraviado, pero le recordé las palabras de su compañera. Comprobó algo en el ordenador». Al final, reconocieron que «la prueba estaba perdida, perdidísima».

Segunda prueba

Finalmente, el día 21 de abril de 2020 acudió de nuevo al Hospital Ramón y Cajal para someterse a un nuevo examen de COVID-19. Además, de una placa, una PCR y el test. Un test que asegura Rafaela que «es incómodo y molesto, pero no es doloroso. Además los médicos lo hacen con mucho cuidado».

Tras varias semanas de incertidumbre, Rafaela sigue siendo «posible paciente de COVID-19». Saberlo es importante, no sólo para ella. También lo es para su familia, puesto que asegura que ha adaptado la convivencia con su marido a la COVID-19. Él tiene 78 años y viven «lo más separados posible en un piso de cuarenta y pocos metros cuadrados y con un solo baño».

Su día a día está marcado por «mucha higiene, el uso de la lejía en el hogar es constante». Su rutina ha cambiado en las últimas semanas y afirma que «tenemos cuidado e intentamos no vernos, aunque, es difícil».

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