El Madrid de los ocho millones de habitantes y 735 MW en centros de datos: sueño o pesadilla

Ciento cincuenta mil habitantes para Valdemoro, ocho millones para la Comunidad de Madrid, y 735 megavatios en 2027: cifras que se anuncian por separado y se financian contra el mismo suelo, la misma red y el mismo río.

El crecimiento como meteorología

Hay una palabra que reaparece en boca de quienes gobiernan este crecimiento y conviene desarmar: «previsto». El planeamiento se dimensiona «para dar respuesta al crecimiento de población previsto». La región «alcanzará» los ocho millones. Valdemoro «llegará» a los ciento cincuenta mil.

Verbos sin sujeto, conjugados en un futuro que se presenta como una llegada del clima, no como una decisión que alguien firma. Se crece como llueve. Y ante la lluvia no cabe deliberar: solo abrir el paraguas, es decir, construir la infraestructura que la acoja.

Pero el crecimiento urbano no es un fenómeno atmosférico. Que en un municipio crezca un 50 por ciento su población no cae del cielo: es la suma de reclasificaciones, convenios, licencias y planes parciales, cada uno una decisión con nombre, fecha y firma en un pleno. Cuando la Comunidad proyecta ocho millones, no observa una tendencia inevitable: elige habilitar el suelo, la red y el agua para que se materialicen, y descarta la alternativa de no hacerlo.

La proyección, presentada como espejo del futuro, es una palanca del presente. Y las palancas no se contemplan: se accionan, y alguien decide accionarlas.

La prueba de que la cifra es instrumento y no augurio está, como casi siempre, en la letra pequeña. El Gobierno regional no enuncia los ocho millones para preparar con calma los servicios de quienes vendrán; los enuncia ligados a la necesidad de «reformar el sistema de financiación autonómico que dé respuesta a este incremento».

La población futura se convoca hoy para reclamar recursos hoy. El vecino que aún no ha hecho las maletas ya trabaja: sirve de argumento presupuestario. No estamos ante una previsión, sino ante una operación.

Y conviene nombrar por qué la operación resulta tan cómoda: presentar el crecimiento como destino exime de justificarlo. Si crecer es un hecho de la naturaleza, nadie tiene que explicar por qué se reclasifica un paraje protegido, por qué se compromete el agua de una cuenca en estrés o por qué se hipoteca la red de una comarca; basta con decir que «hay que dar respuesta» a lo que viene.

La naturalización del crecimiento no es un descuido retórico: es el dispositivo que traslada una cadena de decisiones discutibles al terreno de lo que no se discute. Y lo que no se discute, no se fiscaliza.

Ahora bien —y hay que concederlo—, que Madrid crezca es real y tiene motores que no dependen de ningún plan: la región atrae de verdad a uno de cada cinco nuevos residentes de España, por dinamismo económico y por la gravedad de toda gran metrópoli.

Negar el crecimiento sería tan ingenuo como naturalizarlo. Pero entre negarlo y rendirse a él como a una fatalidad hay un espacio enorme, y es el de la política: decidir cuánto, dónde, a qué ritmo y contra qué límites. Renunciar a ese espacio —declarar que el «cuánto» ya está escrito en una proyección— no es humildad ante los hechos: es gobernar sin tener que responder por lo que se gobierna.

La máquina que se alimenta sola

Tenemos ya la unidad —el módulo de 25.000 vecinos con sus cinco llaves— y la costumbre de enunciar el crecimiento como si lloviera. Juntémoslas, porque es entonces cuando la retórica del «crecimiento previsto» se vuelve calculable, y calcularla revela el mecanismo que hay debajo.

Llevar Valdemoro de 93.000 habitantes a ciento cincuenta mil son 57.000 vecinos nuevos: dos módulos de nuevo Tres Cantos. La Comunidad de 7,137 millones a ocho son 863.000 personas: treinta y cuatro módulos y medio.

No son metáforas: es la cifra oficial dividida por la huella real de un desarrollo estándar. Cada módulo reclama su subestación, su arteria de agua, su enlace con la autovía y su cupo en una depuradora. Treinta y cuatro veces.

Frente a esa multiplicación, la respuesta del planificador tranquiliza y tiene parte de razón: no hará falta tanto suelo, porque se crecerá en altura y sobre la ciudad ya hecha. Es cierto. Densificar reduce la huella de suelo a un tercio: los mismos 57.000 vecinos caben en 229 hectáreas de torre o en 745 de chalé.

Pero ahí está el equívoco que sostiene el optimismo oficial. Densificar ahorra suelo; no ahorra recursos. El agua y la electricidad no las consume el terreno, sino las personas, que beben, se duchan y enchufan lo mismo apiladas que extendidas.

De las cinco llaves, unas son elásticas y otras rígidas: el suelo se estira con la densidad y se fabrica con un lápiz; el asfalto es caro pero resoluble; la electricidad, en cambio, choca con una red que en Madrid tiene ya el 82 por ciento de sus nudos saturados, y el agua, con una cuenca cuyo límite no mueve ningún pleno.

Multiplicar el módulo por 34,5 es fácil sobre el papel. Lo difícil no es dibujar 34 ciudades: es encontrar 34 veces el agua y la corriente que se las traguen.

Y aquí el asunto deja de ser aritmético para volverse un mecanismo, porque lo que opera bajo estos dos sueños no es un exceso de entusiasmo, sino una máquina que se retroalimenta.

Primero se dimensiona la infraestructura para un crecimiento que aún no existe —subestación, autovía, suelo reclasificado, calculados no para los vecinos de hoy, sino para los que la proyección promete—. Y una vez construida, esa capacidad ociosa se convierte en el argumento que exige llenarla.

Lo que se levantó como respuesta a un crecimiento futuro se vuelve la razón para producirlo. La infraestructura deja de seguir a la población y pasa a convocarla. El paraguas ya no espera la lluvia: la reclama.

Tiene nombre técnico y viejo. En las carreteras se llama demanda inducida: cada carril que se abre para aliviar un atasco acaba generando el tráfico que lo colapsa de nuevo, porque la oferta de asfalto fabrica su demanda de coches.

Estos dos sueños aplican esa lógica al territorio entero: se tiende el sustrato para ocho millones y, una vez tendido, reclama ser amortizado. La profecía no se cumple porque acierte, sino porque se ha construido el andamiaje que la vuelve inevitable. Se ha fabricado la necesidad de crecer.

Y con ella, una inversión de la jerarquía: las personas que aún no existen se vuelven la coartada para construir, y luego hay que salir a buscarlas —con más reclasificaciones, con marketing territorial— para justificar lo ya hecho. El habitante futuro deja de ser el fin al que sirve la infraestructura y pasa a ser el relleno que un activo hundido necesita para no parecer un error.

Como todo activo hundido, no admite marcha atrás: es un efecto trinquete, una rueda que gira en un solo sentido. Cada umbral alcanzado se vuelve el trampolín del siguiente. Los ciento cincuenta mil justifican construir para ciento cincuenta mil y, una vez construido, el vacío argumenta por doscientos mil. Detenerse deja de leerse como prudencia y pasa a leerse como fracaso: capacidad ociosa, deuda sin amortizar.

Por eso estos sueños no tienen cota superior: no pueden tenerla, porque el único techo que existiría —el físico, el del agua y la corriente— se ha declarado provisionalmente irrelevante, aplazado a base de soluciones «transitorias» y obras de «plazo indeterminado».

Conviene ser justos: anticiparse no siempre es una trampa; a veces es buena planificación, porque no se tiende una línea de Cercanías cuando el barrio ya está lleno.

La pregunta decisiva no es si se anticipa, sino contra qué se mide. Anticipar es prudente cuando se dimensiona a un objetivo elegido y verificado contra el límite físico; es una trampa cuando ese límite, en vez de respetarse, se aplaza. Construir la depuradora antes que el barrio es previsión; construir el barrio confiando en que la depuradora llegue algún día es una apuesta.

La diferencia no está en el calendario, sino en si el río entra o no en la ecuación. Porque una máquina que fabrica la demanda de su propia oferta y declara irrelevante su único límite real tiene un nombre más incómodo que «sueño». Es una burbuja. Una burbuja con permiso de obra.

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