Si Navarra es el laboratorio de lo que funciona, Madrid es el laboratorio de lo que se hace pareciendo que funciona. Aquí no falta acción: se mueven las mayores bolsas de suelo de Europa. El problema es que buena parte de esa acción es combustible disfrazado de agua.

En marzo de 2026, antes de emprender esta serie, dediqué dos análisis al mercado de Madrid: uno sobre «el shock de oferta y los nuevos desarrollos» y otro que exponía, deliberadamente desde dentro y con su envoltorio institucional intacto, «los desarrollos urbanísticos» que están reconfigurando la región.

Los escribí como quien fotografía a la vez el folleto y su letra pequeña, para poder contrastar con el tiempo las promesas con su cumplimiento. Vistos ahora, a la luz del recorrido de esta serie, aquellos dos textos son en realidad uno solo: el reverso exacto del laboratorio navarro. Y me obligan a una corrección honesta de mi propio análisis, que expongo antes de seguir.

En aquel primer artículo comparaba Madrid y Barcelona y concluía que ambas habían fracasado por igual: la Barcelona regulada, con una corrección de precios de en torno al 6 por ciento pero un desplome de la oferta cercano al 32 por ciento; la Madrid del libre mercado, con la oferta cayendo un 26 por ciento y los precios disparados. De ahí deducía que tanto la intervención estricta como el laissez-faire habían fracasado. Mantengo los datos, pero ya no comparto del todo la conclusión, y el porqué es justamente lo que esta serie me ha enseñado.

No fracasaron «la regulación» y «el mercado» como principios abstractos y simétricos. Fracasó el tope de alquileres aplicado sin un parque público que lo sostuviera —el caso catalán— y fracasó el mercado abandonado a sí mismo sin nada que lo contuviera —el caso madrileño—, mientras que el tope acompañado de un parque del 22,7 por ciento contiene los precios, como demuestra Navarra. La lección no es que nada funcione: es que ninguna pieza suelta funciona. Barcelona era un torniquete sin cirugía; Madrid, ni lo uno ni lo otro.

Hecha la enmienda, Madrid ilumina algo que Navarra no puede mostrar, porque para verlo hace falta el contraejemplo: cómo una administración puede desplegar una actividad febril y llamarla solución mientras, en realidad, echa gasolina al terreno.

Cuatro mecanismos lo explican, y los cuatro tienen la misma firma: ocupan el lugar de la solución e impiden que la solución real se despliegue.

Primero, el shock de oferta que convalida los precios en lugar de bajarlos. La doctrina oficial madrileña sostiene que la crisis se corrige liberando suelo a gran escala: la llamada Estrategia del Sureste proyecta 261.000 viviendas, casi la mitad bajo alguna forma de protección. Suena a solución.

    Pero el propio relato institucional confiesa la trampa cuando reconoce que la absorción del producto es casi instantánea y que, aun con los visados creciendo un 10 o un 12 por ciento, la oferta es matemáticamente insuficiente para el déficit acumulado. Verter viviendas sobre un mercado con esa capacidad de absorción no baja los precios: los ratifica.

    La prueba está en los propios números: pese a activar el sureste y Madrid Nuevo Norte, la vivienda libre de la capital subió un 14,8 por ciento interanual hasta rozar los 5.861 euros por metro, más del doble de la media española. El shock de oferta como bala de plata liberal queda refutado por la aritmética: donde la demanda es un pozo sin fondo, cada vivienda nueva es una oportunidad de especulación, no un alivio de precio.

    Segundo, la protección que expulsa precisamente a quien debería proteger. Aquí la palabra «protegida» hace el trabajo retórico que en la primera entrega hacía «bala de plata»: tranquiliza sin comprometer. Una vivienda protegida de precio limitado de noventa metros cuadrados ronda hoy en esos desarrollos los 310.000 o 330.000 euros, y adquirirla exige disponer de unos 90.000 euros de ahorro previo entre entrada y gastos.

    Para un salario mediano que apenas sobrevive tras pagar el alquiler, atesorar 90.000 euros es aritméticamente imposible. La consecuencia es una paradoja amarga: la vivienda protegida se ha convertido en un subsidio para las clases medias consolidadas y los profesionales cualificados, mientras las rentas bajas quedan a la intemperie.

    Lo confirma el umbral de las viviendas municipales de Los Berrocales, fijado en 5,5 veces el IPREM, es decir, hogares de en torno a 64.000 euros anuales. Se construye vivienda «asequible» para quien casi puede, no para quien no puede. Y esa misma cifra reaparecía, no por casualidad, en boca del ministro de Economía cuando situaba sus avales por encima de los 60.000 euros de renta: es la doctrina, transversal a izquierda y derecha, de la clase media como único sujeto de la política de vivienda.

    Tercero, el arbitraje de temporada, o el fuego saltando la línea. Este es el mecanismo que cierra, con datos de laboratorio, una de las tesis centrales de esta serie. Cuando el despliegue del Registro Único de Arrendamientos y la ventanilla única digital cercaron la vivienda turística ilegal, el mercado madrileño no devolvió las casas a las familias.

    En el primer semestre de 2026, frente a 12.637 viviendas ofertadas como turísticas en las plataformas y apenas 1283 con registro legal válido, el Ministerio detectó que 17.635 viviendas mutaban de golpe hacia la etiqueta de «alquiler de temporada», que el Código Civil regula con laxitud y que esquiva los topes y las prórrogas de la Ley de Arrendamientos Urbanos.

    Es exactamente lo que en las entregas anteriores describíamos como el fuego que salta el perímetro por donde no se ha cortado, pero aquí probado a escala metropolitana y con cifras oficiales. Y hay un dato que remata el diagnóstico y enlaza con otra pieza de esta línea editorial, «El ejército invisible»: apenas el 5,4 por ciento de las viviendas turísticas de Madrid opera con licencia válida.

    Esa ilegalidad masiva no es un defecto moral de los propietarios; es la huella de un Estado sin capacidad inspectora, con herramientas analógicas frente a plataformas digitales. No hay guardia de rescoldos porque no hay bomberos.

    Cuarto, el crecimiento que engorda la gravedad en vez de repartirla. Todos esos megadesarrollos comparten una característica que la quinta entrega de esta serie permite ver con claridad: se apilan en el borde de la ciudad más tensionada del país —51.000 viviendas en Valdecarros, 22.000 en Los Berrocales, 19.000 en Los Ahijones— y ninguno en la constelación de ciudades medias que podría descongestionarla.

    Es crecimiento centrípeto: alimenta la gravedad madrileña en lugar de repartirla, y con ella la congestión, la saturación de infraestructuras y el propio precio del suelo que se dice combatir. El síntoma más elocuente es el colapso eléctrico: la falta de capacidad de la red pone en riesgo la entrega de 116.000 viviendas en el sureste, porque la inversión de la red de transporte está legalmente congelada en el 0,13 por ciento del PIB y el planeamiento autonómico se diseñó de espaldas a la planificación energética estatal.

    Es la prueba física de una tesis de este informe: sin un puesto de mando que coordine los niveles del Estado, se puede calificar suelo para cientos de miles de viviendas y, a la vez, ser incapaz de darles luz.

    Y por debajo late el viejo pecado de la ciudad dormitorio: El Cañaveral entregó sus primeras viviendas en 2017 y hasta 2026 no ha abierto su primer colegio público. Se produce vivienda sin producir ciudad, que es reproducir el problema a mayor escala.

    Conviene, en honor a la verdad y para no caricaturizar, anotar una excepción que apunta en la dirección correcta. La Ley 3/2024 de la Comunidad de Madrid, que permite transformar en vivienda protegida de alquiler parcelas terciarias obsoletas —oficinas y comercios degradados—, ha identificado 2238 parcelas con potencial para unas 37.451 viviendas.

    Es, curiosamente, el mismo instrumento intervencionista que ha adoptado la Cataluña regulada, y una de las pocas piezas madrileñas que sí encaja en la doctrina de la extinción: reutilizar suelo ya urbanizado, con destino protegido y en alquiler. Que la administración del libre mercado recurra a ella demuestra que la línea entre apagar y avivar no coincide exactamente con la frontera ideológica; coincide con si la medida perimetra el fuego o le abre paso.

    La conclusión, entonces, afina la frase de la que partíamos. El problema de la vivienda es el problema gordo, y su drama no es solo que unos quieran apagarlo mientras otros echan gasolina. Es más sutil y más grave: buena parte de lo que se presenta como extinción es, mirado de cerca, combustible con etiqueta de agua. El shock de oferta que ratifica precios, la vivienda «protegida» inaccesible, la turística que se disfraza de temporada, el crecimiento que engorda el astro en lugar de repartir su masa.

    Es la versión territorial y autonómica del «no hay bala de plata» del ministro: aquí sí se dispara, y mucho, pero se dispara gasolina. Madrid no demuestra que no haya solución; demuestra lo contrario de lo que proclama: que producir viviendas no es lo mismo que resolver el problema de la vivienda, igual que arrojar leña no es lo mismo que apagar un incendio. Y ese contraste —misma España, mismo ciclo, mismos tipos de interés, doctrinas opuestas entre Pamplona y la Puerta del Sol— es, una vez más, el argumento más elocuente de toda la serie.

    Anexo: enlaces y referencias

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