La bala de plata para abordar la Vivienda en España

Serie «No hay balas de plata, hay armerías cerradas» (1 de 6)

El vicepresidente económico del Gobierno, Carlos Cuerpo, ha resumido la política de vivienda en una frase que parece sentido común y funciona como coartada. Conviene leerla a cámara lenta: hace mucho trabajo político disfrazado de obviedad.

Este fin de semana, en una entrevista en elDiario.es, el vicepresidente primero y ministro de Economía, Carlos Cuerpo, condensó la posición del Gobierno ante el mayor problema del país: la vivienda es la gran prioridad, pero «no hay una bala de plata».

La frase está calculada para el asentimiento. ¿Quién va a discutir que los problemas complejos no se resuelven de un disparo? Y sin embargo merece un análisis pausado, porque pocas veces siete palabras han hecho tanto trabajo político vestidas de sentido común.

Empecemos por la genealogía. La «bala de plata» es un anglicismo —lo popularizó el ingeniero Fred Brooks en los años ochenta— que arrastra intacto su imaginario de origen: la bala de plata es lo único que mata al hombre lobo. Quien la invoca convierte implícitamente su problema en un monstruo, en una criatura sobrenatural que solo un arma mágica podría abatir. Y ahí está la trampa: si el problema es un monstruo y el arma mágica no existe, nadie puede reprocharle al cazador que el monstruo siga vivo. La frase desplaza la responsabilidad del gestor al problema. No dice «no hemos hecho lo suficiente»; dice «el problema es de tal naturaleza que nada lo resolvería de golpe». Es una gestión de expectativas presentada como diagnóstico.

Recordemos, además, a qué pregunta respondía. El gobernador del Banco de España, José Luis Escrivá, había cifrado el déficit acumulado en 750 000 viviendas y se había preguntado en voz alta por qué esto no constituye una gran prioridad nacional.

Esa pregunta interroga la voluntad. La respuesta del ministro habla de la dificultad. Son planos distintos: nadie le pedía magia; le pedían prioridad, que es una categoría presupuestaria y política, no balística. Y la fórmula completa —«es la gran prioridad, pero no hay bala de plata»— funciona como un oxímoron utilísimo: la primera mitad promete la máxima ambición; la segunda rebaja por anticipado cualquier resultado. Es el titular perfecto para no comprometerse con nada medible.

Miremos ahora lo que la frase esconde. El paquete que el vicepresidente enumera —recuperar oferta, un fondo público para alquiler asequible, avales del ICO para la entrada, fiscalidad de los pisos turísticos, cuentas de ahorro para que el dinero de los españoles deje de refugiarse en el ladrillo— es un programa coherente de demanda y mercados de capitales. Lo revelador es lo que no aparece: en toda la entrevista no se pronuncian las palabras «tope», «control de precios» ni «ley de vivienda», pese a que la medida estrella de esa ley, las zonas tensionadas, acumula ya dos años de datos en Cataluña y uno en Navarra. Las zonas tensionadas comparecen una sola vez, y como simple criterio geográfico para elevar los umbrales de los avales. El instrumento de contención más debatido de Europa, borrado del mapa por elipsis.

Se dirá: es el perfil del cargo. Cuerpo es un técnico puro —economista del Estado, exjefe del Tesoro— y su instinto profesional es no tocar nada que pueda desequilibrar una economía que, en los agregados que él gestiona, marcha bien.

Pero ese razonamiento presupone que el conjunto está en equilibrio y que intervenir sería la perturbación, y los datos oficiales dicen lo contrario: el propio real decreto del nuevo Plan Estatal de Vivienda describe el metro cuadrado en 2230 euros al cierre de 2025, el valor más alto de la serie histórica, un 13,1 por ciento más en un año y por encima ya del máximo de 2008.

Un activo esencial subiendo a dos dígitos mientras los salarios crecen a un tercio de ese ritmo no es un mercado funcionando: es la principal fuente endógena de inestabilidad de la economía española. Drena la renta de los jóvenes, bloquea la movilidad laboral, presiona la inflación y absorbe el ahorro nacional hacia un activo improductivo.

El técnico que no actúa para no desequilibrar está eligiendo el desequilibrio que ya existe. Y la inacción también tiene coste fiscal: los avales son pasivos contingentes del Tesoro; las ayudas al alquiler sin oferta son transferencias a los caseros vía precios. Contabilizar los riesgos de actuar e ignorar los de no hacerlo no es prudencia: es asimetría contable.

El error de fondo, con todo, no está en las medidas sino en el imaginario. La vivienda no es una presa a la que se dispara, ni bien ni mal: es un incendio con seis frentes simultáneos que solo comparten nombre. El del stock (faltan cientos de miles de viviendas, y eso solo se apaga con años de grúas, suelo y mano de obra); el de los flujos (los precios de los contratos nuevos); el de los usos (turístico, temporada, habitaciones: el mismo metro cuadrado cambiando de uniforme para escapar del frente donde pierde); el de la propiedad (millones de particulares dispersos y unos fondos concentrados exactamente en los nudos donde arde); el fiscal, y el territorial.

Los medios de extinción interfieren entre sí: el tope contiene los flujos y aviva los usos; los avales alivian el acceso y presionan el precio; el parque público gana la batalla larga y no aporta nada a la corta.

A un problema así no se le mata: se le enjaula. Y enjaular es perimetrar y trabajar en todos los frentes a la vez. Los bomberos no discuten si existe la manguera de plata: despliegan cuanto tienen, simultáneamente, y sostienen el dispositivo hasta la extinción.

¿Utopía? Existe la prueba, y está a cuatrocientos kilómetros de la Castellana.

Navarra —el único territorio español donde los precios dan señales verificables de contención: los alquileres de sus zonas tensionadas acumulan una caída superior al 7 por ciento mientras fuera de ellas suben un 3,2 por ciento— no ha encontrado ninguna bala. Ha desplegado unsistema: el mayor parque protegido de España, tope de precios, compra pública preferente, blindaje permanente de la protección y persecución de las escapatorias.

En Navarra, uno de cada dos inquilinos no paga precio de mercado, y sus responsables lo explican con un vocabulario exactamente inverso al ministerial: aquí hay un plan de juego que viene de lejos. Esa es la línea divisoria que la frase de la bala pretende borrar: quien tiene un sistema, enseña el sistema; quien no lo tiene, explica por qué ningún sistema bastaría.

De modo que el vicepresidente tiene razón, aunque no como él cree: en efecto, no hay bala de plata. Nunca la hubo, porque nunca hubo hombre lobo. Lo que hay es un incendio con autores, fechas y combustible conocidos, un dispositivo de extinción a medio desplegar y una armería estatal —fiscalidad, avales, suelo público, datos— cuya llave guarda, precisamente, el Ministerio de Economía.

Contra un hombre lobo se busca una bala; contra un incendio se despliega todo. La frase que suena a sensatez es, bien leída, la confesión de quien todavía no ha abierto la puerta.

  • Este artículo abre una serie de seis entregas. La próxima: «El laboratorio navarro», con los datos completos —y las objeciones serias— del único experimento español que está conteniendo los precios.
  • La serie procede del informe de trabajo «No hay balas de plata, hay armerías cerradas».

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