
I. La victoria que los algoritmos no pueden comprar
En enero de 2026, la Operación Absolute Resolve capturó a Nicolás Maduro en Caracas con una precisión quirúrgica que pareció confirmar la doctrina dominante en los círculos de defensa occidentales: la superioridad tecnológica es superioridad estratégica.
Más de 150 aeronaves coordinadas, inteligencia en tiempo real, drones autónomos y, por primera vez confirmado oficialmente, una inteligencia artificial —el modelo Claude de Anthropic, desplegado a través de Palantir— procesando datos interceptados y optimizando decisiones en el centro de mando.
El Pentágono celebró la operación como prueba de que la guerra del futuro es una guerra de algoritmos. Pocos meses después, Irán demostró exactamente lo contrario.
La campaña militar contra Irán dejó a Estados Unidos con el tambor más vacío en décadas: más del 45 por ciento de sus Precision Strike Missiles consumidos, la mitad de sus misiles THAAD agotados, más de mil Tomahawks lanzados cuando la producción anual histórica era de apenas 86 unidades. El Pentágono necesitará entre uno y cuatro años para reponer los inventarios. Los Tomahawks, hasta 2030. Y con todo ese poder de destrucción, Estados Unidos tuvo que sentarse a negociar.
La IA domina la táctica. La estrategia sigue siendo irremediablemente humana.
La lección es tan antigua como Clausewitz y tan incómoda como siempre: se puede destruir una refinería con un misil de precisión milimétrica. No se puede destruir la voluntad de un pueblo con un algoritmo, por sofisticado que sea.
II. El humo que Putin no puede ocultar
Mientras el mundo debatía los términos del acuerdo con Irán, en el interior de Rusia ardían las refinerías. No en la línea del frente, sino en el corazón industrial del país. Desde 2025, Ucrania ha ejecutado 658 ataques contra infraestructura energética rusa, casi el doble que en los tres años anteriores combinados. El resultado: 500.000 barriles diarios menos de capacidad de refino, la refinería de Riazan completamente parada desde el 15 de mayo de 2026, la de Moscú desde el 17.
Durante décadas, la doctrina de disuasión rusa descansaba sobre un axioma: el territorio profundo es intocable. Los drones baratos ucranianos han desmantelado ese axioma sin activar ningún umbral. Demasiado pequeños para justificar el apocalipsis, suficientemente precisos para destruir infraestructura crítica.
Las consecuencias son múltiples y simultáneas. El frente militar sufre escasez de combustible. La economía doméstica siente las colas y los precios. Y los ingresos del Estado —un 40 por ciento dependientes del petróleo y el gas— se erosionan semana a semana. Todo ello sobre una base demográfica ya devastada: un millón de bajas militares entre muertos y heridos, el 62 por ciento de la población apoyando las negociaciones de paz.
Rusia puede ganar centímetros de tierra en Ucrania. Está perdiendo la guerra de fondo.
III. China: el gas que llena todos los vacíos
Mientras Rusia sangra y Estados Unidos negocia con el tambor vacío, China lleva dos años ejecutando la estrategia más paciente y efectiva del planeta. No conquistas espectaculares: normalizaciones graduales. Drones de reconocimiento sobre las islas Pratas. Guardacostas en aguas restringidas de Taiwan. Presencia naval más allá de la primera cadena de islas. Cada semana, lo que antes era intolerable se convierte en rutina.
La política de «America First» ha roto unilateralmente el contrato que sostenía el orden de posguerra. Durante ochenta años, Estados Unidos asumió el coste de ser árbitro global a cambio de fijar las reglas del juego. Al retirarse de ese rol, el vacío no desaparece: lo llena quien puede. Y quien puede en el Indo-Pacífico es China, paciente, capitalizada, con una estrategia de largo plazo que no depende del ciclo electoral de cuatro años.
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