Todo el país está en estado de alarma bajo una cuarentena que amenaza con alargarse si los contagios por Covid-19 no dejan de aumentar; los hospitales están saturados, los trabajadores no dan más de sí y las residencias de ancianos viven una situación al límite.

«Es genial que estén mandando material a los hospitales, pero que se acuerden también de las residencias de mayores», empieza contándonos Andrea. Ella trabaja de auxiliar de enfermería en una residencia privada de Castilla la Mancha, donde actualmente tienen a 180 residentes.

Hasta que no se decretó el estado de alarma, nos cuenta, todo seguía normal: «las visitas, la forma de actuar… La rutina de siempre. Y ya sabíamos que había familiares que tenían el virus».

A raíz de que los abuelos comenzaran a ponerse enfermos fue cuando llegaron las medidas. Con el primer caso de COVID-19 en la residencia «se aisló el pasillo en el que estaba y los que veíamos que podían tener síntomas los juntábamos en ese pasillo».

Sin embargo, a medida que pasaban los días, cada vez había más ancianos con fiebre, tos… «nos empezamos a desbordar. Llegamos a tener a 28 enfermos, sin contar los que ya estaban en el pasillo aislado»

Fue entonces también cuando se decidió hacer dos turnos de comida para que no se juntaran tantos a la vez. Además, Andrea asegura que, desde entonces, les separan a unos de otros con una distancia mínima de dos metros. «Pero es muy complicado porque se mueven constantemente. Ninguno de ellos es consciente de todo lo que está pasando», confiesa.

«Los ancianos nos preguntan por qué ya nadie viene a verles»

«Es muy difícil explicarles que no se pueden tocar ni abrazar, que deben separarse unos de otros. Es muy triste que te pidan un abrazo y no puedas dárselo. Pero lo más triste es ver cómo se apagan poco a poco» son las palabras de una trabajadora que día a día tiene que sacar fuerzas para seguir adelante.

Aunque los familiares pueden llamarles tanto a sus teléfonos privados como a la central de la residencia, los residentes continúan preguntando por qué ya nadie va a verles: «Nos preguntan si les ha pasado algo a sus familias y lloran… y nosotras lloramos con ellos».

Al cansancio se suma también que cada vez son menos trabajadoras, pues muchas se están enfermando. «Es muchísimo trabajo para las pocas que somos. Además sufrimos mucho viendo cómo cada día hay más abuelos contagiados y no hay oxígenos para todos»

Pues a pesar de que la sociedad se está volcando mucho con los hospitales, esta trabajadora pide que «se acuerden también de las residencias de mayores. Estamos poniendo nuestras vidas y las de los abuelos en juego. No tenemos apenas protección y muchas trabajamos con una simple mascarilla de papel que nos lleva acompañando 15 días».

Trabajadoras que viven en las residencias

La residencia en la que está la madre de Toni, en Barcelona, parece tener unas condiciones mucho mejores.

«Cerraron la residencia antes de que el Gobierno decretase las medidas”, nos explica el hijo. «En un principio, las noticias que llegaban desde Madrid nos parecían exageradas, pero cuando ya vimos que la situación era grave de verdad, nos alegramos de que la residencia hubiera actuado previamente», confiesa.

Desde entonces, todas las trabajadoras también viven en la residencia, pues se han podido instalar con total privacidad en una zona que estaba vacía.

Una de las ventajas que tiene esta residencia es que es bastante pequeña y familiar. «La directora y el gerente, que son pareja, se desviven por su trabajo. Es su vocación», nos cuenta Toni.

Además, aunque no dejan entrar a nadie, todos los días permiten que los familiares llamen a sus mayores e incluso «nos mandan vídeos de cómo están. Mantenemos un contacto muy estrecho con ellos y eso nos hace estar tranquilos desde fuera».

Por el momento, dice, no ha habido ningún caso de infección en la residencia, donde viven unos 40 ancianos. «Y confiamos en que siga así. El personal lleva mascarillas y guantes por tema de higiene, y procuran tener el mínimo contacto con el exterior. Además, la comida la cocinan ahí, por lo que la mercancía llega con entregas sin contacto».

Pequeñas donaciones para seguir adelante

En la residencia privada de la Comunidad de Madrid donde trabaja Beatriz las medidas también se tomaron antes de que se anunciara el estado de alarma. «Desde entonces, se prohibieron las visitas y los residentes deben estar en cada módulo donde se encuentran sus habitaciones, respetando siempre la distancia de seguridad», explica.

Además, tienen un módulo habilitado para todos los residentes que pueden ser posibles positivos, apartado por supuesto de los demás módulos. De esa manera procuran que no se propague el virus, «pero nadie ha venido a hacer pruebas, así que vamos un poco a la deriva».

El problema, explica, está en que «los EPI escasean. Lo estamos sobrellevando con pequeñas donaciones, que por supuesto son para las compañeras que están con los residentes posiblemente infectados».

Las demás, sin embargo, tiene que reutilizar las mascarillas un día más. «Es muy triste que nadie haya pensado en las residencias de ancianos, donde todos tienen patologías desde antes de llegar y sabiendo que el coronavirus les ataca mucho más a ellos», confiesa.

«Tenemos bastante miedo de que el equipo que forma este precioso trabajo podamos estar contagiados y contagiarles a ellos. «Toco madera», ya que por lo menos tenemos pequeñas donaciones y mi jefa se está desviviendo por todos».

Y es que al ser una residencia privada, no dependen del Estado. «Aunque en estos casos debería darles igual. Los que viven aquí son personas también y en estas circunstancias todos necesitamos ayudas. Según Sanidad, deberían ser los centros de salud los que nos proporcionasen los EPI, pero es que ellos están en la misma situación que nosotros…», sentencia Beatriz.

«Nos ayudan a salvar el alma pero, ¿y el cuerpo?»

Menos medidas aún se están tomando en algunas residencias religiosas. «En el comedor seguimos estando todos juntos, por los pasillos seguimos cruzándonos… y aunque han cancelado ir a misa, lo que hacen ahora es juntarnos a 30 ancianos en una sala para ver la misa por televisión» nos cuenta un residente anónimo.

Además, aunque hay una orden de que no se puede salir, no se habla casi del tema.
«Igualmente, tampoco hay iniciativas para mejorar la situación psíquica de los internos. No incentivan a que se aprenda. No existen periódicos ni revistas, solo de carácter religioso. Y el internet apenas llega a las habitaciones».

«Nos ayudan a salvar el alma pero, ¿y el cuerpo?», reflexiona esta persona.

Mi madre nunca me lo ha confesado, pero yo estoy segura de que la primera palabra que pronuncié siendo bebé fue « ¿Por qué? » Años más tarde, en el colegio, los profesores me apodaron la niña de las tres preguntas y, desde entonces, tuve bastante claro que lo mío era la comunicación.

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