Hoy, 22 de mayo se celebra el Día Internacional de la Biodiversidad y, en un momento tan difícil para la Humanidad por la crisis de la COVID-19 de 2020, Naciones Unidas (ONU) envía un mensaje claro: la naturaleza es la solución para nuestro futuro.

En la actualidad existen unos ocho millones de especies y el entramado vital es tan rico y variado que incluye desde bacterias y pequeños seres, como el plancton que alimenta a ballenas, o abejas y mariposas que polinizan las flores y nuestros cultivos, a grandes colosos, como los elefantes o la especie humana.

Todas y cada una de las especies formamos parte de la naturaleza y nos necesitamos. La biodiversidad es nuestra riqueza natural y nos proporciona todo lo que necesitamos para vivir: oxígeno para respirar y agua para beber, alimentos, refugio y relax, es la mayor farmacia del planeta y nuestra principal fuente de salud.

Sin embargo, y a pesar de todos sus beneficios, no la estamos cuidando y ahora caminamos por la senda de la sexta gran extinción. Por primera vez desde que surgiera la vida, hace cuatro mil millones de años, nos enfrentamos a la primera extinción masiva provocada por la acción humana, con una tasa de extinción mil veces superior a lo natural.

Un millón de especies está en peligro de extinción y cada hora desaparecen tres especies del planeta. Según el Informe Planeta Vivo publicado en 2018 por la organización WWF, en solo cuatro décadas la Tierra ha perdido más de la mitad de su riqueza natural debido a acciones humanas.

Actualmente, la agricultura es responsable de la mayor parte de la conversión de los bosques. La disminución en superficie y calidad del bosque tiene impacto sobre las plantas y los animales que lo habitan. Un estudio reciente en más de diecinueve mil especies de aves, anfibios y mamíferos encontró que la deforestación aumentó sustancialmente la probabilidad de que una especie llegara a formar parte de la Lista Roja de la UICN (el inventario más reconocido mundialmente sobre el estado de amenaza de las especies, creado en 1963) como especie amenazada, y mostrara una disminución de sus poblaciones. El estudio también encontró que el riesgo de llegar a estar más amenazada era desproporcionadamente alto en paisajes intactos. Esto implica que un mínimo grado de deforestación tiene consecuencias severas para la biodiversidad.

El uso de la tierra para la agricultura generalmente viene acompañado del uso excesivo de productos agrícolas sintéticos, incluyendo pesticidas, antibióticos, hormonas y fertilizantes. El uso de pesticidas es una amenaza para la vida de las aves que ha sido bien documentada a lo largo de estos años. También está asociada con disminuciones de la biodiversidad edáfica y acuática.

Por otro lado, las áreas con el mayor riesgo son aquellas que reflejan gran exposición a actividades humanas, como es el caso de la agricultura intensiva, la urbanización, y la contaminación.


Degradación del suelo

En marzo de 2018, la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES, por su nombre en inglés) publicó su más reciente Evaluación de la Degradación y Restauración del Suelo (LDRA, por su nombre en inglés), y encontró que solo una cuarta parte de la superficie de la Tierra está sustancialmente libre de impactos de actividades humanas. Esta fracción será solo una décima parte en 2050. Los humedales son los más afectados, al haber perdido 87 por ciento de su extensión en la era moderna. 

Generalmente las causas inmediatas de la degradación del suelo son locales –el manejo inapropiado del recurso tierra– pero las fuerzas subyacentes que la impulsan muchas veces son regionales o globales. La principal fuerza es la creciente demanda de productos derivados de los ecosistemas, superior a la capacidad cada vez menor de los ecosistemas de suplir estos productos.

Las tierras degradadas generalmente vierten sedimentos y nutrientes en los ríos o exportan polvo transportado por el viento a localidades distantes. La pérdida de hábitats es el factor clave de la disminución de la biodiversidad terrestre a nivel mundial, y la degradación del suelo es uno de los grandes contribuyentes al cambio climático global. En opinión de los expertos que redactaron el informe LDRA, la mayoría de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas no se pueden lograr a menos que se aborde simultáneamente la degradación del suelo., porque solo una cuarta parte de la superficie de la tierra está libre de impactos de actividades humanas.

Los mares, arrasados

Miles de millones de personas en todo el mundo –especialmente las de menos ingresos– dependen de océanos sanos para obtener sus medios de vida, empleo y alimentos, y la diversidad de bienes y servicios que provienen de los ambientes costeros y marinos. La FAO estimó que, por sí solas, la pesca y la acuicultura garantizan el bienestar de entre el diez y el doce por ciento de la población mundial y que cuatro mil trescientos millones de personas obtienen el quince por ciento de su ingesta de proteínas animales de la pesca (incluyendo la de agua dulce). 

Por otro lado, casi doscientos millones de personas dependen de los arrecifes de coral para protegerse de las marejadas ciclónicas y de las olas. Sin embargo, algunos de los hábitats clave que sustentan la salud y productividad de los océanos están disminuyendo notablemente. Los arrecifes de coral sostienen más de una cuarta parte de la vida marina, pero el mundo ya perdió casi la mitad de sus corales de aguas someras en solo treinta años. 

Si continúan las tendencias actuales, a mediados de siglo podría desaparecer hasta el noventa por ciento de los arrecifes de coral del mundo. Las implicaciones de esto para el Planeta y toda la humanidad son inmensas. 

Lo que se reconoce ampliamente como crisis para la biodiversidad también corre el riesgo de convertirse en un inmenso reto humanitario, especialmente en las zonas costeras del sudeste asiático y de África oriental, Melanesia y el Caribe, donde las comunidades tienen una gran dependencia de los recursos marinos para su alimentación y medios de vida.

La pesca acaba con las especies

La industria pesquera, que abarca millones de kilómetros cuadrados de océano y cientos de miles de embarcaciones pesqueras, ha sido siempre difícil de monitorear y su huella global es incluso difícil de visualizar. Gran parte de la pesca industrial se hace sin ser observada, lejos de tierra; una vez que los barcos inician su ruta, dejan atrás pocas huellas visibles de su actividad. En este ambiente, la pesca ilegal florece y se estima que alcanza un valor entre diez mil y veintitrés mil millones de dólares anualmente. Por suerte, esto puede acabar en poco tiempo gracias a las nuevas tecnologías, que están generando una revolución de la información que puede transformar nuestra comprensión de lo que está pasando en nuestro planeta azul.

Casi seis mil millones de toneladas de pescado e invertebrados (por ejemplo, crustáceos y moluscos) han sido extraídos de los océanos desde 1950. La captura anual aumentó drásticamente de veintiocho millones de toneladas en 1950 a ciento doce en 2014. Sin embargo, desde su pico en 1996 de 130 millones de toneladas, la captura ha ido disminuyendo en promedio 1,2 millones de toneladas por año.

Estas cifras son el resultado de investigaciones llevadas a cabo por Sea Around Us, una iniciativa de investigación de la Universidad de Columbia Británica, que mide el impacto de la pesca mundial en los ecosistemas marinos. 

Las flotas industriales son responsables de aproximadamente el 77 por ciento de la captura acumulada desde el año 2000, principalmente por los diez mayores países pesqueros: China, Perú, Tailandia, la Federación Rusa, Estados Unidos, Indonesia, Japón, Chile, India y Vietnam. La cantidad de peces capturados por estas flotas ha fluctuado entre 114 000 y 774 000 toneladas por año. En contraste, aproximadamente el veinte por ciento corresponde a captura de flotas artesanales, el dos por ciento a pescadores de subsistencia y menos del uno por ciento a la pesca recreativa.

Los plásticos, asesinos marinos

Los residuos plásticos en el medio marino están ampliamente documentados, pero se desconoce la cantidad vertida al océano proveniente de los residuos generados en tierra. Un reciente estudio mundial vinculó los datos sobre residuos sólidos, la densidad de la población y el estatus económico para estimar la masa de residuos plásticos originados en tierra que fueron vertidos al océano en 2010; la cifra estimada osciló entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas. 

Esta estimación no es más que una foto instantánea de doce meses; pero los plásticos de un solo uso están diseñados para ser duraderos y pueden permanecer en el océano durante años antes de desintegrarse o hundirse. Los desechos plásticos marinos van desde fragmentos microscópicos (microplásticos) –bien sea fabricados intencionalmente para productos como jabones, cremas, geles y pasta de dientes o descompuestos por la luz solar, el viento y las corrientes– hasta desechos más grandes como bolsas, filtros de cigarrillos, globos, tapas y pajitas, que son la forma más visible de la contaminación plástica

Se han detectado desechos plásticos en todos los ambientes marinos del mundo, desde el litoral y el agua superficial hasta las partes más profundas del océano, incluido el fondo de la Fosa de las Marianas. Un estudio de diez años de la tortuga boba mostró que un treinta y cinco por ciento de los especímenes analizados habían ingerido desechos y que casi todos eran plásticos.

En un estudio efectuado en el Mediterráneo, el dieciocho por ciento del atún y del pez espada tenían desechos plásticos en el estómago, al igual que el diecisiete por ciento del tiburón Bocanegra en las Islas Baleares; gran parte de estos desechos eran celofán y PET. En un caso extremo se encontraron nueve metros de hilo de pescar, 4,5 metros de manguera flexible, dos macetas y varias lonas plásticas en el estómago de un cachalote encallado. 

Pero no sólo son los grandes, animales más pequeños, como mejillones, cangrejos comunes, salmonetes y lenguados que se alimentan del lecho marino pueden acumular grandes cantidades de microplásticos y fibras, mientras que se han encontrado bolsas de plástico y cigarrillos en peces pelágicos grandes. 

La amenaza va en aumento. Con la ayuda de la revisión bibliográfica, simulación oceanográfica y modelos ecológicos, expertos del grupo Wilcox exploraron el riesgo de ingerir plástico en 186 especies de aves marinas a escala mundial. Sus modelos indican que, actualmente, el 90 por ciento de las aves marinas del mundo tienen fragmentos de plástico en sus estómagos, en comparación con solo un cinco por ciento en 1960. 

Se encontró que el impacto era mayor en el límite sur de los océanos Índico, Pacífico y Atlántico, una región que se consideraba relativamente pura. Si no se toman medidas para reducir el flujo de plásticos al mar, sus modelos predicen que en 2050 el 99 por ciento de todas las especies de aves marinas tendrán plástico en su tracto digestivo.

Periodista. Tras más de 30 años en el sector de la construcción en una publicación para profesionales, me dediqué al mundo de la solidaridad a través de un partido político, ocupándome de la comunicación. Esa época determinó el comienzo de un camino dirigido a la defensa de los derechos humanos, a la denuncia. Poco después me instalé en México. Publiqué en un par de periódicos y en una revista literaria, donde edité poesía. A través de Periodistas en Español comencé a relatar lo que sucedía allí. Tras siete años de estancia en el país azteca, en 2018 regresé a España.

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