6. La palabra que suena a virtud

Volvamos a esa misma mañana de junio, pero bajemos la vista de los grandes anuncios a lo pequeño. El atasco del que hablaba la radio, el aula que se cierra a mediodía porque no tiene refrigeración, la espera en el ambulatorio: cada una de esas escenas cotidianas es, en el fondo, una anotación contable. No son inclemencias del tiempo ni fatalidades urbanas: son la forma física que adopta un dinero que no se ha gastado.

El atasco es la frecuencia de tren que no se puso; el aula sin climatizar, la inversión que no se hizo; la espera, la plaza sanitaria que no se cubrió. Todo eso, que el vecino padece en su cuerpo y en su reloj, reaparece a final de año en las cuentas públicas convertido en otra cosa: en una palabra que la región exhibe como un triunfo.

Porque esa es la palabra que la Comunidad de Madrid exhibe como prueba de su buena gestión. Las cuentas cuadran, se presume, y encima sobra dinero, todo ello con los impuestos más bajos de España. Es un relato eficaz porque apela a algo que cualquiera entiende: una casa que gasta menos de lo que ingresa está bien administrada.

Pero, con las cuentas públicas, esa intuición doméstica engaña, porque un superávit puede significar dos cosas opuestas, y conviene saber cuál de las dos tenemos delante.

Puede significar que se ingresa mucho. O puede significar que se gasta menos de lo que se debería. Y no son lo mismo: lo primero es prosperidad; lo segundo es una factura que se aparta y se deja para más tarde.

Si una administración no repara sus colegios, no cubre las plazas sanitarias que le tocan y no construye las depuradoras que necesita, sus cuentas lucirán un superávit magnífico a final de año. Pero ese dinero no gastado no ha hecho desaparecer el problema: se ha convertido en listas de espera, en aulas masificadas, en ríos contaminados. El superávit contable es, en esa parte, deuda con los servicios y con el futuro, anotada como si fuera holgura.

La pregunta pertinente, entonces, no es si la Comunidad tiene superávit —lo tiene—, sino cuánto de ese superávit es riqueza real y cuánto es gasto que debería haberse hecho y no se hizo. Y para responderla no hacen falta cálculos de parte: basta con los datos que publica el propio Gobierno central, comparando lo que Madrid gasta por habitante con lo que gastan de media las demás comunidades.

7. Las columnas del ahorro

Empecemos por la sanidad. Según la Estadística de Gasto Sanitario Público del Ministerio, con datos de 2024, la Comunidad de Madrid gastó 1779 euros por habitante, frente a una media nacional de 2084. Es una de las tres comunidades que menos gasta por habitante de toda España y la que menor porcentaje de su riqueza dedica a la sanidad: un cuatro por ciento de su PIB regional, el más bajo del país.

La diferencia con la media —305 euros por cada madrileño— no es una abstracción: multiplicada por los siete millones largos de habitantes de la región, arroja del orden de 2170 millones de euros al año que Madrid no gasta en sanidad y que sí gastaría si hiciera el esfuerzo medio del resto de España. Dos mil millones largos que no aparecen como recorte en ningún titular, porque reaparecen, transformados, como superávit.

Sigamos por la educación. El patrón se repite con una fidelidad casi monótona. Madrid es, año tras año, la comunidad que menos invierte por alumno en la enseñanza pública: unos 5607 euros frente a una media estatal de 6540, según los indicadores del Ministerio de Educación, y en torno al dos por ciento de su PIB, de nuevo el porcentaje más bajo de España.

La brecha, aplicada a los cerca de 650.000 alumnos de la escuela pública no universitaria, supone alrededor de 600 millones de euros anuales de menor gasto. Es una cifra más modesta que la sanitaria —la educación mueve menos dinero—, pero apunta en la misma dirección: se gasta por debajo de la media, y lo no gastado engorda la caja.

Y hay una tercera columna en esta contabilidad, menos evidente porque no se mide en euros por habitante, sino en minutos perdidos: el transporte público. Un atasco diario y sostenido no es un accidente del tráfico; es la forma visible de un servicio que no se ha dimensionado —frecuencias que no se ponen, rutas que no se abren, prioridad que no se da al autobús ni al tren de cercanías—. También ahí lo no gastado reaparece, transformado, en el balance.

8. La objeción de la pirámide

Aquí llega la objeción, y conviene desmontarla en lugar de esquivarla. Se dirá que Madrid gasta menos porque su población es más joven, y que el gasto sanitario se concentra en las edades avanzadas. Es cierto que la pirámide madrileña es algo más joven que la media. Pero de ahí no se sigue que necesite menos sanidad: se sigue que necesita otra. La atención primaria —la puerta de entrada de todas las edades, y el eslabón donde el sistema madrileño acumula sus quejas más persistentes— no la usan solo los mayores.

Y la salud mental, que es hoy la demanda sanitaria que más crece, golpea precisamente a los jóvenes y a las familias en edad de trabajar, esas mismas que en esta región dedican a pagar una vivienda una porción de su sueldo que no tiene parangón en España. Una comunidad joven, cara y precaria no genera menos necesidad sanitaria: la genera distinta, y en los capítulos donde peor equipada está.

Y hay una prueba que zanja el argumento sin necesidad de discutir sobre pirámides de población: las listas de espera. Si el menor gasto reflejara una menor necesidad, la demanda estaría atendida con holgura y las esperas serían mínimas. Que existan, que sean uno de los reproches más constantes al sistema madrileño y que hasta su forma de contarlas esté en disputa —otro debate, y no menor— demuestra que lo que hay debajo del ahorro no es una población que no necesita, sino una necesidad que no se atiende. El superávit no nace de que sobre dinero porque falte enfermo: nace de que hay enfermo esperando.

Sumadas las partidas —los 2170 millones de sanidad y los 600 de educación—, hablamos de cerca de 2800 millones de euros al año que la Comunidad de Madrid no gasta respecto a lo que gastaría con el esfuerzo medio de España, solo en dos servicios y solo para la población que ya vive aquí.

No es dinero que sobre porque Madrid sea próspera; es, en buena medida, dinero que se ahorra no prestando un servicio que otras comunidades sí prestan. El superávit, en esa parte, no es el resultado de una gestión brillante: es la factura de lo que no se hace, guardada en un cajón que se enseña como si fuera una hucha.

  • Cálculo propio a partir de datos del Ministerio de Sanidad y del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes.

9. Lo que está en juego

Reunidas las dos mitades, el cuadro se ve entero. Por un lado, un coste de sistema que no se ha pagado y que casi nunca aparece donde se decide: los anillos, la cola del aeropuerto, los equipamientos, las manos, la última fila de las emergencias. Por otro, el gasto corriente que sí está presupuestado y que, aun así, se sirve por debajo de la media para la población que ya vive aquí. Uno es la factura del futuro; el otro, la prueba de que el presente tampoco se cubre.

Juntos desarman la única respuesta que sostiene el relato del crecimiento —que ya lo pagará el propio crecimiento—, porque no lo está pagando ni siquiera para los que ya están.

Por eso la pregunta que importa no es la que se debate —si Madrid debe crecer, o hasta dónde—, sino la que no se debate: de qué tipo es ese crecimiento y quién provee lo que exige. Y ahí opera una palabra que cierra las conversaciones antes de empezarlas: necesario. Cuando una infraestructura, un servicio o un desarrollo se declaran necesarios, la discusión sobre si convienen se da por saldada, y solo queda decidir quién los pone y quién cobra por ponerlos. Esa es la casilla que se rellena en voz baja mientras en voz alta se habla de progreso.

Porque hay dos maneras de proveer lo necesario. Una es pública y trabajosa: contratar los médicos, los enfermeros, los docentes, los policías y los bomberos que una población mayor reclama, y pagarlos entre todos, para todos, de forma indefinida. La otra es dejar que lo provea quien pueda cobrarlo —el hospital concertado, la autopista de peaje, el campus privado, el suelo del propio aeropuerto cedido a un operador—, socializando el coste de la infraestructura y privatizando su rendimiento.

La primera vía requiere, sobre todo, más manos; y ahí se cierra el círculo de este artículo, porque más manos es justo lo contrario de lo que un superávit presume de ahorrar. Una región que exhibe como virtud gastar de menos está eligiendo, sin decirlo, no poner esas manos, o dejar que las ponga quien sepa cobrarlas.

Eso es lo que está en juego, y no se somete a voto: no cuántos seremos, sino qué ciudad se construye por debajo de esa cifra, y a cargo de quién. El superávit no es el final feliz de esa historia; es su renglón más elocuente, la señal contable de una decisión que nadie ha enunciado. Este artículo solo ha levantado el mapa de las facturas que no figuran en ningún plano.

Cuantificarlas una a una, construir de cero lo que el crecimiento exige y ponerle nombre, dirección y responsable, es lo que hará la serie a partir de aquí, empezando por la más física y elemental de todas.

  • Entrega 2 de 7 de la serie El Madrid de los 8 millones: sueño o pesadilla

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