El colectivo de migrantes sin papeles no puede beneficiarse del plan de choque social aprobado por el Gobierno ante la Covid-19. Sin embargo, se ven afectados por los despidos y la falta de trabajo generada por la crisis. También por medidas preventivas, como el pago sin metálico en los autobuses, que les dificulta ir a trabajar, puesto que no pueden tener cuentas corrientes y viven al día.

A fin de bosquejar un pequeño mapa de la realidad socioeconómica de los migrantes latinos en tiempos de pandemia, hablamos con Norbey de J. Gómez, de la Red de Colombianos en España con más Coraje, y con Victoria Castrillón, de la asociación Alma Latina.

Sin autobús

El transporte público es una de las principales preocupaciones de los migrantes que trabajan en Madrid en tiempos de pandemia. Los autobuses de la ciudad han dejado de cobrar en metálico, como medida preventiva ante el contagio. La consecuencia es que «quien no tenga tarjeta de débito o crédito no puede viajar», nos expresa Norbey.

Muchas personas viven al día y solo cuentan con unas monedas cuando salen a trabajar. Lo hacen por quince o veinte euros, en la otra punta de la ciudad. Necesitan coger el autobús, pero si no se aceptan monedas, no podrán viajar. La idea es que paguen con tarjeta de crédito. «¡Pero si no tienen papeles! ¿Cómo van a abrirse una cuenta?», sentencia el colombiano.

Los indocumentados no pueden abrir cuentas bancarias, pero tampoco sacar abonos de transporte. Por ello, Norbey afirma que «no están pensando en las personas de bajos recursos, en los emigrantes, en los indocumentados».

Trabajo doméstico y coronavirus

Victoria nos habla de cómo los despidos repentinos a raíz de la crisis de Covid-19 han atropellado a la comunidad latina. Muchas de las mujeres trabajan cuidando niños y familiares dependientes y han perdido el trabajo. Al estar ahora las familias en casa ya no requieren los servicios de sus trabajadoras.

Sin empleo no hay sueldo, y las trabajadoras del sector no tienen derecho a prestación por desempleo. Victoria señala que esta situación la vive incluso gente que trabaja en casas de los mismos políticos. Ellos, que toman las decisiones, no hacen nada por cambiar la situación. Los hay de todo signo y color, a favor y en contra de los migrantes. Pero luego en casa, todos mantienen a sus trabajadoras domésticas en régimen de explotación. «En público defienden la conciliación, pero luego tienen a la gente trabajando para ellos y sin poder ver a sus hijos».

Ante esta situación, las trabajadoras domésticas y de cuidados han mandado una carta al gobierno, demandando atención a su situación.

Redes: Alma Latina

Según Victoria, que se considera una luchadora de calle, las redes de apoyo son muy importantes para la población latina. «Son personas que lo pasan mal, pero se apañan gracias a estas redes». Les ayudan a sobrellevar cuestiones alimentarias, aunque también se dan mutuamente servicios y cuidados: se ayudan.

Su propia organización forma parte de estas redes. «Nosotras nos dedicamos a derivar», dice Victoria. La función que ejerce Alma Latina, ubicada en el madrileño distrito de Latina, consiste en poner en comunicación a personas y organizaciones. Hay quien no sabe cómo recibir cierto servicio, y ellas les indican cómo hacerlo.

«También nos dedicamos a la formación y la pedagogía, al empoderamiento. Damos apoyo escolar y asistimos a la gente para que sepan dónde encontrar servicios».

Sin embargo, estas redes no dejan de estar formadas por personas precarizadas, y no permiten resolver cuestiones económicas más graves, como la de los alquileres. «Hay quien está viviendo en habitaciones y tiene problemas para pagarlas», nos dice Victoria.

Redes: Colombianos en España

Otra de las redes es la de Norbey, la Red de Colombianos en España. Sus servicios se centran en los migrantes colombianos. Básicamente, son compatriotas que se han juntado para crear lo que ellos definen como una familia. Se dedican a ayudarse unos a otros. «Con este grupo pretendemos dar lo que a muchos nos faltó en su momento, una mano amiga», dice Norbey. «Por eso apoyamos a cualquier persona, sea de dónde sea».

La red de Colombianos en España fue creada por Norbey junto a José Ramírez y John Fredy Bermúdez para sobre trámites, servicios y cuestiones legales orientar a los colombianos que llegaban al país. Reciben asesoramiento de la jurista Luz Helena Rojas Parra, abogada especialista en las necesidades del colectivo migrante.

«Hemos podido dar una mano a personas con y sin documentación. Lo único que importa es las ganas de emprender algo nuevo y aportar a la sociedad española un beneficio social. También importa poder integrar a nuestros hijos en el colegio y la sociedad española y poder a los españoles una mirada diferente de los colombianos». «Porque aquí, en el exterior, los colombianos también hacemos patria, también somos Colombia».

La dificil situación de los migrantes ante el Covid-19
Logo de Colombianos en España con más Coraje

Redes: iglesias

Para la comunidad latinoamericana son francamente importantes las iglesias. Ellas también ofrecen ayuda y reparten alimentos. Según Victoria, «la población latinoamericana es muy creyente. Se adhiere a un pastor de cualquier credo».

Victoria nos habla de lo que supone para esta gente la figura del pastor como guía espiritual. En torno a ellos se crea una comunidad regida por una serie de valores compartidos. Transmiten mucha energía y se la contagian a sus feligreses. Sin embargo, «a veces se vuelve un producto comercial». Pese a eso, reconoce el valor que tienen estas iglesias en las relaciones del colectivo, a nivel espiritual, social, psicológico y asistencial.

Cambiar de vida

«Cuando sacan a un niño de su zona de confort, se siente perdido. Aunque tengamos más edad, todos seguimos siendo niños». Así expresa Norbey el impacto de la migración. Para resolverlo, viene bien ayuda, aunque muchos migrantes no la reciben. Por eso son tan importantes para ellos las redes de apoyo de las que nos hablaba Victoria.

«La gente viene con un propósito muy grande y de una pobreza absoluta. Pero aquí es imposible hacer nada sin documentación». Norbey nos explica cómo muchos migrantes se ven obligados a cambiar de vida al llegar a España. Porque «también viene gente que allá tenía cargos: médicos, jueces, abogados, psicólogos». Sin embargo, estos profesionales no pueden convalidar sus títulos hasta obtener el permiso de residencia, que tarda dos años para los colombianos, tres para la mayoría de extranjeros. Eso les lleva a tener que dedicarse a otros oficios hasta poder tramitar sus títulos.

Asilo político

Norbey tuvo que huir de su país en busca de asilo. Su padre, abogado «dedicado al servicio social», como él mismo lo define, fue asesinado cuando él tenía dieciocho años. Tuvo que salir corriendo de Colombia por recibir amenazas. No pudo vivir con su familia el duelo. «Se me tornó imposible vivir allí, y tuve que venir aquí». Lleva más de veinte años sin volver a su país.

Como él, muchas personas llegan buscando asilo político. Es una modalidad de migración a la que no todo el mundo se puede acoger. «Se necesita tener de antemano algo que le respalde. Por ejemplo, que fue víctima de violencia o de terrorismo, que lo están persiguiendo la delincuencia común o la guerrilla. Eso tiene que ir reflejado por las autoridades en un documento. Ahí tiene que aparecer que, en tal fecha, hora y lugar, ha tenido amenazas, o sufrido un atentado. Eso lo ampara aquí para solicitar asilo».

El proceso de asilo es un poco más rápido que el que viven otros expatriados, que tienen que esperar entre dos y tres años. Hasta ahora, la tarjeta de residente se obtenía tras siete meses. Luego, en seis meses más, disponían del permiso para trabajar. Ahora, a los cinco meses, dan una tarjeta roja en la que directamente vienen el permiso de trabajo y de residencia. «Es una ventaja muy grande para nosotros. Permite que en seis meses como mucho una persona entre a trabajar, y también a cotizar. Eso para nosotros es una bendición y es de aplaudir a la administración actual».

«Tener a una persona esperando el asilo catorce meses y a muchas otras que no lo tienen hasta tres o cuatro años por la residencia… es tener a mucha gente aquí mirando al techo», denuncia Norbey. Durante todo ese tiempo, los migrantes sin papeles no tienen ningún modo legal de obtener ingresos. Solo pueden trabajar ilegalmente, cosa que se ven forzadas a hacer.

Trabajando en malas condiciones

«Los indocumentados, estén donde estén, sean de aquí o de allá, estamos siempre al pie del cañón, aportando y dando la cara en épocas de alarma». En estos tiempos, muchos trabajos les ponen en riesgo, ya sea legalmente (por poder ser multados) o íntegramente (por cómo afectan a su salud). «Cuando llegan aquí, los emigrantes son personas nuevas, diferentes. Aquí son una persona más, buscando un bienestar propio, para ellos y su familia», prosigue Norbey.

«La vida del emigrante es muy precaria. Hay mucha dificultad: mujeres embarazadas, padres con niños, personas que no tienen papeles». «Les toca hacer labores trabajosas, como ser office o camarero en un restaurante. Están construyendo casas, arreglando viviendas, en la recogida de la naranja y de la mandarina. Las personas que les dan trabajo les benefician, porque les dan dinero. Pero realmente también se están aprovechando de ellas, porque no les pagan la seguridad social. Pero el migrante lo necesita, para pagar el alquiler o malvivir. Entonces acepta». «Todo este tiempo, nosotros hemos estado aquí aportando con nuestro trabajo», concluye el colombiano.

Racismo español

Norbey ha vivido el racismo en primera persona. Ha pasado muchos años trabajando en hostelería, donde había personas que rechazaban que les atendiese. «Aunque les veía a diario, si estaba yo solo atendiendo, llegaban a irse del local».

«Cuando yo llegué en el año noventa y ocho, la gente no había visto ni veinte colombianos en su vida». Mucha gente le trataba muy mal. Sin embargo, por sus vivencias personales en Colombia, Norbey decidió no tomarse demasiado en serio a estas personas. «Lo que decían no me afectaba. Por entonces yo tenía el alma muy negra. Sus palabras eran como cuando los niños tienen berrinches».

Por eso, Norbey hacía un esfuerzo que él no reconoce como tal. Se sentaba y hablaba con ellos. «Muchas veces el racismo viene de personas que no se quieren porque se criaron en un núcleo de amigos que les rechazaban o que tenían cosas que ellos no tenían. Entonces, inconscientemente, sacan todo ese rechazo con quien viene de fuera».

Acabar con el racismo

Por eso, cuando estas personas racistas conocían a Norbey, la situación cambiaba. «Yo creo que en poco años hemos ido ahondando en las familias españolas desde nuestro servicio, nuestro carisma, nuestra honestidad y nuestra buena amistad». «Hoy, algunas de esas personas son grandes amigas mías. Aman a mis hijos, y han cambiado su modo de pensar del emigrante. Así hice yo sociedad con la gente española. Ahora le agradezco a este país, porque me ha cambiado, y tengo grandes amigos acá».

Por su parte, Victoria opina que el Covid-19 demuestra que todos somos igualmente humanos, igual de frágiles, y que en este mundo interconectado, las fronteras y las razas son una falsedad. El racismo solo nos aleja de esa fragilidad que realmente nos une. Nos une que en los malos momentos necesitamos que nos cuiden. Olvidarlo al aplicar políticas sociales, no hace sino mantener desprotegidas a las personas más frágiles. «El coronavirus demuestra que no hay fronteras. Ni negros ni blancos: este virus nos destiñe».

Miles de migrantes sin papeles conviven desde hace muchos años con nosotros. Trabajan con la población autóctona y sostienen la parte más precaria de nuestra economía. Hacen lo que pueden, no lo que quieren: hacen lo que les dejamos hacer. Lo sabemos todos: los que trabajamos y quienes legislan. Pero miramos a otro lado, y no mirar no se resuelve el problema. Por que, aunque el coronavirus nos destiñe, nuestras leyes siguen tintadas.

Habito entre la información y el arte, como el niño que baila entre la filosofía y la poesía. Creo en el compromiso, pero no en los dogmas, y más que la verdad, busco las perspectivas, aunque siempre trato de recopilarlas de forma fiel y rigurosa. Dicen que hay un tal Zule que publica con mi voz, pero yo creo que simplemente somos dos jugadores de un mismo juego: el que cree en la palabra y su poder transformador, así como en la responsabilidad de usarla honradamente.

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