Hambre de vida: una lucha contra el suicidio

Alba Ruipérez nos cuenta su historia: anorexia, depresión y dos intentos de suicidio. Ahora lucha contra el silencio y el estigma de la enfermedad mental.

Néstor Ortiz

Anorexia, depresión y dos intentos de suicidio marcaron el final de la adolescencia y el inicio de la juventud de Alba Ruipérez Piera. Ahora, desde el arte, canta su amor a la vida, siempre contra el estigma de la enfermedad mental. 

Contando su historia, Alba lucha contra el suicidio y la depresión. Trata de ayudar en su prevención, visibilizando este problema, que en silencio mata a ochocientas mil personas al año en todo el mundo. El suicidio es la principal causa de muerte en personas de entre quince y veintinueve años.

Precisamente Una de ochocientos mil es el  nombre del documental que hizo sobre el tema, a modo de proyecto final de carrera. Porque en salud mental no hay un único modo de vivenciar las enfermedades: cada persona sufre una historia única.

Las performance, y desde la cuarentena la música que sube a su canal de YouTube, son otros campos de batalla desde los que trata de romper con el silencio. El silencio es ese asesino que evita reconocer el problema, impidiendo pedir esa ayuda que tanto se necesita pero es tan difícil reclamar. 

El silencio genera tabú, dificulta el diagnóstico y el tratamiento, que la gente sepa identificar y gestionar estos problemas. Con su arte, Alba trata de romper con el tabú. «Siempre he querido visibilizar esto, desde que empecé. Es con lo que me siento más agusto», explica la artista.

Valiente, no tiene miedo en desnudar su tragedia, para, sin caer en fatalismos, dar testimonio de cómo ha vivido estos procesos. Su afán es sólo uno: ayudar a otras personas para que sepan que el vacío de la depresión puede rellenarse con vida.

Lo que viene de lejos

Todo empezó hace más de siete años pero si mira un poco atrás, la memoria le trae recuerdos desde la infancia. Comentarios sobre el peso y lo importante de estar delgada salpican su niñez, dejando huella en su persona.

Desde pequeña, Alba recuerda estos comentarios, que aún sin mala intención, evaluaban su peso y comparaban su cuerpo con el de otras chicas. Pese a que nunca estuvo gorda, el mensaje acabó haciendo mella. 

Los adultos muchas veces no valoran el impacto que ciertos comentarios pueden tener sobre las niñas que les tienen referentes. Tampoco suelen preocuparse por esto la publicidad, la moda, los medios ni el cine. Alba aprendió que tenía que agradar, y que debía hacerlo exhibiendo un cuerpo delgado.

El inicio de la anorexia

Cuando con diecisiete años, Alba llega a Valencia para estudiar primero de bachiller, no puede sino sentirse extraña en un nuevo entorno. Cómo toda adolescente, quiere hacer amigos. Subliminalmente, había aprendido cuál era el modo de hacerlo.

Aunque nunca fue una persona gorda, empezó a sentir que debía perder peso. Sale temprano por la mañana de su casa, en su Paterna natal, y no vuelve hasta la noche. De tal manera, estudiar en Valencia la permite controlar por sí misma lo que come. 

«La comida estaba en mi mano. Empecé a jugar un poco. Primero esto no lo como porque engorda. Obviamente el dulce me lo quito entero. Y los hidratos tampoco los quiero, por supuesto. Así empecé, y de alguna forma, se me fue de las manos: cuando me di cuenta, ya no podía controlarlo», nos explica Alba. 

El deporte siempre fue un hábito saludable en la vida de Alba. Como siempre le gustó, iba todos los días al gimnasio. «Incluso hoy día lo hago, me va muy bien para la ansiedad», explica Alba. Pero todo lo bueno, en exceso, puede convertirse en una trampa. El deporte, sumado al control calórico, se volvió una obsesión para Alba. 

Perdiendo el control

«Yo sabía que se me estaba yendo de las manos, pero no quería aceptarlo», confiesa Alba. Su madre la veía cada vez más delgada, y eso acabó trayendo preocupación y preguntas. Preguntarla por la situación la irritaba, y entonces aparecían las broncas. 

Así, Alba se sentía incomprendida. Poco a poco, fue alejándose de sus seres queridos. En paralelo, iba creciendo su obsesión por el peso, la comida, el deporte y las calorías. Por eso empezó a aislarse. 

Estar con gente, muchas veces implicaba dar explicaciones sobre porque no comía algo. No salir ahorraba esas excusas incómodas. Pero también reducía su capacidad de comunicarse. Poco a poco fue encerrándose en sí misma y en su obsesión. 

Una cárcel de vacío

Con el tiempo, «me encontraba triste y no sabía por qué. Mi respuesta fue que me la sudaba todo», explica Alba. Esa apatía es lo que caracteriza la depresión, un encierro en ti que te aleja del mundo y de quienes te quieren. 

«Nadie me dijo si tenía depresión o no. Lo que sentía no era tristeza. Yo siempre he descrito la depresión como un vacío. Es un vacío interno que no puedes quitarte. Es un agujero que no te deja salir de ahí».

Luz sobre el vacío

Tras varios meses obsesionada con el peso,  Alba se constipó. Fue durante el verano de primero a segundo de bachillerato. Cuando fueron al médico, su madre le habló a la doctora de su pérdida de peso. «Mi madre se lo olía, pero no se lo creía. Ella me veía comer, pero realmente yo lo que hacía era esconder la comida».

Para poder mantener la mascarada, Alba no solo escondía la comida. Durante el curso, controlaba su alimentación diaria en el instituto. También, intentaba salir con sus amigos en las horas de la comida y la cena, aunque muchas veces se fuese sola. «Para no comer tienes que mentir, ocultar cosas. No le pasa a todo el mundo, pero en mi caso fue así», explica Alba.

De tal manera, cuando su madre explicó a la doctora cómo su hija cada vez comía menos, la doctora detectó la situación al vuelo. Ella misma había vivido la anorexia desde hacía años. «Recuerdo que me miró como diciendo: sé lo que te pasa. Tuve suerte. Le dio a mi madre un parte urgente para ir al área de trastornos de la conducta del hospital de La Fe». 

Las lágrimas inundaron los ojos de la madre y la hija en aquella consulta. «Cuando me di cuenta de lo que ocurría fue una mezcla de sentimientos. Por un lado me gustaba controlar mi peso, pero por otro lado quería pararlo, porque sabía que me podía morir perfectamente».

Deficiencias de la salud mental

El parte urgente de su doctora demoró muchos meses en fructificar con una cita. «Yo ya estaba al límite. Ya pesaba cuarenta y un kilos», explica Alba. Pese a su compromiso con la sanidad pública, crítica sus tiempos e intervención en salud mental. 

Cuando iba a la psiquiatra pública en el Hospital de La Fe, muchas veces renunciaba a acudir a su cita. En su depresión, no le apetecía hacer el esfuerzo. «¿Para qué? Si tras un mes ni siquiera recordaba si la psiquiatra me había puesto deberes». 

Este prolongado tiempo de espera es el habitual en la sanidad pública: treinta días.  Por eso, para Alba la salud mental pública no parece funcionar. «En casos graves es necesario ir cada semana o cada quince días». «Yo me recuperé sola, mejoré sola», pero eso no debería ser así: debería haber recibido un apoyo constante y de calidad. 

«Me da rabia», nos confiesa. Cree que ese servicio debería ser mejor, sobre todo por todas las personas que no pueden optar a ningún otro.Aunque por su convencida defensa de la sanidad pública, Alba no quería ir por lo privado, tuvo que hacerlo. 

Cabe decir que en la sanidad pública, Alba encontró una psiquiatra que realmente la ayudó. «Cuando todo pasó la di las gracias. Ella me ayudó a rascar y darme cuenta de que desde niña tenía una obsesión con gustar de esta forma». 

En tratamiento

Finalmente, la seguridad social la derivó a un centro de día. Alba tenía que ir tres días por semana al centro. Allí desayunaba, almorzaba, comía y merendaba. Luego volvía a casa, a la noche. Fue en el centro dónde la diagnosticaron de ansiedad y depresión. «Yo no sabía qué era eso».

La primera que la trató fue una psiquiatra. «Me intentó ayudar, pero su mensaje inicial no fue positivo. Me dijo que no me preocupase, que yo nunca iba a estar gorda. Yo salí de allí pensando que tenía razón. Pero eso se me metió en la cabeza como la certeza de que nunca me iba a curar». El problema se acrecentó.

El primer intento

Durante la terapia, cada vez que la preguntaban por su nivel de ansiedad, Alba decía que había aumentado. El objetivo era que le aumentasen la dosis de ansiolíticos, dado que las pastillas le quitaban el hambre. «Me ayudaban a no comer», confiesa Alba

Un día, después de tomar su dosis, no se sintió relajada. Cómo la generaba ansiedad que se acercase la hora de la cena, decidió tomarse toda la tableta. «Total, sí no me despierto, me da igual», pensó la joven. «Fue así, con esa frialdad. No pensé en nadie. Recuerdo que me daba igual. Una depresión es eso: te da todo igual».

«Al día siguiente me desperté. Ahora pienso que por suerte, pero en ese momento fue por desgracia». Ella no quería despertarse, quería desaparecer. Tampoco es que lo hubiese planeado. Simplemente «fue un impulso: tengo tanta hambre que solo quiero dormir, y si no me despierto, me da igual». 

Así, este intento de suicidio pasó desapercibido para todo el mundo. Alba lo sufrió en privado, y nadie lo sabría hasta meses después. Claro que su madre le preguntó por las pastillas, pero inventó una excusa. 

Recuperar la vitalidad

«Empecé a comer porque un día mi vista se fue a negro. Nunca me había pasado». Fue un momento física y psicológicamente doloroso, que la hizo ver que su vida corría peligro. Alba volvió a comer por su deseo de vivir. 

No solo quiso intentarlo por ella, sino también por la gente que la rodeaba. «Me estaba haciendo mucho daño a mi, pero también a quienes me querían. Lo estaban pasando casi peor, porque no lo entendían del todo», opina. 

Había días buenos y días malos, pero Alba se empezó a recuperar, aunque tiene dudas de cómo lo hizo. «Creo que fue volver a salir, volver a estar con la gente, con mis amigos. Pero me costaba saber cómo volver a ser normal, cómo volver a ser una persona sociable».

Para no volver a encerrarse, salía solo el tiempo que se sentía a gusto, no más: «Muchas veces llamaba a mi exnovia para que me pasase a recoger»

Recaida en el viejo hábito

Unos meses después, Alba empezó a ir a la universidad para estudiar Bellas Artes. El cambio la sentó bien por un tiempo, llegando a recuperar un normopeso (un peso saludable).

Pero después de Navidades se volvió a ver gorda. En parte tuvo que ver con un comentario familiar. Es habitual que las apreciaciones sobre el físico de personas con trastornos alimentarios puedan causar crisis. 

«En ese momento no vi como me iba a afectar», confiesa. «Pero volví a restringir y aumenté el deporte. Me prometía que no volvería a pasar, que antes de perder el control pararía».

Sin embargo, empezó a brotar poco a poco la idea de que no se iba a curar nunca, «que siempre voy quedarme así, que nunca dejaré de sentirme mal por comer cualquier cosa, incluso una miseria. Pensar que siempre voy a tener esta presión en mi mente, que nunca voy a poder disfrutar cenando con mis amigos».

Segundo intento de suicidio

Ese pensamiento la volvió a hundir. No encontraba sentido a seguir luchando una batalla que no creía poder ganar. Por eso, esta vez, planeó el suicidio. 

Un día, al salir del gimnasio, decidió tomarse todas las pastillas que encontró en casa. Bueno, por suerte, todas no. Después de ingerir un montón de medicamentos, un pensamiento vino a su cabeza: «¿Qué estás haciendo?».

Temblorosa, pensó en su madre y en su hermana. A diferencia de la otra vez, en esta ocasión vinieron a su cabeza. «El daño que les iba a hacer no se podía comparar con nada. Siempre me recordarían. Si mi hermana tiene hijos, no van a tener tía». Alba dejó de tomar pastillas y se echó a dormir, pero esta vez, deseando despertar. Horas después, su hermana, en quien pensaba al dormirse, la despertó lanzándose sobre ella en la cama. «Menos mal, me dije». 

Alba se vio con su ahora expareja y le contó todo. Ella, que era psicóloga, se enfadó, pero  le dijo que tenía que hablar con su madre y con su hermana. Aún le agradece que la motivase para hacerlo.

Porque aunque es difícil contarlo, Alba le echó valor y lo hizo. Fue un momento triste, regado en lágrimas, pero que le ayudó a  decidir contar su historia. «Hay que hablar del suicidio. La gente tiene que saberlo».

Volvió a terapia, por la seguridad social. Mejoró, y desde entonces continuó con su vida. Sin embargo, en la familia no se ha hablado mucho del tema.

La necesidad de contar su historia

Desde entonces, Alba ha intentado visibilizar el suicidio y la enfermedad mental. Empezó por hacerlo en sus círculos cercanos. Contar su historia generó debate en sus entornos. 

También hizo que mucha gente se sincerase y le contase sus historias. Mucha gente había vivido en silencio situaciones semejante. Oír la historia de Alba les ayudó a hablar de lo que nunca habían hablado. 

Alba insiste mucho en que cada experiencia es completamente distinta. No cree que sea fácil englobar todas las historias en unos patrones sólidos. Su propia historia no responde exactamente a muchos de los clichés que se cuentan sobre el suicidio. Sin embargo, ayuda a que otras personas cuenten la suya. 

Rompiendo el silencio

Intentando visibilizar el problema, Alba colabora con el Teléfono de la Esperanza. También con el Teléfono contra el suicidio de la Asociación La Barandilla. El pasado sábado intervino en su maratón radiofónico contra el suicidio. Pero Alba ya lleva un tiempo contando su historia en diversos medios y espacios.

«Al principio de contarlo en sitios públicos, sentía miedo de que la gente no me tomase enserio», confiesa. Aletargó el miedo, y hoy la resulta terapéutico relatar su historia. 

Cuando estuvo enferma, ni ella hablaba de sus problemas ni nadie la preguntaba por ellos. Ese silencio es lo que potenció su enfermedad, lo que no la mostró los recursos que tenía a su alcance. El silencio dificultó que su entorno detectase el problema.

El suicidio es un tema del que cada vez se habla más, pero que sigue siendo un tabú en muchos aspectos. Por eso la labor de Alba es tan importante. La valentía de su testimonio no solo es un compromiso con la vida. 

Es sobre todo una esperanza para quienes sienten un vacío imposible de llenar, un agujero que les encierra dentro de sí mismos. Ese vacío empieza a llenarse rompiendo el silencio, porque con ayuda de otras personas, es posible salir del agujero que ten encierra en la depresión y en el suicidio.

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