El 19 de julio de 2026, la selección española se proclamó campeona del mundo tras imponerse 1-0 a Argentina en la final disputada en el MetLife Stadium de Nueva York. El encuentro, retransmitido en España por la 1 de RTVE y RTVE Play, reunió frente al televisor a millones de personas que celebraron un nuevo éxito del deporte español.

Sin embargo, más allá del gol que decidió el partido o del trofeo levantado por la selección, la final dejó otra imagen que también merece nuestra atención. La tensión acumulada durante el encuentro, las protestas, algunos enfrentamientos y las reacciones posteriores abrieron un debate que aparece con demasiada frecuencia en el deporte: ¿sabemos perder?

Quizá esta sea una de las mejores oportunidades, así como cuando ocurrieron los incendios en Madrid, para llevar a cabo una conversación muy necesaria en las aulas cuando comience el nuevo curso.

La deportividad

El deporte despierta emociones muy intensas. Alegría, ilusión, nervios, frustración o decepción forman parte de cualquier competición. Sentirlas es completamente normal. El problema aparece cuando esas emociones terminan convirtiéndose en insultos, agresividad o falta de respeto hacia quien ha conseguido un mejor resultado.

Las imágenes que se han compartido tras la final no representan a un país entero ni a una afición completa. En cualquier deporte existen personas que reaccionan con deportividad y otras que tienen más dificultades para gestionar la derrota. Precisamente por eso, este acontecimiento puede convertirse en una herramienta educativa.

Porque los niños y niñas también viven situaciones parecidas cuando pierden un partido en el recreo, un campeonato escolar o incluso un juego de mesa en casa.

La derrota también forma parte del aprendizaje

En la escuela solemos hablar mucho del esfuerzo, la constancia y la superación, sin embargo, pocas veces enseñamos de forma explícita a perder.

Y aprender a perder no significa conformarse con cualquier resultado, significa aceptar que el esfuerzo no siempre termina en una victoria, reconocer el trabajo del rival y comprender que equivocarse forma parte del aprendizaje.

La UNESCO lleva años defendiendo el deporte como una herramienta para educar en valores, convivencia y ciudadanía. La práctica deportiva favorece el desarrollo emocional cuando se convierte, a su vez, en un espacio de cooperación, respeto de normas y gestión de conflictos.

Puede que el marcador de un partido de fútbol dure noventa minutos, pero las habilidades emocionales que se desarrollan durante ese tiempo acompañarán a una persona toda la vida.

Entre la pasión y la responsabilidad

Pocas disciplinas deportivas generan tanta recuperación como el fútbol. Precisamente por eso, cada gesto de jugadores, entrenadores o aficionados tiene un enorme impacto sobre miles de menores que observan lo que ocurre.

Ser un referente no solo tiene que ver con marcar goles, sino con saber felicitar al rival, aceptar una derrota sin violencia o controlar la frustración cuando las cosas no salen como esperábamos. La FIFA y el Comité Olímpico Internacional llevan años promoviendo campañas relacionadas con el fair play y el respeto como parte inseparable de la competición.

Porque todos vamos a perder alguna vez una oposición, una entrevista de trabajo, una competición o cualquier oportunidad importante. Y la manera en la que reaccionemos ante esas situaciones también forma parte de nuestra educación.

Enseñar a celebrar una victoria es relativamente sencillo, lo verdaderamente difícil, y quizá más importante, es aprender a perder sin dejar de respetar a quien tenemos delante.

DEJA UNA RESPUESTA

Escribe un comentario
Escribe aquí tu nombre