Durante el verano, las imágenes de humo y llamas aparecen en televisión casi a diario. Sin embargo, cuando el incendio sucede a pocos kilómetros de casa, la noticia adquiere otra dimensión. Ya no hablamos únicamente de hectáreas afectadas, hablamos de pueblos, familias, animales, montes y paisajes que forman parte de nuestro entorno.
La Comunidad de Madrid ha vivido este verano uno de esos episodios. Los incendios declarados inicialmente en Villa del Prado, San Martín de Valdeiglesias y Almorox terminaron integrándose el 24 de julio en un único incendio en la Sierra Oeste. Durante la madrugada de ese mismo día se declaró la emergencia de interés nacional ante la evolución de los fuegos.
Pero una emergencia también permite observar algo que pocas veces aparece en los titulares: cómo una sociedad se organiza cuando su territorio está en peligro.
Detrás de las llamas
Detrás de cada imagen de un incendio, existe un enorme dispositivo de profesionales que trabaja para proteger a la población y controlar la emergencia. Bomberos, medios aéreos y terrestres, protección civil, fuerzas de seguridad y otros equipos especializados participan en una respuesta que necesita coordinación constante.
También están quienes viven en las localidades afectadas. Vecinos que ayudan, personas que ofrecen apoyo y comunidades que colaboran para atender las necesidades que aparecen durante una situación extraordinaria.
Esta parte también merece ser contada a los más pequeños, ante un problema que afecta a todos, nadie puede solucionarlo completamente por si solo. Utilizar la realidad para reflexionar y educar, en lugar de recurrir siempre a situaciones imaginarias es esencial en el mundo de la educación.
El alumnado puede investigar, hacerse preguntas, analizar lo ocurrido y comprender cómo responde una comunidad ante una emergencia.
Porque cuando el aprendizaje parte de algo que está sucediendo a su alrededor, deja de ser una historia inventada y se convierte en una experiencia cercana que ayuda a entender el mundo para aprender a actuar dentro de él.
La solidaridad
Este valor humano y social suele aparecer en las escuelas asociado a campañas, recogidas de alimentos o actividades concretas. Sin embargo, una emergencia cercana permite entenderla de una manera mucho más real.
Hay preguntas que pueden convertirse en una actividad educativa sin necesidad de generar miedo: ¿Qué haríamos si nuestro pueblo tuviera que ser evacuado?¿Quién nos ayudaría?¿Qué profesionales necesitaríamos? ¿Cómo podríamos ayudar nosotros sin ponernos en peligro?
El grupo clase podría investigar cómo funciona el 112, qué papel desempeña Protección Civil, cómo trabajan los bomberos o qué ocurre cuando las autoridades recomiendan abandonar una zona, entre otras muchas cosas que podrían completar una gran unidad didáctica con sentido.
Educar para el calor también es educar para prevenir y es necesario preparar a las nuevas generaciones para convivir con unas condiciones ambientales cada vez más exigentes y en periodos de riesgo.
Del miedo a la acción
Las imágenes de un incendio pueden impresionar especialmente a los más pequeños. Humo, llamas, evacuaciones, animales heridos o viviendas destruidas son situaciones difíciles de procesar cuando todavía se está aprendiendo a comprender el mundo.
Por eso, resulta interesante no ocultar lo que está sucediendo, sino acompañar la información y ofrecer herramientas para comprenderla y pasar del miedo a la acción.
Una conversación sobre los incendios puede terminar hablando de prevención, ecosistemas, protección del territorio, colaboración ciudadana, etc. El miedo puede convertirse en preguntas y, esas preguntas, en guías de nuestro aprendizaje.
Ahora, Madrid tendrá que recuperarse. Apagar las llamas no significa que el problema haya terminado. El recobro de un espacio quemado puede necesitar años. El suelo, la vegetación y los ecosistemas necesitan tiempo para volver a funcionar.




