
El 21 de agosto, con el embalse de El Atazar al fondo, el consejero de Digitalización de la Comunidad de Madrid, Miguel López-Valverde, salió a defender los centros de datos por donde más aprieta la crítica: el agua.
Sostuvo que las instalaciones de última generación han reducido su consumo hídrico «hasta un 90 por ciento» gracias a la refrigeración en circuito cerrado, y calificó de «generalización técnicamente falsa» la idea de que esos centros vayan a dejar a Madrid sin agua. La escena estaba bien elegida —el mayor embalse del sistema de Canal de Isabel II como telón, una cifra redonda para tranquilizar—.
Y precisamente por eso conviene mirar la cifra despacio, porque mide bien lo que mide y no mide nada de lo que se pregunta.
1. Qué mide el «hasta un 90 por ciento»
El porcentaje no describe cuánta agua consume hoy un centro de datos. Describe cuánto ha mejorado su eficiencia por unidad de cómputo frente a los sistemas de hace veinte años. Es lo que en el sector se llama intensidad hídrica —litros por unidad de trabajo—, y su referencia es el pasado: las torres de refrigeración por evaporación que dominaban los centros construidos a comienzos de siglo.
Medido contra ese punto de partida, el «hasta un 90 por ciento» es defendible; la propia Microsoft cifra en torno a esa proporción la mejora de su indicador de eficiencia hídrica desde su primera generación de centros, a comienzos de los años dos mil. Pero es una mejora relativa, del mejor caso y por unidad. No dice litros; dice proporción.
Y «circuito cerrado» tampoco es sinónimo de cero. El bucle necesita agua de reposición, y donde se prescinde de ella se hace a cambio de otros refrigerantes o de más aire —es decir, de más electricidad—. La propia Microsoft calcula que en su región de Madrid refrigerará por aire «más del 85 por tiempo del tiempo»: el 15 por tiempo restante, los días de más calor, es justo el verano en que el agua escasea. La eficiencia sube; el consumo, en términos absolutos, es otra conversación.
2. Qué no dice
Esa otra conversación es la que el acto esquiva, y esquiva tres datos que son los que de verdad deciden.
El primero es el consumo absoluto. Cuánta agua bebe hoy el parque madrileño, por instalación o en su conjunto, no consta: no lo publica ni la Comunidad ni el Canal de Isabel II. La eficiencia por unidad puede caer mientras el consumo total sube, sencillamente porque hay más unidades.
El segundo son los megavatios. El consejero dio el recuento —cuarenta centros en servicio y quince en construcción— pero ni una cifra de potencia. Y no es un detalle: un centro de datos se mide en megavatios, no en edificios.
La potencia agregada del parque solo existe hoy como estimación de consultora y de patronal, y ni siquiera esas coinciden entre sí: la asociación del sector la sitúa en torno a 439 MW para toda España a cierre de 2025, mientras la consultora Cushman & Wakefield atribuye a Madrid unos 538 MW de capacidad de mercado. Ninguna es un dato oficial contrastado contra la capacidad de la red.
El consejero sí mencionó menos electricidad —pero para refrigerar—, que es la eficiencia de la nevera, no la demanda del edificio. Más capacidad digital son más megavatios, por eficiente que sea cada uno.
El tercero es de qué tubería sale el agua. La nota habla de reutilizar o de prescindir, pero no dice si el aporte procede de la red de agua potable —la misma que abastece a los hogares— o de la red de agua regenerada, la tubería púrpura.
Y esa distinción lo cambia todo: si es potable, compite con el grifo; si es regenerada, compite con el riego de los parques y los campos de golf, y con el caudal que los ríos del sureste ya bajan hecho, en su mayor parte, de agua depurada. No hay agua gratis; solo hay agua que se cuenta y agua que no.
3. Por qué ahora, y por qué él
Quedan dos preguntas, y las dos las responde el contexto. Por qué ahora: porque el acto no viaja solo. La misma semana, la Comunidad presentó su Nube Soberana de inteligencia artificial —su propia infraestructura digital, ya no como quien autoriza un sector, sino como quien lo promueve— y Canal de Isabel II presumió de un 86 por ciento de autosuficiencia energética con nueve nuevas plantas fotovoltaicas.
Tres mensajes en pocos días, todos en la misma dirección: el crecimiento digital es compatible con los recursos. Y agosto, junto a un embalse, es el momento exacto para adelantarse al relato de que «los centros de datos se beben Madrid» antes de que cuaje.
Por qué él es más revelador. Quien salió a tranquilizar sobre el agua no fue el consejero de Medio Ambiente, dueño del recurso, sino el de Digitalización, dueño del sector que lo consume. El departamento que promueve haciendo las relaciones públicas ambientales del departamento que gestiona, y encima en un embalse de Canal.
Esa inversión —el promotor hablando de agua— es, en sí misma, el mensaje: no es una rendición de cuentas sobre el recurso, es una defensa del sector expresada en el idioma del recurso.
4. La pregunta que sigue sin sumar
El «técnicamente falso» combate a un adversario que no existe. Nadie serio sostiene que Madrid vaya a quedarse sin agua de un día para otro; lo que se señala es otra cosa —el estrés local acumulado y la ausencia de cualquier instrumento que sume el agua y la potencia que el corredor va a demandar antes de aprobar cada centro por separado—. Frente a esa crítica, una mejora de eficiencia por unidad no es una respuesta: es un cambio de tema bien ejecutado.
Porque eso es lo que hace, al final, el «hasta un 90 por ciento». No enfría los servidores —para eso está el agua que no se declara—; enfría el debate. Sustituye la pregunta difícil, la del sumatorio, por una proporción halagüeña que nadie discute. Y mientras la cifra tranquiliza, las tres que importan —cuánta agua, cuántos megavatios, de qué tubería— siguen sin sumarse en ningún plano.



