Una cultura para Europa

Se cumplen dos siglos del nacimiento de Pauline Viardot, la cantante de ópera más popular del siglo diecinueve, hija de un tenor español

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Desde las primeras décadas del siglo diecinueve se gestó en Europa una cultura cosmopolita, con características comunes, que liquidó  la tradicional hegemonía de Francia y Alemania sobre los gustos del continente. Los escritores rusos, escandinavos, italianos, españoles y centroeuropeos, los movimientos artísticos y las novedades en la música de los diferentes países alteraron las preferencias culturales de los europeos haciéndolas más diversas.

Las naciones se abrieron a las corrientes internacionales y empezó a surgir una «cultura europea»  como síntesis de estilos artísticos y literarios basados en valores comunes. Apareció una sensibilidad moderna caracterizada por una identidad cultural que era compartida por todos los ciudadanos independientemente de su nacionalidad. 

La aparición de esa cultura se produjo gracias en gran medida a la expansión del  ferrocarril, desde la inauguración de la línea ferroviaria París-Bruselas en 1846 hasta la cobertura prácticamente total del continente hacia 1900, cuando todas las grandes ciudades europeas ya tenían enlaces permanentes.

Esta expansión impulsó los intercambios culturales al facilitar y abaratar los viajes de artistas y escritores, orquestas y coros, compañías de ópera, exposiciones itinerantes y turismo cultural, al mismo tiempo que promovía el intercambio de obras e idearios. Liberó a los escritores y a los artistas de la dependencia de mecenas y poderosos al abarcar su obra un espectro más amplio.

El ferrocarril se convirtió en el símbolo del progreso industrial, el crecimiento económico y la modernidad. Facilitó las grandes exposiciones universales de la época y permitió a las personas del continente verse a sí mismas como europeos, dando lugar a una corriente internacionalista que adelantó el concepto de unificación.

El nacimiento y expansión de esta cultura son analizados por el historiador Orlando Figes en «Los europeos» (Taurus), uno de los mejores libros de historia cultural publicados recientemente. A pesar de que fueron múltiples las manifestaciones en toda Europa (arte, literatura, música, ópera, fotografía) y muchos sus creadores, Figes centra su estudio en sólo tres personajes que  protagonizaron algunos de los episodios culturales más relevantes de aquel siglo, vivieron a lo largo de su vida en países diversos, se movieron en todos los ámbitos de la cultura europea y se relacionaron con muchos de sus artistas y  creadores: el escritor ruso Iván Turguénev y el matrimonio formado por Louis y Pauline Viardot.  

Tres figuras excepcionales

Pauline Viardot, nacida en París el 18 de julio de 1921, fue la cantante de ópera más importante del siglo diecinueve, además de compositora y profesora de canto. Era hija del español Manuel García, tenor sevillano y empresario entre cuyos méritos figura la introducción de la ópera en los Estados Unidos con su propia compañía, en la que destacaban como cantantes él mismo y sus hijas Pauline y María Malibran (fallecida prematuramente). 

Las actuaciones de Pauline Viardot congregaban a miles de personas fascinadas por su voz y sus interpretaciones en los teatros de ópera de París, Berlín, Londres, Granada, Viena, Praga… y sus honorarios eran astronómicos. Su íntima amiga, la escritora George Sand, veía en ella la encarnación de su ideal feminista de libertad y autonomía artística. Antes de casarse con Louis, Pauline había tenido relaciones con el poeta Alfred de Musset, quien, despechado, publicó una amarga sátira contra ella. 

Louis, el esposo de Pauline, veinte años mayor, era una figura destacada en los círculos intelectuales de París. Crítico y coleccionista de arte, académico, editor, gestor teatral, periodista y autor de varios libros sobre España. Amigo del banquero español Alejandro Aguado, marqués de las Marismas, Louis era además un activista republicano progresista y revolucionario, una militancia que le llevó al exilio en Londres durante la dictadura de Napoleón III. 

Los Viardot se relacionaron con los grandes músicos  y compositores de la época. Clara y Robert Schumann eran amigos del matrimonio. Chopin, Liszt y Chaikovski se confesaron grandes admiradores de Pauline, quien mantuvo una estrecha relación con Wagner aunque criticaba sus diatribas antijudías. Sarasate era  asiduo a los conciertos en el salón de los Viardot. Offenbach, Gounod y Berlioz, fascinados por su voz, escribieron óperas expresamente para ella. 

Al lado de los Viardot estaba siempre el escritor ruso Iván Turgénev, quien les siguió a todas las ciudades en las que iban fijando su residencia (París, Baden-Baden, Karlsruhe, Londres, Bougival), convivía largas temporadas en su casa y era el mejor y más íntimo amigo de Louis, a pesar de estar profundamente enamorado de Pauline.

Se enamoró de ella desde su primer encuentro después de una actuación en San Petersburgo en 1845, y cuando los Viardot regresaron a París Turguénev ya viajó con ellos. Desde entonces los siguió a todas partes. El autor de «Relatos de un cazador» era entonces uno de los escritores consagrados en su país. Amigo de Tolstoi y Dostoievski, de Flaubert, de Sainte-Beuve, Daudet, Maupassant  y los Goncourt, de Dickens, Henry James y Alfred Tennyson, tradujo a todos ellos y promovió los intercambios de sus obras entre Rusia y Europa.

Las biografías de estos tres personajes se entretejen a lo largo de este libro junto con las relaciones de cada uno de ellos con escritores, músicos, artistas y creadores de todos los ámbitos culturales de todos los países.

En paralelo a las biografías de Turguénev y los Viardot se analizan a lo largo de las páginas de este libro los acontecimientos que iniciaron una nueva era en el mundo de la cultura. La novela por entregas y la aparición del fenómeno best seller, el abaratamiento de los costes de producción y del precio de los libros, los orígenes de la lucha contra la piratería y la reivindicación de los derechos de autor, el nacimiento del marketing y la publicidad en el mundo editorial, el auge de las revistas culturales y la crítica literaria, el crecimiento de las librerías… Y los gustos literarios de la época, desde los dramas románticos y la novela histórica de Walter Scott al realismo de Zola.

En estos años nació también la figura del autor que puede vivir de su trabajo, ya que hasta entonces los escritores eran nobles que contaban con ingresos propios, protegidos de algún mecenas o vivían de otros oficios. Desde entonces, siguiendo el ejemplo de Turguénev, autores como Balzac, Dickens o Dumas comenzaron a tener ingresos suficientes para dedicarse a la escritura sin otras preocupaciones.

En el mundo del arte aparecieron las primeras galerías al margen de las exposiciones de las Academias que controlaban los mercados. Los autores de vanguardia comenzaron a organizar sus propias exposiciones con las propuestas innovadoras rechazadas por los salones oficiales. La revolución que supuso la aparición de los pintores de Barbizón y los impresionistas marcó un antes y un después en la historia del arte. Es ahora cuando la figura del marchante irrumpe con fuerza para comercializar las obras de los artistas emergentes. El invento de la fotografía y su influencia en la literatura y en el arte y las técnicas de reproductibilidad que permitieron copiar sin límites las grandes obras agitaron un mercado hasta entonces inédito.

Pero es el mundo de la música el que el autor trata con más profundidad, por las relaciones de los Viardot con todos los grandes músicos, compositores y empresarios. El auge de los festivales de música, la expansión de los conciertos de cámara y sobre todo la consagración de la ópera como el espectáculo más respetado desde que se obligó al público a guardar silencio durante las funciones y las butacas de las plateas se orientaron de cara al escenario. Auditorios y teatros de ópera ocuparon el centro de las grandes ciudades junto  museos, bibliotecas y  galerías de arte.

Todo este clima cultural común comenzó a resquebrajarse cuando los defensores de las lenguas y los nacionalismos populares comenzaron a manifestarse contra el cosmopolitismo que había definido la cultura europea. «Tal reacción -escribe Orlando Figes- condujo al estallido de la Primera Guerra Mudial». Además de una tragedia humanitaria, la guerra fue una catástrofe que destejió la red de vínculos culturales tendidos entre las naciones de Europa a lo largo del siglo.

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