Los términos fascista y su variante ‘facha’ se utilizan hoy con excesiva frivolidad en el lenguaje popular y en los medios de comunicación. Con ellos se nombran aquellas doctrinas políticas conservadoras que se sitúan en lo más extremo de la derecha en el espectro ideológico de las democracias liberales.

Aunque en algunos de sus planteamientos y en muchas de las actuaciones que llevan a cabo existen rasgos que se identifican con lo que fueron el fascismo y el nazismo, comportamientos políticos como los de Donald Trump, Boris Johnson, Viktor Orban, Kaczynski, Putin, Bolsonaro, Rodrigo Duterte, Salvini, Maduro, Daniel Ortega, Erdogan, Netanyahu, Andrej Duda, Xi Jimping… cuyo número cada vez más creciente amenaza también el futuro de las democracias, no se pueden equiparar (al menos por ahora) con lo que fueron históricamente el fascismo y el nacionalsocialismo.

Los actuales son fenómenos populistas y ultranacionalistas de extrema derecha que no tienen mucho que ver con los totalitarismos de entreguerras si no es en su capacidad de engendrar odio, discriminación y violencia y en la coincidencia en su oposición a fenómenos como el multiculturalismo, la libre circulación de personas o (y esto como novedad) la denuncia de una supuesta islamización de las sociedades occidentales.

Ante el auge universal de estos movimientos, que algunos comentaristas han bautizado como democraduras, ciertamente muy cercanas a planteamientos autoritarios, algunos libros recientes aclaran el concepto de lo que fue la ideología que dio lugar a uno de los totalitarismos más letales del siglo veinte.

En «Fascismo» (Alianza editorial), Roger Griffin, catedrático en Oxford y uno de los especialistas en el tema, lleva a cabo uno de los análisis más brillantes y clarificadores de lo que representó el fascismo en la Europa del siglo XX.

El profesor Antonio Scurati escribe uno de los libros más fascinantes sobre el auge del fascismo y el ascenso al poder de Benito Mussolini en «M. El hijo del siglo» (Alfaguara).

Por su parte, el catedrático de Historia Thomas Childers hace uno de los estudios más completos de la evolución y el significado del nacionalsocialismo en «El Tercer Reich. Una historia de la Alemania nazi» (Ed. Crítica).

Fascismo y nacionalsocialismo

Fundado por Benito Mussolini en 1919 en Milán, el fascismo nació como una reacción del capitalismo y la burguesía al socialismo bolchevique a raíz de la crisis económica y la inestabilidad política mundial provocada por la Gran Guerra.

Para sus seguidores el fascismo tenía connotaciones políticas progresistas, modernizadoras y revolucionarias y transmitía estos principios a través de una propaganda de gran poder emocional y mítico en la que se proponía una regeneración de la sociedad.

En el análisis de lo que fue el fascismo destacan dos tesis antitéticas, la marxista y la liberal.

Para los marxistas el fascismo era el agente del imperialismo capitalista y la fuerza por medio de la cual la burguesía llevaba a cabo su ofensiva contra el proletariado. Todo el sistema democrático liberal, incluida la socialdemocracia, estaría en connivencia con el fascismo. Stalin incluso utilizaba el término fascista para desacreditar las versiones no ortodoxas del marxismo-leninismo.

Para las tesis liberales, por su parte, el fascismo sería el resultado del extremismo al que llegaron las clases medias como reacción a la sociedad moderna y al ascenso del papel de la economía, culpable de la crisis del capitalismo.

Este enfoque se basa, además, en la importancia que adquirieron los principios de un ultranacionalismo sustentado en la recuperación de una grandeza imperial perdida. Las masas seguidoras del fascismo pretendían llevar a cabo esta recuperación a través de una revolución alternativa a la bolchevique.

Hanna Arendt mostró cómo el nazismo copió los métodos de propaganda y de terror del bolchevismo para potenciar la autoridad del Estado frente a las libertades personales. El fascismo se apropió también de los emblemas de aquella revolución: el color rojo, los desfiles, los himnos, las manifestaciones de masas, las banderas…

Mientras el imperativo del bolchevismo era el de controlar los medios de producción, el objetivo del fascismo era conseguir una comunidad unida por los valores «eternos» de la nación, que tenían sus raíces en un pasado mitificado. El fascismo era, así, una forma concreta de nacionalismo radical basado en la idea utópica de nación como entidad orgánica sana, poderosa y heroica, una ultranación.

El fascismo de Mussolini y el nacionalsocialismo de Adolf Hitler no tenían una misma concepción del ultranacionalismo. Mientras el primero quería modernizar Italia activando el mito de su herencia imperial romana, el ultranacionalismo nazi se sustentaba en un racismo radical de base biológica.

Es esta obsesión por la pureza racial lo que determina el mayor contraste con el utranacionalismo del fascismo italiano, ya que el imperio romano, que era su referente histórico, era multiétnico y multicultural.

Pese a estas diferencias fascismo y nazismo se aliaron formando las fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial para crear un nuevo orden europeo que había que defender de las ambiciones imperialistas de los Estados Unidos, la Unión Soviética y los judíos del mundo.

Ante estas dos interpretaciones clásicas del fascismo, Roger Griffin propone una tercera basada en la empatía de los contenidos del credo fascista, sobre todo de sus ideales positivos y no en las negaciones que se derivan de esos ideales: una visión basada en la idea que del fascismo tenían sus propios ideólogos.

Este enfoque empático del fascismo como fuerza histórica y política no significa aceptar sus valores, justificar sus acciones ni negar las atrocidades, genocidios y crímenes contra la humanidad cometidos por los regímenes fascista y nazi, sino de analizar los valores con los que pretendían hacer realidad los sueños de un nuevo orden nacional y/o racial. Se trata de saber no sólo qué cosas terribles han pasado en nombre de la nación y de la raza en una civilización avanzada, sino también de entender por qué han pasado.

Este enfoque discrepa tanto del marxista, que reduce el fascismo a mero agente del capitalismo, como del liberal, que lo fundamenta en lo irracional y nihilista.

En la actualidad, el riesgo de que los movimientos neofascistas y populistas consigan aumentar el apoyo con el que cuentan para llevar a cabo una versión actualizada de aquella utopía de entreguerras, se concentra en la pérdida generalizada del pueblo en la confianza en las élites políticas y económicas. El objetivo de estos movimientos es conseguir la desafección de los ciudadanos hacia sus dirigentes demócratas a través de nuevos medios como el ciberespacio, las redes sociales y la utilización consciente de ‘fake news‘.

Violencia y poder

Así como hay una gran producción literaria e historiográfica sobre Adolf Hitler, Stalin y Mao, la figura de Benito Mussolini ha quedado un tanto opacada cuando se estudian los totalitarismos del siglo veinte.

El libro de Antonio Scurati “M. El hijo del siglo” (Alfaguara) viene a llenar en parte ese vacío sobre el dictador que llevó a Italia a uno de los mayores desastres de la historia.

En este volumen de más de 800 páginas Scurati estudia tan sólo los cinco años que van desde la fundación del fascismo en 1919 hasta el afianzamiento de Mussolini en el poder en 1924, los años en los que un régimen sin apenas apoyo electoral consiguió dominar a toda una sociedad amedrentada por la inseguridad política y por la violencia de las escuadras fascistas militarizadas que a diario atentaban contra la vida de políticos, sindicalistas y obreros, arrasaban sus casas y sus pertrechos, humillaban a sus familias y se apoderaban de sus bienes en la Italia de la primera posguerra mundial.

Fueron unos años marcados por huelgas generales, motines, linchamientos, revueltas campesinas y enfrentamientos violentos entre socialistas y fascistas que dejaban regueros de muertos en las calles de Milán, de Roma, de Bolonia. En dos próximos volúmenes Scurati completará la biografía del dictador que fundó el fascismo.

Mussolini era un líder destacado del socialismo radical italiano, director de su órgano «Avanti!» hasta que, traicionando sus principios, se alió con los partidarios de la intervención de Italia en la Primera Guerra Mundial.

Todo su radicalismo izquierdista se transformó entonces en una oposición furibunda no sólo contra sus antiguos camaradas sino también contra el sistema democrático italiano, a cuyos políticos consideraba una casta alejada de las preocupaciones y los problemas de la sociedad.

Se postuló como la única salida a la situación de caos provocada en parte por él mismo al avalar la utilización de métodos violentos para aplastar a sus opositores.

La culminación de esta continua amenaza contra la oposición política llegó con la movilización de miles de escuadristas dispuestos a marchar sobre la ciudad de Roma, una operación que, para evitar un baño de sangre, obligó al rey Víctor Manuel tercero a encargar a Mussolini la formación de un nuevo gobierno y al parlamento a concederle plenos poderes, a pesar de que el partido fascista contaba sólo con 35 diputados.

Una nueva ley electoral y la censura de prensa facilitarían la aplastante victoria del fascismo sobre los partidos liberales y socialistas en las elecciones de 1924. Una victoria que propició la impunidad de los crímenes fascistas más abyectos, como el del diputado socialista Matteotti, un episodio contado por Antonio Scurati con un pulso narrativo de gran altura literaria.

En el transcurso de esos cinco años contemplamos a lo largo de las páginas de este libro la victoria del socialismo y su desintegración, el ascenso del fascismo y su transformación en partido conservador, monárquico, aliado de la clase dirigente, armado con un ejército propio, al que cada día se fueron sumando miles de jornaleros y proletarios convertidos en fascistas de un día para otro.

El libro es una novela de no ficción avalada en cada capítulo por una serie de citas extraídas de diarios, memoriales, telegramas, noticias de periódico, discursos, informes… que sostienen la veracidad de cada uno de los episodios que se cuentan.

Como persona, Scurati presenta a Benito Mussolini como un animal sexual necesitado de amantes varias (Margherita Sarfatti, Ida Dalser, Bianca Ceccato, Angela Cucciati, Giulia Brambilla, Ángela Curti); un duelista y un perdedor vengativo; un político astuto y artero, impulsor desde la sombra de atentados y actos violentos contra sus adversarios políticos e impulsor de un estado de inseguridad y miedo sobre una sociedad a la que había inoculado la necesidad de una venganza ante la humillación sufrida por el tratado de Versalles.

La obra de Antonio Scurati, escrita en forma de novela, recorre la biografía del Duce durante esos cinco años de ascenso hacia el poder totalitario acompañado por políticos muy cercanos, como Italo Balbo, Cesare De Vecchi, Amerigo Dùmini, Albino Volpi… y de destacados personajes del mundo intelectual que le prestaron su apoyo a lo largo de aquella trayectoria, como Gabrielle D’Annunzio (fascinante el episodio de la toma de Fiume), Marinetti, Curzio Malaparte, Ungaretti, el músico Toscanini, Benedetto Croce o el dramaturgo Luigi Pirandello.

Una historia del Tercer Reich

El de Thomas Childers es uno de los mejores libros de historia sobre el nazismo y el Tercer Reich publicados recientemente.

Muy claro y muy documentado, su lectura es tan atractiva y fascinante como la de una novela que recorre la evolución del nacionalsocialismo desde su nacimiento hasta la tragedia final.

Desde el primero de los capítulos (El huevo de la serpiente) en el que se sitúan los orígenes de la ideología totalitaria, hasta el último (El Apocalipsis), el autor va narrando al hilo de sus investigaciones cómo Adolf Hitler, un oscuro ciudadano austriaco que había participado como cabo en la Gran Guerra, va haciéndose un lugar en la política alemana enarbolando una ideología antisemita y antibolchevique a la sombra del malestar de una sociedad alemana castigada en el Tratado de Versalles, recorrida por una crisis con frecuentes disturbios y asesinatos políticos y golpeada por una hiperinflación derivada de la crisis económica más grave del siglo veinte.

Para el joven Hitler la derrota de Alemania no se debió a la mala actuación de su ejército sino que fue el resultado de una conspiración de marxistas y judíos. En su paranoia, Hitler estaba convencido de estar llamado a ser el salvador de una patria humillada que había que levantar de la postración a la que había sido condenada.

Utilizando las estructuras del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores (NSDAP) consiguió atraerse el apoyo de diferentes sectores sociales seducidos por su oratoria ampulosa y por unas ideas anticomunistas radicales.

Se rodeó de una serie de personajes ideológicamente afines (Rudolf Hess, Hermann Göring, Heinrich Himmler, Joseph Goebbels) con los que el 9 de noviembre de 1923 intentó dar un golpe de estado urdido ante una multitud de más de tres mil personas agolpada en las instalaciones de la cervecería Bürgerbräukeller.

Una leve condena (sólo estuvo trece meses en una prisión atenuada en la que comenzó la redacción de “Mi lucha”) le dio alas para volver a la actividad política con más fuerza.

Desde unos primeros resultados marginales (un 2,6 por ciento en 1928) las sucesivas elecciones fueron situando poco a poco al partido nazi en las preferencias de una población castigada por la crisis de la Gran Depresión.

Una propaganda dirigida por Goebbels (la propaganda, según Hitler, «debe estar dirigida a las emociones y sólo en un grado muy limitado al intelecto»), y divulgada a través de los modernos medios de comunicación de masas, sobre todo de la radio («la pondremos al servicio de nuestra idea y ninguna otra idea será expresada a través de ella») y de una parafernalia que saturaba las ciudades de folletos, carteles, mítines y actos del partido, inoculaba el odio a los judíos y a los comunistas, fomentaba la violencia callejera protagonizada por grupos formados en el seno del partido y utilizaba una simbología pretendidamente aglutinadora de las reivindicaciones alemanas, la promesa de hacer a Alemania grande de nuevo (¿les suena?)… situaron a Hitler y a su partido en una situación política en continuo ascenso hasta que en las elecciones de 1932 fueron la primera fuerza, con el 38 por ciento de los votos, pese a lo cual el presidente Hindenburg se negó a encargar a Hitler la formación de gobierno.

Las siguientes elecciones, unos meses después, registraron una fuerte bajada del partido nazi. El desacuerdo entre las fuerzas de la derecha forzó al presidente, esta vez sí, a permitir a Hitler acceder a la cancillería.

A partir de aquí, el libro de Childers recoge los importantes acontecimientos en los que se apoyaron los nazis para afianzarse como un poder totalitario: el incendio del Reichtag, la noche de los cuchillos largos, la semana sangrienta de Köpenick, la noche de los cristales rotos, la represión y prohibición de los partidos comunista y socialdemócrata, el control del sistema educativo y de la producción cultural y artística, la persecución a los judíos, el incumplimiento de las leyes para que Hitler fuera nombrado presidente del país a la muerte de Hindenburg…

Poco a poco fue afianzándose un régimen totalitario cuyo objetivo primordial era prepararse para una guerra con el fin de anexionar los territorios fronterizos, empezando por Checoslovaquia y Polonia y continuando con Rusia. Una guerra en varios frentes (el occidental contra Inglaterra y Francia, el oriental contra Rusia, el del Norte de África), con victorias espectaculares del ejército alemán.

El ataque a Pearl Harbour a cargo de Japón, la tercera fuerza del Eje nazifascista, provocó la entrada de los Estados Unidos en la guerra, lo que unido a las primeras derrotas nazis en el frente ruso provocó el comienzo del final del Tercer Reich.

Al mismo tiempo que se producía el derrumbe se aumentaba la represión contra los judíos en busca de la llamada solución final, su exterminio definitivo.

Poco a poco Thomas Childers va relatando con detalle el hundimiento y la catástrofe final de un régimen ensalzado en sus mejores años por sus seguidores y por la práctica totalidad de los alemanes.

Los mismos que enarbolaban las banderas de la victoria, que entonaban los cánticos patrióticos, que acudían en masa a los mítines y a los congresos del partido nazi, que perseguían con violencia a judíos y demócratas porque esa era la voluntad del Führer, fueron los que, cuando la guerra comenzó a perderse y los aliados avanzaban liberando a poblaciones y campos de concentración, se manifestaron con saña contra los responsables de un régimen que había conducido a Alemania a una tragedia de la que iba a tardar décadas en recuperarse.

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