Las familias de los cerca de cinco mil marineros e infantes de marina embarcados en el USS Abraham Lincoln llevan semanas denunciando duchas con moho, escasez de comida y una salud mental que se deteriora tras más de 250 días consecutivos en el mar, un récord para un portaaviones estadounidense. El presidente Donald Trump respondió el viernes con una frase: la misión, dijo, «no lleva ni de lejos el tiempo suficiente».

El Lincoln zarpó de San Diego en noviembre de 2025 y su despliegue, previsto para siete meses, se prolongó al servir de apoyo aéreo a la guerra de Estados Unidos contra Irán. Según reportajes de la prensa militar especializada recogidos esta semana por NBC News, familiares describen baños con moho, cortes de agua caliente, comidas reducidas a media taza de arroz y dos tortillas, y varios intentos de tripulantes de arrojarse por la borda. Un oficial estadounidense confirmó que uno de esos episodios, a principios de agosto, terminó con el rescate del marinero en menos de una hora; la Armada lo calificó de «episodio de salud mental».

Danielle Rappa, madre de un tripulante, describió la situación a NBC News como «una escena sacada de American Horror Story». Cerca de doscientos familiares se reunieron la semana pasada en San Diego con el secretario interino de la Armada, Hung Cao, quien reconoció la tensión que sufren tripulación y familias sin precisar cuándo llegará el relevo. El vicealmirante Joseph Cahill, jefe de las Fuerzas de Superficie de la Armada, admitió en otra reunión: «Les oímos alto y claro sobre el impacto que esto tiene en las familias».

La respuesta política más concreta vino del Partido Demócrata. El representante Mike Levin, cuyo distrito californiano incluye la base de Camp Pendleton, encabezó una carta firmada por toda la delegación de San Diego al secretario de Defensa, Pete Hegseth, y a Cao, además de pedir públicamente la destitución de Hegseth. El senador Richard Blumenthal, miembro del Comité de Servicios Armados del Senado, advirtió por escrito de que los despliegues alargados «podrían estar convirtiéndose en la norma, no en la excepción», del modelo de la Armada. El senador Ruben Gallego, veterano de la guerra de Irak, exigió una visita bipartidista al buque.

Hegseth calificó el jueves los relatos de «completamente tergiversados». El Mando Central estadounidense negó un aumento de las ideas suicidas y desmintió informaciones sobre una pelea a bordo, insistiendo en que no se ha producido ninguna muerte.

Contexto

Las quejas surgieron ya en abril, cuando Hegseth las tachó de «más noticias falsas». Lo que ha cambiado en agosto es el volumen de testimonios directos de familiares —no de políticos ni activistas— recogidos por medios especializados como Navy Times y Stars and Stripes, que obligaron primero a la Armada a organizar reuniones informativas y después a los demócratas a exigir por escrito una investigación.

Esa secuencia define el episodio: la alarma nació en un colectivo ajeno a la política partidista —familias de militares desplegados— y solo después fue capitalizada por el Partido Demócrata como demanda de rendición de cuentas al Pentágono.

De cara a las elecciones del 3 de noviembre, el episodio golpea un terreno que Trump considera uno de sus puntos fuertes, la seguridad nacional, y en distritos de peso electoral como el de Levin, que incluye una de las mayores comunidades militares del país.

No hay aún encuestas que midan su impacto, y conviene no sobredimensionarlo; pero abre una grieta entre el relato de fortaleza militar de la Casa Blanca y el testimonio de las familias de quienes sirven bajo esa bandera.

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