M. EL HIJO DEL SIGLO

Así como hay una gran producción literaria e historiográfica sobre Adolf Hitler, Stalin y Mao, la figura de Benito Mussolini ha quedado un tanto opacada cuando se estudian los totalitarismos del siglo veinte.

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El libro de Antonio Scurati M. El hijo del siglo (Alfaguara) viene a llenar en parte ese vacío sobre el dictador que llevó a Italia a uno de los mayores desastres de la historia.

En este volumen de más de 800 páginas, Scurati estudia tan sólo los cinco años que van desde la fundación del fascismo en 1919 hasta el afianzamiento de Mussolini en el poder en 1924, los años en los que un régimen sin apenas apoyo electoral consiguió dominar a toda una sociedad amedrentada por la inseguridad política y por la violencia de las escuadras fascistas militarizadas que a diario atentaban contra la vida de políticos, sindicalistas y obreros, arrasaban sus casas y sus pertrechos, humillaban a sus familias y se apoderaban de sus bienes en la Italia de la primera posguerra mundial.

Fueron unos años marcados por huelgas generales, motines, linchamientos, revueltas campesinas y enfrentamientos violentos entre socialistas y fascistas que dejaban regueros de muertos en las calles de Milán, de Roma, de Bolonia. En otros cuatro volúmenes Scurati completa la biografía del dictador que fundó el fascismo.

Mussolini era un líder destacado del socialismo radical italiano, director de su órgano Avanti! hasta que, traicionando sus principios, se alió con los partidarios de la intervención de Italia en la Primera Guerra Mundial. Todo su radicalismo izquierdista se transformó entonces en una oposición furibunda no sólo contra sus antiguos camaradas sino también contra el sistema democrático italiano, a cuyos políticos consideraba una casta alejada de las preocupaciones y los problemas de la sociedad.

Se postuló como la única salida a la situación de caos provocada en parte por él mismo al avalar la utilización de métodos violentos para aplastar a sus opositores. La culminación de esta continua amenaza contra la oposición política llegó con la movilización de miles de escuadristas dispuestos a marchar sobre la ciudad de Roma, una operación que, para evitar un baño de sangre, obligó al rey Víctor Manuel III a encargar a Mussolini la formación de un nuevo gobierno y al parlamento a concederle plenos poderes, a pesar de que el partido fascista contaba sólo con 35 diputados.

Una nueva ley electoral y la censura de prensa facilitarían la aplastante victoria del fascismo sobre los partidos liberales y socialistas en las elecciones de 1924. Una victoria que propició la impunidad de los crímenes fascistas más abyectos, como el del diputado socialista Matteotti, un episodio contado por Antonio Scurati con un pulso narrativo de gran altura literaria.

En el transcurso de esos cinco años contemplamos a lo largo de las páginas de este libro la victoria del socialismo y su desintegración, el ascenso del fascismo y su transformación en partido conservador, monárquico, aliado de la clase dirigente, armado con un ejército propio, al que cada día se fueron sumando miles de jornaleros y proletarios convertidos en fascistas de un día para otro.

El libro es una novela de no ficción avalada en cada capítulo por una serie de citas extraídas de diarios, memoriales, telegramas, noticias de periódico, discursos, informes… que sostienen la veracidad de cada uno de los episodios que se cuentan.

Como persona, Scurati presenta a Benito Mussolini como un animal sexual necesitado de amantes varias (Margherita Sarfatti, Ida Dalser, Bianca Ceccato, Angela Cucciati, Giulia Brambilla, Ángela Curti); un duelista y un perdedor vengativo; un político astuto y artero, impulsor desde la sombra de atentados y actos violentos contra sus adversarios políticos y de un estado de inseguridad y miedo sobre una sociedad a la que había inoculado la necesidad de una venganza ante la humillación sufrida por el tratado de Versalles.

La obra de Antonio Scurati, escrita en forma de novela, recorre la biografía del Duce durante esos cinco años de ascenso hacia el poder totalitario acompañado por políticos muy cercanos, como Italo Balbo, Cesare De Vecchi, Amerigo Dùmini, Albino Volpi… y de destacados personajes del mundo intelectual que le prestaron su apoyo a lo largo de aquella trayectoria, como Gabrielle D’Annunzio (fascinante el episodio de la toma de Fiume), Marinetti, Curzio Malaparte, Ungaretti, el músico Toscanini, Benedetto Croce o el dramaturgo Luigi Pirandello.

M. EL HOMBRE DE LA PROVIDENCIA

El asesinato del líder socialista Giacomo Matteotti por dirigentes del Partido Fascista, entre ellos su secretario Roberto Farinacci, levantó agrias protestas de la oposición y estuvo a punto de hacer fracasar el régimen de Mussolini en Italia. Personalmente afectó a la salud del Duce, a quien provocó serias complicaciones que desembocaron en una úlcera duodenal que casi acabó con su vida.

Con el grave estado de salud de Mussolini comienza M. El hombre de la Providencia, la segunda parte de la gran biografía novelada del Duce escrita por Antonio Scurati que viene publicando Alfaguara. El volumen abarca los años que van de 1925 a 1931, en los que el fascismo se implantó con fuerza en Italia y liquidó el sistema democrático con el que se gobernaba el país.

Mussolini reaccionó a la crisis política derivada del asesinato de Matteoti con la imposición forzada del totalitarismo fascista desde el Gobierno al que había llegado vulnerando las leyes y haciendo uso de la violencia de las escuadras fascistas: «Ya sabéis lo que pienso sobre la violencia –dijo a sus congresistas el 22 de junio de 1925- Para mí es profundamente moral, más moral que el compromiso y la transacción».

Ausente del Congreso la oposición democrática en protesta por el asesinato de Matteotti, agrupada en el Aventino (nombre que tomó de la colina Aventina donde, según la historia romana, los plebeyos se retiraban en periodos de conflicto con los patricios), el fascismo se impuso con celeridad desde los primeros momentos. En un solo día el Congreso aprobó 2376 decretos del Duce. En 48 horas el ministro del Interior cerró 95 círculos políticos, disolvió cientos de grupos y organizaciones de la oposición, controló 611 redes telefónicas, registró 655 domicilios y cerró 4433 lugares públicos.

Simultáneamente se secuestraban los periódicos de la oposición, se prohibía la masonería, se disolvía el Partido Socialista y todas las organizaciones contrarias al fascismo y se retiraba el pasaporte a los disidentes: «En menos de cuatro horas la Cámara de Diputados ha demolido todo lo que quedaba del Estado liberal, ha defenestrado a 124 diputados electos y destruido una conquista civil que le había dado una primacía a Italia en el mundo», escribe Scurati. Mientras tanto, 250 intelectuales y artistas firmaban un manifiesto de apoyo al fascismo promovido por Giovanni Gentile.

Poco a poco pero sin tregua, se fue fortaleciendo el poder ejecutivo, reduciendo las prerrogativas institucionales de la Corona, prohibiendo las huelgas, creando los sindicatos del Estado fascista. Nacía un sistema totalitario en el que el cuerpo electoral sólo seria llamado para ratificar las decisiones del Gran Consejo del Fascismo. En el verano de 1928 el consejo de Ministros suprimió todos los órganos electivos de las administraciones públicas («La nación fascista es la nación que no vota, sino que cree, obedece, lucha y, si es necesario, muere», dijo Mussolini). En 1929 el Duce asumió también la titularidad directa de ocho de los ministerios de su Gobierno. En el ámbito simbólico, se impuso la obligación del saludo fascista a los empleados públicos.

Los fastos del IV Congreso del Partido Fascista recuerdan a los posteriores del nacionalsocialismo de la Alemania de Hitler, un político fascinado por la obra y la figura del Duce desde muchos años antes de su llegada al poder.

Una de las novedades de este volumen es el tratamiento que da el autor a la guerra que Italia libraba en África. A lo largo de todo el libro Antonio Scurati aborda la guerra colonial de Italia en Tripolitania y Cirenaica, los territorios en Libia, con un realismo sobrecogedor cuando narra el sufrimiento de los habitantes de aquellos poblados aplastados por la furia del ejército fascista, las deportaciones de poblaciones enteras y las ejecuciones en masa de los guerreros de las tribus rebeldes, fusilados y ahorcados sin contemplación. La victoria del ejército colonial llegaría utilizando bombas de gas mostaza y creando campos de concentración donde los prisioneros eran torturados y vivían en condiciones infrahumanas.

En el ámbito personal, Mussolini colecciona nuevas amantes: Alice de Fonseca, Magda Brard, Angela Lucciati Curti… una tras otra humilladas y abandonadas. Exhibe su figura a la prensa del régimen: torso desnudo fotografiado cuando participa en los trabajos de la siega. Se cuentan con detalle los varios atentados sufridos por Mussolini (algunos inventados por el régimen), de los que salió milagrosamente ileso; la boda fastuosa de su hija Edda con Galeazzo Ciano, conde de Cortellazzo, la firma del Concordato con el Vaticano, convertido al fin en uno de los pilares del régimen (fue el papa Pio XI quien proclamó que Mussolini era un hombre de la providencia de Dios)…

Resulta patético el retrato que Scurati hace de la caída en desgracia de quienes un día fueron los mejores apoyos de Mussolini, que incluso ocuparon altos cargos con lealtad y sumisión, sobre todo el caso de Augusto Turati, secretario del Partido, doblegado hasta la humillación por inventadas desviaciones sexuales promovidas desde el propio entorno del Duce. Incluso la amante de Mussolini, Margherita Sarfatti, autora de una ditirámbica biografía del Duce, es repudiada finalmente por éste y apartada de los grandes fastos de la cultura y el arte del fascismo, que tanto había contribuido a enaltecer y divulgar.

Más que de un personaje histórico, la biografía escrita por Scurati es el retrato de un régimen totalitario impuesto por la fuerza de la violencia y la manipulación de la política y de los medios, ejemplo para otros regímenes que le sucedieron en el tiempo y el espacio: «No olvides cuando se haga de noche –le dice Mussolini a Quinto Navarra, su ayuda de cámara- de encender la lámpara en mi escritorio y dejarla encendida toda la noche. A la gente no le importa en realidad lo que decido por ellos, les basta con saber que existo». En España también hubo una vez una lucecita en El Pardo.

M. LOS ÚLTIMOS DÍAS DE EUROPA

El tercer volumen de la gran biografía novelada de Benito Mussolini escrita por Antonio Scurati, titulada M. Los últimos días de Europa (Alfaguara), recorre los años decisivos que van de 1938 a 1940, en los que el Duce del fascismo, fascinado por la figura y los planes de Adolf Hitler, termina uniéndose a la locura de la guerra mundial desatada por el Führer, aun siendo consciente de la oposición de gran parte de la sociedad italiana a que su país entrase en un conflicto que ponía en riesgo no sólo su imperio colonial sino su propia existencia como Estado. Mussolini basaba su decisión respecto a la guerra sobre la certeza de la victoria alemana, falseando la voluntad popular: «el pueblo italiano está impaciente por ponerse del lado del pueblo alemán en la lucha contra sus enemigos comunes», escribía Mussolini a Hitler el 30 de mayo de 1940.

Tampoco hizo caso de los informes de sus militares que advertían de la muy precaria situación del ejército italiano, que no estaba preparado ni siquiera para iniciar las operaciones de una guerra. Rechazó los intentos diplomáticos del presidente del Gobierno francés, de Roosevelt, de Churchill e incluso del Papa para que no participase en la guerra de Hitler. La ambición de Mussolini para erigirse en líder de una potencia mundial, convencido de la victoria nazi, pudo más que la conciencia de una realidad que aconsejaba marcar distancias («los alemanes la ganarán, y los italianos con ellos», decía sobre la guerra).

Durante aquellos años, antes de entrar en la guerra, fueron muy frecuentes los encuentros entre los dos líderes de los totalitarismos nazi y fascista, en una larga operación en la que Hitler iba tejiendo las redes que terminarían seduciendo a Mussolini. En el de 1938 en Roma, para impresionar al Duce, Hitler se hizo acompañar de su Estado Mayor: Goebbels, Rudolf Hess, Himmler, Hans Frank… con la intención de que se firmara un pacto militar entre Alemania e Italia.

Entre los objetivos que se manejaron para convencer a Mussolini estaba la amenaza, según Hitler, de que los comunistas querían destruir todo el arte italiano. Italia y Alemania firmaron entonces un pacto militar según el cual «si una de las partes se viera inmersa en un conflicto de carácter defensivo u ofensivo, la otra parte actuará inmediatamente como aliado, con todas sus fuerzas militares por tierra, mar y aire».

Aunque una cláusula obligaba a consultar preventivamente a Roma antes de cualquier maniobra, Hitler decidió invadir Checoslovaquia y Polonia sin informar a su aliado, pese a lo cual Mussolini decidió no sólo respetar el Tratado firmado con Hitler sino también aprobar el pacto de Alemania con Rusia (Ribbentrop-Molotov) para repartirse Polonia, aunque uno de los principios irrenunciables de Mussolini fuera el de luchar contra el comunismo. Para convencerlo, Hitler le aseguró que ni Francia ni Inglaterra iban a reaccionar. Se equivocaba: el 3 de septiembre de 1939 ambos países declararon la guerra a Alemania.

El siguiente objetivo de Hitler fue convencer a Mussolini de que Italia formase con Alemania un Eje en la guerra que acababa de declararse. En 1940, en una nueva reunión entre ambos, el líder nazi presentó un ultimátum: «El Führer no ha bajado al paso del Brennero para hacer ninguna clase de solicitud a su aliado, sino para conocer directamente de boca del Duce la fecha de su entrada en guerra» (p.346). Las invasiones victoriosas de Bélgica y Holanda decidieron a Mussolini a entrar por fin en la guerra junto a Alemania. El 10 de junio de 1940 Mussolini anunciaba la declaración de guerra en un discurso voceado desde el balcón del Palacio de Venecia ante una multitud entre exaltada y reticente («ninguna mujer ha aplaudido», recogía el informe secreto de un agente a la Dirección General de Seguridad Pública).

Antisemitismo fascista

Otro de los aspectos sobresalientes que se tratan aquí fue el de la persecución de los judíos en Italia y las expresas manifestaciones racistas de Mussolini para congraciarse con el Führer. El Gran Consejo del Fascismo aprobó la legislación antisemita más dura de las que había en vigor en todo el mundo, incluida la de la Alemania nazi, y el Parlamento aprobó esas leyes racistas con el cien por cien de los votos. La persecución a los judíos provocó suicidios como el del editor Angelo Fortunato Formiggini y el exilio de personajes como Margherita Sarfatti, antigua amante y biógrafa del Duce. Para convencer a la población Mussolini aseguraba que eran los judíos quienes dirigían el antifascismo internacional. Muchos fueron destituidos de sus cargos, incluso los más fieles a Mussolini, como Renzo Ravenna, podestá fascista de Ferrara durante doce años.

Más que la de Mussolini, la figura que se alza como protagonista en esta tercera entrega es la de su ministro de Asuntos Exteriores, Galeazzo Ciano, conde de Cortellazzo y yerno de Mussolini, casado con la hija primogénita y predilecta del Duce, mujer controvertida, amante de los juegos de azar, el alcohol y las infidelidades conyugales.

Leal a Mussolini pero consciente de los engaños de Hitler y del incumplimiento de los tratados firmados entre los dos líderes, Ciano fue incapaz de llevar hasta el final sus reticencias ante los excesos perpetrados por Alemania con la anexión de Austria y las invasiones de Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca y Noruega. Y además era contrario a la entrada de Italia en la guerra. Había confesado a su amigo el periodista Giuseppe Botai: «El pueblo italiano no quiere esta guerra. No la siente suya. No cree en ella». Pero al mismo tiempo Ciano fue el promotor de iniciativas como la invasión de Albania y la reivindicación de posesiones francesas en Túnez, Córcega y Yibuti.

En estos momentos en los que en Europa se vive una nueva guerra de invasión de un estado libre por una potencia militar, no son pocas las coincidencias que el lector advierte en esta biografía de Mussolini. Así, también en los documentales de la cinematográfica Luce, Mussolini (como Putin) se exhibía ante sus seguidores con el torso desnudo para demostrar su fortaleza física. Y, como en Ucrania, también Hitler utilizó como excusa para justificar la invasión de Checoslovaquia que en ese país se torturaba a la población de habla alemana. El Tratado militar entre Italia y Alemania previo a la guerra recuerda al de Rusia y China en vísperas de la invasión de Ucrania.

M. LA HORA DEL DESTINO

La excelente biografía novelada que Antonio Scurati escribe sobre Benito Mussolini llega a su cuarta entrega sin rebajar un ápice ni la calidad de su lenguaje literario ni el rigor de los acontecimientos históricos que aborda. En M. La hora del destino (Alfaguara) se recoge el periodo de los años 1940 a 1943, desde los triunfos de Alemania e Italia en la guerra hasta que comienzan a manifestarse los primeros síntomas del desastre que terminó con la destitución del Duce tras una tensa reunión del Gran Consejo del Fascismo y su inmediata detención en un cuartel de Roma. Mientras, la muchedumbre comenzaba a destruir los emblemas fascistas en las calles y sus retratos iban siendo retirados de las estancias oficiales del régimen.

A lo largo de las más de 700 páginas de esta entrega, Scurati registra los acontecimientos sobrevenidos en todos los frentes de la guerra, desde el optimismo de alemanes e italianos tras la caída de Francia y la invasión victoriosa alemana de territorios europeos, a los reveses en los frentes de Rusia y el norte de África que iniciaron el hundimiento, haciendo hincapié en la invasión de Yugoslavia, donde la represión contra la población civil registró espantosos crímenes, pese a lo cual Mussolini advertía a sus mandos en aquel territorio de que allí «se mata demasiado poco».

Desde el momento en que las primeras victorias hacían suponer a los dirigentes alemanes e italianos que la guerra terminaría pronto, hasta el desembarco de los aliados en Sicilia, las sucesivas derrotas de las fuerzas del Eje van imponiendo la realidad de una situación que ni Hitler ni Mussolini aceptaron nunca. Aún durante la primera reunión de 1943 entre los dos mandatarios, el Führer se mostraba optimista sobre la marcha de la guerra, una actitud que Mussolini mantuvo también ante su pueblo, al que hasta en sus últimas apariciones anunciaba una inminente victoria total.

Esta biografía es un retrato de las ambiciones utópicas de Mussolini para formar un nuevo imperio y de los procedimientos para llevarlo a cabo, anexionando los territorios de Yugoslavia y el norte de África, y también, en un arriesgado ejercicio estratégico de conquista, al iniciar la invasión de Grecia minusvalorando la resistencia de su ejército, que resistió y expulsó a los italianos.

Las derrotas en Grecia y las del norte de África infligidas por los ingleses, decidieron a Hitler a reforzar las ayudas a Italia en ambos frentes, consiguiendo así la rendición de Grecia y enviando al mariscal Rommel para dar la vuelta a la situación en África. Ante estas victorias de los alemanes Mussolini se sentía humillado por un Hitler que menospreciaba, con razón, al ejército italiano.

Sin embargo Hitler seguía elogiando el papel de Italia en la guerra porque quería mantener a su lado a Mussolini y por eso le ocultó hasta el último momento su intención de atacar a Rusia. Lo hizo el mismo día de la Operación Barbarroja con la que inició la invasión, que Scurati define como la batalla más colosal y más sangrienta de la historia de la humanidad. Siguiendo su rastro, de inmediato Mussolini declaraba también la guerra a Rusia. Se trataba, según él, de una cruzada en defensa de la civilización europea frente al marxismo asiático, pero en realidad no quería perder protagonismo ante la victoria anunciada por Hitler y poder así beneficiarse del reparto de territorios tras la guerra, a pesar de ser consciente del deficiente estado del ejército italiano, desprovisto de los medios más imprescindibles para enfrentarse al invierno ruso, que casi llegó a exterminarlo.

Fue en aquel frente ruso donde comenzaron a manifestarse los primeros indicios de la debacle. En el otro frente, los ingleses dirigidos por el general Montgomery reconquistaban el norte de África a las tropas de Rommel. Mientras, las principales ciudades de Italia (Génova, Nápoles, Roma) comenzaban a sufrir los bombardeos de la aviación aliada.

Scurati penetra en los comportamientos del Duce ante los alemanes, de quienes sospecha que quieren dejar a Italia al margen de sus victorias para que, una vez finalizada la guerra, no se beneficie del reparto de territorios. A pesar de las apariencias de buen entendimiento entre Hitler y Mussolini, surgen entre los dos líderes desconfianzas que influyen en los comportamientos y en las decisiones que se toman en la guerra y contaminan de odio y recelo a sus poblaciones. Mussolini, quien se duerme en las proyecciones de las películas de Leni Riefenstahl que emocionan a Hitler, llega a calificar al Führer de «trágico bufón».

En el último año de su mandato Mussolini es un hombre enfermo física y síquicamente, que apenas puede mantener las apariencias ante los mandos políticos y militares con los que se relaciona en reuniones cada vez más tormentosas. Decepción, amargura, desánimo, fracaso, son las sensaciones que poco a poco lo van invadiendo mientras el pesimismo se va instalando entre los altos mandos militares y políticos. Mussolini culpa de la derrota a la incompetencia de esos mandos y a la cobardía del pueblo, sin admitir ninguna responsabilidad personal. Arrecian los rumores sobre conjuras para derrocarlo, complots para retirarlo del Gobierno, conspiraciones para un golpe de Estado. Los italianos comienzan a rechazar a Mussolini cuando son conscientes de la derrota mientras en su última intervención pública el Duce manifiesta aún su fe en la victoria en Rusia, en África, en Yugoslavia, cuando ya se sabía que estaban perdidas para siempre.

Como en las anteriores entregas, cada capítulo de este cuarto volumen está documentado con cartas, notas, comunicados, fragmentos de discursos, recortes de periódicos y diálogos interceptados por los servicios secretos, que conforman el entramado en el que se mueven los personajes de la trama histórica.

Es esta una gran biografía y un análisis minucioso no sólo de Mussolini sino del fascismo italiano, una reflexión histórica que viene costando a Antonio Scurati censuras por parte de los medios de comunicación del Gobierno de Giorgia Meloni y descalificaciones de la propia primera ministra.

M. EL FIN Y EL PRINCIPIO

Con el final del régimen y la muerte de Benito Mussolini, Antonio Scurati da por terminada la magna biografía novelada del fundador del fascismo italiano cuyo quinto y último volumen acaba de publicar Alfaguara con el título de M. El fin y el principio. Si el anterior terminaba con la detención del Duce por sus propios camaradas, esta nueva entrega abarca los años 1943 y 1944, desde que se lleva a cabo su traslado y confinamiento en la isla de Penza mientras el pueblo comenzaba a destruir los monumentos y los símbolos del fascismo en las principales ciudades, el ejército se disolvía y el rey firmaba el armisticio y abandonaba Italia.

A los sesenta años Mussolini es un hombre derrotado, enfermo y deprimido a quien nadie augura ningún futuro. Nadie excepto sus aliados nazis que, en una operación relámpago, consiguen liberarlo y trasladarlo a Munich, donde le esperaban su mujer y sus hijos. Hitler quiere que restaure el régimen con los restos fieles del fascismo, así que lo devuelve a Italia, donde Mussolini funda la República Social Italiana (conocida como la República de Saló por el nombre de la localidad donde se instaló el nuevo gobierno) con los viejos fascistas que le permanecen fieles mientras el país se precipita en una guerra civil y los nazis desatan violentas represiones contra la población y deportan a miles de judíos italianos a Auschwitz, actividades que Mussolini no sólo no condena sino que alienta sin fisuras.

Hitler lo había obligado a prometerle la ejecución de Galeazzo Ciano, su yerno, antiguo ministro de Exteriores, por traición al régimen, y Mussolini cumple su promesa sin atender las súplicas de su hija, que termina renegando de su padre y refugiándose en Suiza. Mussolini es consciente de su decadencia pero una vez más, en su última reunión con Hitler, aparenta creer que la victoria está cada vez más cerca a pesar de que sabe que los angloamericanos se acercan Roma, los soviéticos marchan sobre Alemania, los obreros italianos organizan las mayores huelgas de la historia y la población abomina de un régimen al que un día vitoreaba en multitudes. Ante el Führer acepta la falsa realidad de confiar en una victoria final en la que ya no cree.

Desde la nueva República títere, Mussolini quiso recuperar la ciudad de Milán, arrasada por los bombardeos Aliados, donde el fascismo tuvo su mayor fuerza durante los años victoriosos, y ordena a los escuadristas del sanguinario Franco Colombo sembrar el terror entre sus oponentes para preparar el camino. Ocho años después de abandonar la ciudad, en un intento inútil de recuperar el esplendor perdido, vuelve a ella para enardecer los ánimos de los últimos fascistas en un discurso que vocea subido a un tanque junto a su fiel Franco Colombo, ya sin ninguna repercusión.

Arenga a los suyos para que confíen aún en una victoria en la que ni él mismo cree. Milán es víctima del terrorismo, de los bombardeos aliados, del hambre, de las enfermedades y de una violenta represión que registra cientos de fusilamientos diarios. A Milán le sigue su última amante, Clara Petacci, quien lo anima a buscar refugio en la España de Franco, una fuga que se frustró en aquel momento porque España tenía prohibidos todos los vuelos sobre su territorio. Mussolini y Clara Petacci huyeron entonces hacia la frontera suiza abandonando incluso a sus más fieles seguidores.

En un convoy que sale desde Menaggio, Mussolini se oculta en uno de los camiones disfrazado con un uniforme nazi, confundido entre los soldados que huían a refugiarse en el país vecino, pero los partisanos lo descubren y lo detienen junto a Clara Petacci. Ambos son asesinados y sus cadáveres trasladados a Milán, ultrajados y colgados boca abajo en la céntrica Piazzale Loreto. Scurati describe en estas últimas páginas todo el horror de la violencia presidida por el odio y la venganza, sin desviarse del rigor histórico de los acontecimientos.

Se cuenta también el robo del cadáver de Mussolini del cementerio de Musocco en Milán en abril de 1946 por tres miembros del clandestino Partido Democrático Fascista, que lo ocultaron durante varios meses en la capilla del convento de Cerro Maggiore. Años después, en 1957, su mujer recibió en una caja de cartón estos restos y el cerebro, que había sido extraído para su estudio por el Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Milán y por el Walter Reed Army Medical Center de Washington.

Fue el fin del fascismo y el principio de una democracia, como resume el título de esta última entrega. El fascismo murió allí pero sus herederos del Movimiento Social Italiano de Giorgio Almirante recogieron una herencia que hoy regresa bajo una apariencia democrática. De ahí la dedicatoria del libro: «A todos aquellos que todavía creen en la democracia. Que se preparen para luchar».

Benito Mussolini siempre estuvo rodeado y servido por personajes fieles que le siguieron hasta el final de sus días y aún más allá. ¿Qué fue de todos ellos?. Antonio Scurati dedica el colofón de este libro a hacer recuento de sus biografías. Colaboradores, amantes, hijos, esposa, chófer y mayordomo… incluso de aquellos intelectuales que apoyaron el fascismo, como Marinetti, Curzio Malaparte, Mario Rigoni Stern o Giuseppe Volpi, fundador del Festival de Cine de Venecia, uno de cuyos premios, el de mejor actor, aún lleva su nombre.

Francisco R. Pastoriza
Profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Periodista cultural Asignaturas: Información Cultural, Comunicación e Información Audiovisual y Fotografía informativa. Autor de "Qué es la fotografía" (Lunwerg), Periodismo Cultural (Síntesis. Madrid 2006), Cultura y TV. Una relación de conflicto (Gedisa. Barcelona, 2003) La mirada en el cristal. La información en TV (Fragua. Madrid, 2003) Perversiones televisivas (IORTV. Madrid, 1997). Investigación “La presencia de la cultura en los telediarios de la televisión pública de ámbito nacional durante el año 2006” (revista Sistema, enero 2008).

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