Dos niños y niñas discuten en el patio. Cada uno llega con su versión de lo sucedido y ambos parecen tenerlo clarísimo: «Ha empezado él», «Yo no he hecho nada» y/o «no fue así». Ante una situación como esta, quizá nuestro primer impulso como adultos sea reconstruir los hechos hasta encontrar una respuesta: quién tiene razón y quién se ha equivocado. Pero ¿y si los dos están contando lo que realmente han visto?

Esta pregunta aparece de una forma muy sencilla en Los dos monstruos, de David McKee, un cuento recurso educativo para trabajar la convivencia y las emociones. Dos monstruos viven separados por una montaña y observan una misma realidad desde lados diferentes. Discuten porque cada uno está convencido de que su perspectiva es la correcta.

Cuando buscamos demasiado rápido al culpable

En la escuela ocurren conflictos constantemente. Después de mi experiencia en las prácticas, una de las cuestiones sobre las que más pienso es nuestra tendencia a intentar descubrir rápidamente quién tiene razón y quién ha actuado mal.

Por supuesto, hay situaciones en las que será necesario aclarar responsabilidades. Pero no todos los desacuerdos funcionan así. A veces dos personas pueden vivir una misma situación de maneras completamente diferentes.

Dicho esto resulta interesante una propuesta como la de Los dos monstruos. No porque un cuento vaya a enseñar mágicamente a los niños a resolver sus conflictos, sino porque puede abrir un espacio para hacerse preguntas:

¿Qué habría ocurrido si uno hubiera intentado mirar desde el lugar del otro?
¿Podemos estar convencidos de algo y descubrir después que solo estábamos viendo una parte?
Ó más importante aún, ¿escuchar al otro significa necesariamente darle la razón?

La literatura se convierte así en un punto de partida para conversar sobre algo que después aparece continuamente fuera de sus páginas.

El cuento como puerta, no como respuesta

En educación hablamos constantemente de cuentos «para trabajar» algo. Cuentos para trabajar las emociones, para trabajar la inclusión, para trabajar el duelo, para trabajar la amistad, la autoestima, los conflictos o el acoso escolar.

La propia Área de Educación en Valores Cívicos y Éticos propone la lectura de obras que aborden estas cuestiones así como títulos diferentes según aquello sobre lo que se quiera dialogar en el aula.

Y aprovechar la literatura de esta manera puede ser enormemente valioso. Un personaje permite acercarnos a situaciones difíciles desde cierta distancia y una historia puede generar conversaciones que quizá no aparecen con una explicación directa del profesor.

El problema, para mí, comienza cuando parece que todo cuento tiene que justificar para qué sirve. Nos esforzamos tanto por encontrar la utilidad educativa de cada historia que terminemos olvidándonos de la propia literatura.

Porque un cuento también puede estar en el aula simplemente porque es divertido, porque tiene unas ilustraciones preciosas o porque queremos saber cómo termina. Porque hace reír, porque sorprende o porque a un niño le apetece volver a escucharlo por cuarta vez.

Esto no significa renunciar al enorme potencial educativo de la literatura infantil. Los dos monstruos, por ejemplo, pueden ofrecernos una oportunidad estupenda para hablar de perspectiva, conflicto y diálogo.

Pero existe una diferencia entre permitir que una historia abra una conversación y escoger cada historia únicamente porque necesitamos enseñar previamente una lección.

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