Pastores de León

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Con el título Mis pastores, el Auditorio Carmelo Gómez de Sahagún (León) presenta estos días una colección de cincuenta instantáneas, obra del fotógrafo Juan Daniel Rodríguez,  natural de Villeza, que son todo un homenaje al oficio de pastor y a quienes lo han ejercido a lo largo de los siglos en la Comarca. 

Lo más curioso, lo que más impresiona, es que, habiendo sido tomadas hace ya treinta años, no se puede menos que hacer un cálculo y, conociendo el paisaje y el paisanaje, constatar que donde antes había tres rebaños, ahora no queda ninguno. Mucho menos de aquella magnitud: setecientas o novecientas madres, más los carneros y los perros dependientes de una sola persona todos los días del año. Una sola persona que no podía fallar y a la que solo el cariño irracional y sin límites de sus ovejas podía compensar. 

Yo no sé si esos tres chavales que también salen aquí retratados,  emprendedores asociados en cooperativa reza el pie de foto, habrán sobrevivido, pero lo que no deja lugar a dudas es que ese oficio tan duro y a tiempo completo en las soledades del monte, no hay cuerpo hoy en día que lo aguante. 

Los personajes retratados aquí son pastores reales, yo conozco a los tres de Villaverde de Arcayos (Jesús padre, Jesús hijo y Quivinio), y puedo dar fe del valor documental que la exposición encierra, si bien por la belleza del conjunto se diría que el fotógrafo tiene una gran inspiración escultórica y grandes dotes como director teatral. 

Es que estamos ante uno de los oficios más antiguos y más mitificados por el arte (especialmente la poesía y sobre todo la profecía: ahí están los pastores de Belén y las pastorcillas de Fátima) y esa aura poética y escultórica y profética se mantiene en ellos a pesar de estar en vías de extinción. 

Ahora, cuando oigo llorar a los corderos ante el semáforo en la madrugada camino del Matadero, sé que vienen de estar hacinados en naves sudorosas y que, salvo excepciones, es la primera vez que ven la calle. Y entonces constato el privilegio que era asistir a la tonsura o esquileo de los animales en el corral del abuelo, ahora jardín, comer en familia (numerosísima como el rebaño de Labán), el cordero sacrificado para la ocasión, dejarse rodear por los fieles perros… 

El oficio pasaba de padres a hijos, mi abuelo y mi madre fueron pastores en su tiempo, cuando en cada casa había rebaño. A mi abuelo le tocó presenciar una mañana, al llegar al hato, cómo el lobo había formado una escala para salir tras saciarse en una verdadera orgía de sangre. Y la escalera la formaban no menos de dieciséis ovejas (todas muertas, eventradas, al lobo le gustaban las visceras) que así habían prestado un último servicio a su carnicero.

Nada más hermoso que la mirada de un lobo. De un lobo niño. Mi madre vio cómo otro lobo o el mismo se llevaba monte arriba, sin poder hacer nada, a la cabrita recién parida que le daba su leche (dos chorritos cada mañana) con la que ablandaba el pan duro que era su desayuno. Nada más conmovedor que la mirada inocente de un lobo. De un lobo niño. Pero iguálame estos dos episodios. 

El zurrón del pastor solía llevar media hogaza y una cebolla que le ponía la dueña, si el pastor era asalariado.  Si era dueño, podía llevar también un trozo de queso, o de embutido, casi siempre tocino frito y vino de la cosecha.

¿Volverá este oficio tan sacrificado,  pero tan necesario y tan hermoso? Cabe pensar que si lo hace, será por la dificultad de los tiempos venideros. Ojalá que no sea por esa causa sino que, bien organizado, sea rentable y apetecible. 

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