La pasión puede interpretarse desde diferentes ángulos, omitiré la psiquiatría. De las varias entradas de la RAE, rescato el sentido de padecer o sufrir, el deseo vehemente que perturba, y lo contrario a la acción. En efecto, la pasión da impulso a la acción y, la acción fortalece la pasión, ambas se retroalimentan, como el amor.

En los días del Mundial de fútbol, por los partidos de la selección argentina, sufrimos hasta el último minuto de cada partido y, varios medios evocaron la frase: «Primero hay que saber sufrir», que pertenece al tango «Naranjo en flor» (1944), de los hermanos Expósito, cantado con emoción por el polaco Goyeneche (versión en Internet).

Dicen que a uno de los hermanos, un borracho le confesó haber violado a una menor de edad que terminó abortando (leyenda no confirmada); es un poema de duelo, y la conclusión es que después de un duelo amoroso, lo único que queda es vivir del pasado…

Tango y fútbol, dos pasiones identitarias argentinas, surgidas de la necesidad de pertenencia, conformando una identidad colectiva. En verdad, confieso que no llego a entender el efecto mágico del fútbol, quizá porque no soy futbolero. Más allá de las rivalidades entre los hinchas de diferentes equipos, y de barrabravas que cometen delitos y son mano de obra de la política, cuando la selección nacional resulta ganadora, la gente sale a la calle a festejar, olvida las diferencias y, uno no puede evitar contagiarse.

Lo veo en las calles de Buenos Aires, también en distintos lugares del interior. Pasión que hoy se verifica en muchos países; algunos que no figuraban en los torneos internacionales, hoy tienen buenos equipos; el negocio permite que en una selección nacional jueguen varios extranjeros, algo llamativo.

Frente a la derrota, están los que sufren y caminan cabizbajos, los que buscan un chivo expiatorio (el árbitro, el DT o un jugador), y en la derrota no faltan los actos vandálicos.

Como país futbolero, cuando gana la selección, en el festejo colectivo, repito, las diferencias de todo tipo quedan de lado, y no puedo dejar de pensar que, si esa pasión se trasladara a fortalecer los vínculos para solucionar los grandes problemas y el bienestar general de la población, todo sería muy distinto.

En cuanto al tango, su poesía, la música, el canto y el baile, conforman un arte único, fascinante hasta para los orientales que vienen a Buenos Aires a participar de los campeonatos de baile. Es una expresión rioplatense, pues, participa Montevideo.

Recuerdo que Attilio Dabini, en su taller de narrativa (SADE), nos decía que el tango es, «un macho que llora». El ritmo es melancólico, las letras son tristes, y estaría relacionado con los inmigrantes europeos llegados al puerto de Buenos Aires que se sentían desconsolados.

El baile, en un abrazo entre dos personas de diferente sexo, da lugar a varias interpretaciones. Para el compositor Enrique Santos Discépolo: «El tango es un pensamiento triste que se baila».

Lo culinario tiene su lugar pasional. El asado a la parrilla los fines de semana es la comida preferida, con carne vacuna que ya no es de primera calidad (ésta se exporta) y, hoy el consumo promedio es el más bajo de los últimos cien años; algunos se conforman (los que pueden) con pollo, cerdo, verduras a la parrilla. Y no puedo eludir la canción folclórica de Atahualpa Yupanqui: «El arriero va» y, su estribillo: «las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas»

Como entremés las empanadas de carne de vaca, de pollo o jamón y queso, con un vino de cuerpo de sabor pesado, que ayudaría a digerir; mi jefe de guardia solía decir sonriente que cumplía con el principio de Lavoisier porque el alcohol disolvía las grasas. Cada provincia tiene su propia receta de empanadas. Los vinos tintos, también blancos o rosados, se encuentran entre los mejores del mundo, claro que no los hallamos en los supermercados…

Como postre no falta alguna preparación con el famoso dulce de leche. De sobremesa, se impone una infusión caliente, y el mate predomina (prefiero el café). Aunque las tradicionales sobremesas han quedado en el olvido, como las charlas entre amigos en los bares o cafeterías, y la causa es el tiempo material, cada vez más escaso. Pues bien, la conversación además de poder ser un arte, es necesaria en la cotidianidad vincular. Y no es casual que cada vez se converse menos y se reflexione menos, lo que atenta contra la salud mental.

Dicen que las pasiones argentinas, costumbres tradicionales, son amores que unen a la gente. Confieso que me gustaría que fuese así. Y no pretendo un Lionel Messi de la política al frente del país, me conformo con alguien munido de grandeza que piense en todos y nos lleve cordialmente (del lat. cordis: corazón) por el buen camino.

Roberto Cataldi
Roberto M. Cataldi Amatriain es Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Complutense de Madrid, académico, catedrático de medicina interna en universidades de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), ensayista, humanista, bioeticista, en suma, un exponente de Las Dos Culturas, también un intelectual, con varios libros publicados y artículos de interés general.

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