Estuvo a punto de ser emperador del Imperio Germánico pero el papa Gregorio décimo se opuso a su nombramiento y se inclinó, a pesar de la oposición de gran parte del «electorado»,  por Rodolfo de Habsburgo. Así que Alfonso décimo pasó a la posteridad como un rey ilustrado, como un poeta sensible, como un economista contrario a las costumbres suntuarias de la nobleza, como historiador y astrólogo y como aficionado a la música y a las trovas, tanto sacras como profanas, al tiempo que como guerrero victorioso.

Su reinado, entre 1252 y 1284, ha quedado para la historia como una época de éxitos militares y políticos y como un periodo en el que florecieron las artes y las letras. Durante aquellos años crecieron las ciudades, se construyeron grandes catedrales y dieron sus primeros pasos las universidades.

La fecunda actividad cultural que se registró en esa época abarca la ciencia, la traducción de obras orientales y el impulso a la cultura a través de la colaboración entre cristianos, musulmanes y judíos. El 23 de noviembre se cumplen ochocientos años de su nacimiento en el convento de la Santa Fe de Toledo.

Una cultura universal 

Ya durante su época de infante Alfonso se preocupó de promover traducciones del árabe al castellano y al latín de obras de la cultura griega (Ptolomeo), árabe (Ali Ben Ragel) e hindú (‘Calila e Dimna’), actuando como traductor, coordinador y promotor editorial. Durante su reinado continuó con esta actividad con un numeroso grupo de especialistas entre los que, además de castellanos, había hebreos, árabes, italianos y de otras nacionalidades.

En aquella época la astrología ocupaba un lugar destacado en el mundo de la ciencia, una importancia heredada de la época helenística. Astrología y astronomía eran términos intercambiables en la Edad Media (los ‘Libros del Saber de Astronomía’ se titulaban originariamente “de astrología”).

En el códice ‘La Tabla de las Constelaciones’ se representaron por primera vez en Occidente las constelaciones según la teoría de Ptolomeo (como reconocimiento a la labor astronómica del rey, en 1651 el astrólogo italiano Giovanni Riccioli bautizó con el nombre de Alphonsus uno de los cráteres de la Luna). Además, el rey fundó en Sevilla escuelas basadas en ciencias de la naturaleza, algunas con la oposición del clero. 

Parte del legado cultural de Alfonso «El sabio» ha llegado hasta nosotros en forma de códices, valorados por sus ilustraciones, por su contenido musical o por sus valores literarios. Muchos de estos códices alfonsíes fueron mutilados por la censura religiosa. Algunos fueron incluso eliminados y se perdieron para siempre. Las miniaturas que los ilustran eran originales porque integraban una iconografía nueva y diferenciada de las ya existentes, con temas inéditos, y articulaban un nuevo sentido del relato. Además representaban vivencias locales y escenas de la vida cotidiana.

La necesidad de unificar y modernizar los diversos fueros, recortar los poderes  de los señores feudales y diseñar nuevas relaciones entre el rey y su reino obligaron a Alfonso X a renovar el Derecho, orientando las leyes hacia el legado romano. Las ‘Siete Partidas’ son un ejemplo de su preocupación por una administración más coherente de la Justicia.

La Historia es otra de las materias destacadas por el rey en la cultura de aquellos años, con obras como  la ‘General Estoria’ o la ‘Estoria de España’. 

Las cantigas de Santa María

Según José Filgueira Valverde, Alfonso el Sabio debió aprender gallego en casa de sus ayos Garci Fernández de Villardemiro y su mujer Mayor Arias, donde se crió. Cuando se trasladó a Castilla siguió hablando este idioma, que era también lengua de la corte, y por eso las ‘Cantigas de Santa María’ iban dirigidas también a los cortesanos de la curia, a quienes les gustaba escucharlas en ese idioma.

No se sabe cuántas de las cuatrocientas cantigas deben su autoría al rey porque en sus obras colaboraron los gallegos y portugueses que le acompañaban. El gallego se divulgaba entonces fuera de Galicia como lengua lírica y narrativa y era importante en las comunicaciones culta y popular.

Las Cantigas, escritas en gallego, reflejan una religión humanizada, un tanto alejada del dogma de la época, y sus ilustraciones, con miniaturas de gran belleza, alcanzaron en esta obra su desarrollo más perfecto. Sólo hay cuatro ejemplares originales de las Cantigas en diferentes estados de conservación, dos en la biblioteca de El Escorial, otro en la Biblioteca Nacional de Madrid y un cuarto en la de Florencia.

Las que se conservan en Toledo fueron utilizadas en 1979 para una edición facsímil en dos volúmenes, de catorce kilos de peso cada uno, acompañados de un disco con veintitrés cantigas del grupo Música Ibérica, grabado en la catedral de Utrech.

Desde hace unos meses la de la biblioteca de El Escorial está accesible a través de internet en la página de Patrimonio Nacional. Las miniaturas de las Cantigas recogen arquitecturas de la época junto a pinturas, indumentarias, ornatos, armas, instrumentos, muebles y trajes, que enriquecen los entornos de los personajes representados: reyes, magnates, caballeros, ciudadanos, clérigos, prelados, monjas, doncellas y matronas y gentes de toda condición, tanto cristianos como sarracenos y judíos, y proporcionan una información impagable sobre las costumbres de la época.

Valor añadido a las Cantigas son las composiciones musicales para algunas de ellas, inspiradas en la música eclesiástica, sobre todo el canto gregoriano y la polifonía, y también en el folklore popular, el género que predominaba en la Edad Media.

La afición a la música hizo que el rey Alfonso creara el puesto de maestro de órgano en la universidad de Salamanca y además de poetas y escribas, en la corte se rodeó de músicos que amenizaban las veladas reales. El mismo rey se califica de trovador en el prólogo de las Cantigas.

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