Luces y sombras en la arena política argentina

En la Argentina no se estudia una «historia de la política» sino una «política de la historia», pero esta suerte de manía no es exclusiva del país, claro que aquí alcanza ribetes grotescos.

La «res pública», que tendría que ver con el ordenamiento de la ciudad y los asuntos de todos los ciudadanos, según Aristóteles, hoy se ha degradado a niveles inimaginables.

La pérdida de valores fundamentales, la toma de decisiones pensando en los intereses de unos pocos, los lobbies políticos y empresariales, a saber «grupos de presión o cabildeo» (RAE), y el transcurrir histórico que desemboca en una alcantarilla.

Una ruta aberrante que enlaza el pasado con el presente y que nos niega el futuro que nos merecemos, situación que explica la desesperanza, que algunos interpretan como un destino ineluctable del país o quizás una enigmática maldición, vaya uno a saber por qué…

Lo cierto es que llegan al poder y, más allá de las promesas que se sabe de antemano que jamás cumplirán, repiten a rajatabla las mismas conductas que criticaron con dureza de sus antecesores.

Borges decía, con su infaltable ironía: «por qué una persona decente va a querer gobernar a los demás». De ahí la necesidad de la alternancia en el poder y de la rendición de cuentas, lo que genera una intensa resistencia por parte de los interesados en el statu quo.

Pocas veces hemos visto en lo alto del poder funcionarios con verdadero sentido cívico, cuyo objetivo ha sido ejercer un servicio público, a pesar de los errores bienintencionados que pudieron cometer.

Manuel Belgrano murió como un indigente en su casa de Buenos Aires (1820), el gobierno le debía dinero y demoraba el pago, y él había donado su fortuna a la causa independentista.

En efecto, el héroe de la Independencia, creador de la bandera (lo que le valió la reprimenda del Primer Triunvirato), se hallaba muy enfermo y consciente de su inminente deceso. Eran días de guerra civil, así como de tristeza en el abogado y político metido a general.

Agradecido por la atención recibida, le entregó a su médico su reloj de oro como pago de los honorarios. Desde ya que no fue el único que en esa época después de haber dado su vida por la patria, murió pobre e ignorado por el gobierno de turno.

El conservadurismo tuvo por exponente principal al general Julio A. Roca, quien durante décadas (1880-1916) manejó el país con un reducido grupo que gobernó a espaldas de las mayorías, apelando al «fraude patriótico», para lograr salvar la patria… Un fraude de las elites económicas vernáculas, que se creían aristocráticas y sólo eran oligárquicas.

Fue una época de progreso material en muchos aspectos, no hay duda, y, con la connivencia de algunos intelectuales y universitarios que se consideraban privilegiados, que incluso se inventaron linajes, convencidos de ser una casta superior, donde nunca faltó la corrupción que decían combatir.

Osvaldo Bayer sostuvo que con Roca y la Campaña del Desierto (1878-1885), no solo se cometió un genocidio, ya que se restableció la esclavitud. Los periódicos de la época publicaban avisos donde se entregaban indios a familias que lo requiriesen. También acusó de genocida al militar prusiano Federico Rauch, contratado por Bernardino Rivadavia (1819).

Todos consagrados sin mácula alguna por la historia oficial. Sin embargo, Belgrano y San Martín consideraban que en la lucha contra el indio no era necesario masacrarlos.

El coronel Ramón L. Falcón, jefe de policía, en el Día Internacional del Trabajo de 1909), mandó reprimir a los manifestantes anarquistas reunidos en la Plaza Lorea, próxima al Congreso de la Nación, con el desenlace de más de una decena de muertos y un centenar de heridos. Un par de años antes, había reprimido la huelga de los inquilinos, dejando en la calle a numerosas familias.

Frente a la huelga general, la gente pedía su renuncia. Al día siguiente, ordenó reprimir a balazos a los manifestantes que concurrieron al Cementerio de la Chacarita, incluso la policía arrebató los féretros a la multitud para disolver el cortejo fúnebre.

Meses después, un joven anarquista ruso, arrojó una bomba al carruaje en que viajaba el jefe policial, matando a Falcón y su secretario. Lo curioso es que es uno de los personajes históricos más homenajeados por los distintos gobiernos de CABA.

En fin, la historia argentina, colmada de crisis, personajes duales, omisiones injustas, experimenta el fenómeno de insistentes y taimadas reescrituras. En verdad, son narrativas en clave ideológica, impuestas desde el poder de turno contra el viento y la marea.

Roberto Cataldi
Roberto M. Cataldi Amatriain es Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Complutense de Madrid, académico, catedrático de medicina interna en universidades de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), ensayista, humanista, bioeticista, en suma, un exponente de Las Dos Culturas, también un intelectual, con varios libros publicados y artículos de interés general.

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