“Lúa vermella”, de Lois Patiño, elegía por los desaparecidos en la marea de la luna roja

“…la luna es un monstruo”

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Segundo largometraje del gallego Lois Patiño (el primero, «Costa da morte» acaparó premios en diversos festivales internacionales, entre ellos el de Mejor valor emergente en el prestigioso de Locarno), «Lúa vermella» se presentó, con la pandemia infiltrándose ya en Europa, el pasado febrero en la sección Forum del 70 Festival de Berlín; después siguió cosechando críticas que hablan de su excelencia en el de Málaga, y ahora llega a las salas comerciales este viernes, 30 de octubre de 2020.

¿Las meigas, la Santa Compaña… ? Haberlas haylas, envueltas en telas blancas como sudarios… en un pueblo costero de Galicia el tiempo parece suspendido y sus habitantes inmovilizados. En medio del rugido del mar, que en Finisterre también es un monstruo, y con el eco de las voces extinguidas de los que se ha tragado, tres mujeres fantasmales buscan a «el Rubio», un buzo recientemente desaparecido. En ese universo onírico y poético se mezclan realidad e imaginario en cuentos y leyendas de brujas, espectros, fantasmas y luna roja, la marea de la luna roja. 

El Rubio es un personaje real, el Rubio de Camelle, «un buzo que ha recuperado más de treinta cadáveres de náufragos en Costa da Morte, y se interpreta a sí mismo», explica el realizador, 37 años, hijo de escritor y pintora: «A partir de él, la película reflexiona sobre la necesidad de despedir a nuestros muertos. Cuando el cadáver no se recupera, no se acaba el duelo y no se cierra la herida». 

«Los muertos aquí non marchan, quedan con nós», explica Lois Patiño, -«nuestro cineasta más original e innovador» según la revista Fotogramas- que le dijo un vecino cuando preparaban en los pueblos de la Costa de la Muerte el rodaje de este documental dramático donde la naturaleza adquiere una bellísima dimensión surreal y donde los personajes, tan reales como el paisaje, son como maniquíes que piensan en monólogos internos expresados en voz alta. Encuadres y colores  crean un mundo muy personal, un universo sublime y poético, casi pictórico del que emerge apenas esa roca extraña con la que chocan los barcos, la roca causante del dolor y el duelo. 

La película comienza con un paseo sobre una antigua carta náutica sembrada de criaturas míticas y termina en una llamada de atención sobre el cambio climático, un apocalipsis de marea y luna roja, «una sensación de encuentro con el destino…con la autodestrucción acelerada de la humanidad frente a la naturaleza que recupera su supremacía».

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