
Olía a hojas podridas, a cercanos regatos de lluvias recientes, a la humedad que imaginan los lagartos.
Aquel día, salí a la calle Real solo, muy temprano –sin que me vieran mis padres–, por la parte de atrás de un corral en ruinas que daba al castañar que subía hasta el Castillo. Sólo me vieron los gatos porque madrugaban para comentar el otoño.
Llevaba conmigo el hacha vikinga de Erik –el esclavo guerrero– y una escopeta basculante con culata de madera y dos cañones de latón. Me la habían regalado mis tías por mi quinto cumpleaños.
Al cabo de un rato, al pisar más hojas muertas, entreví lobos, diablos y dragones escondidos tras los castaños y los alcornoques. La niebla se hizo muy densa y se movía como si fuera el manto de un bosque habitado por monstruos alados.
Tropecé y me caí. Me hice una herida insignificante en la rodilla derecha. Sollocé en silencio. Tenía pantalones cortos y me arañaba las piernas con aquel matorral irascible: jaras, torviscas, retamas y zarzales frondosos y retorcidos. Contenía mis ganas de llorar para que no me lo avergonzaran los arrendajos.
Bebí de una fuente donde los ciervos, los corzos y las lagartijas ya habrían bebido al amanecer.
Horas después, con hambre y asustado por no saber cómo regresar al pueblo, me senté sobre una piedra recubierta de líquen. Reposé mi espalda en un alcornoque enorme que parecía surgir de aquella piedra verde y oscura.
Fue entonces –tiritando– cuando observé frente a mí las miradas fijas de los lobos y aquellas lenguas de fuego en las bocas de los dragones. Deambulaban por allí monstruos alados y otras bestias horribles y desconocidas.
Contemplé un fiordo donde desplegaban sus velas los navíos de los vikingos. Supe –no lo dudé– que seguían la ruta de las brumas que terminan en las costas donde se erigen los monasterios de Northumbría.
Oí voces entre la niebla. Alguien gritó mi nombre.
–Despierta, buen mozo, dijo aquel hombre viejo y mal afeitado. Me sacudió un poco tocándome el hombro.
Vestía un sombrero roto, de paja, un chaleco de pana y una camisa de esas que llevan los cesteros que hacen sillas enanas y cestas de mimbre. Me restregué los ojos. Había una mula torda atada a una encina. El hombre me alzó hasta ponerme a horcajadas encima de la mula aparejada con una albarda bastante descosida.
–Te perdiste ayer, buen mozo, ¿qué has hecho desde entonces, qué has visto?, me preguntó el viejo mientras volvíamos al pueblo, vereda abajo.
–Lobos, dragones y barcos vikingos que iban hacia los monasterios de Northumbría, dije yo impertérrito.
–No importa, respondió, tu madre te secará al lado de la chimenea.
Así fue. Me besaron y abrazaron y me hicieron preguntas. Entre las llamas de la lumbre, volví a ver a los vikingos saltando desde sus naves para robar los tesoros de los monasterios ingleses.
Aquella noche dormí mejor –eso sí– que bajo el alcornoque; tras convencerles a todos –estoy seguro– de que no había soñado, de que todo mi relato era cierto en todos sus detalles y de que, por supuesto, en ningún momento había estado perdido.
Retorno a los árboles sagrados
No fue hasta pasados bastantes años –muchos quizá– cuando pude viajar de verdad hasta los bosques nórdicos y a la vieja abadía de Lindisfarne, que saquearon los vikingos para vengar la destrucción de sus árboles sagrados en tiempos del emperador Carlomagno.
Y después de aquel viaje previsto desde mi infancia, ahora ya mayor y viajado, quise volver de nuevo a mi pueblo para aventurarme otra vez en el antiguo castañar que llega hasta los alcornocales de más abajo. Por desgracia, ya sólo sobrevivían algunos castaños. Casas nuevas de ladrillo y cemento, casas blancas, ocupaban lo que fue imperio de los dragones.
En la parte superior del monte, los castaños habían desaparecido tras una serie de incendios sucesivos. El castañar ya no llegaba hasta los canchos de los riscos, ni hasta el alcornocal. Quedaban jaras y retamas, pero ningún zorro fugaz.
Había hojas muertas y amarillas, dispersas entre zarzales, plásticos quemados, bolsas de basura y latas oxidadas; entre paredes de una pobre casucha que había hecho –con muros de piedra seca– un olvidado pastor de cabras que terminó emigrando a Holanda.
Pasé la noche en casa ajena, tras ser invitado a cenar, cerca de lo que fue el corral del que me vieron salir los gatos al amanecer. Mis ojos se cerraron, desde luego, aunque no creo haber soñado nada en aquel sofá. Quizá sólo con cuentos casi borrados de mi memoria, con viejos gatos atentos a la puesta de sol.
No hubo dragones imaginarios, ni naves vikingas con antorchas atravesando la noche del fiordo. Ni siquiera corzos, ni lobos. Ni el fantasma de un viejo que buscara a un niño perdido para subirlo a la albarda de su mula torda.
Al despertar, temprano, ya no olía a hojas muertas y amarillas. No vi gatos atentos al crepúsculo matutino y a la salida tenue del sol detrás de Risco Gordo.
Salí de nuevo hacia el monte, aunque ya fue imposible atisbar ni un solo lagarto. Tampoco dragones, ni monstruos con alas que volaran entre las brumas de los árboles sagrados.
- Este cuento (o fantasía soñada) se ha publicado en julio de 2026 en el número 9 de la ‘Revista de Cañamero’, publicación local anual que edita el Ayuntamiento de Cañamero (provincia de Cáceres, Extremadura, España).



