Desde antes que la Argentina fuese una nación, hubo quienes se lanzaron al mundo siguiendo sueños y proyectos personales, algunos lo lograron.
Aquí, como en todas partes, es habitual que se contrapongan el derecho a marcharse (visto como traición) con el derecho a quedarse (visto como lealtad). Situación dramática en zonas de conflictos bélicos, dictaduras o regiones con malas condiciones de vida.
No son pocos los extranjeros que hoy deciden afincarse en la Argentina huyendo de lo que vivían en sus países, a pesar de la crisis económica, y a la vez no son pocos los argentinos que deciden abandonar el país, algunos hartos de vivir bajo un sistema que desconoce sus méritos y los expulsa, otros buscando mejores condiciones de vida para sus familias, o se lanzan a la aventura motivados por cierto marketing (al cabo de un tiempo, algunos retornan desengañados).
Para entender lo que acontece en nuestros días, bástenos ciertos hechos del pasado. Una noche de 1966, tropas de la Policía Federal entraron a la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA (irrumpieron en otras cuatro facultades) para reprimir a bastonazos a autoridades, docentes, graduados y estudiantes que resistían la intervención decretada por la «Revolución Argentina».
Hubo cientos de heridos y detenidos. Onganía, al mes de derrocar al gobierno de Arturo Illía, decidió terminar drásticamente con la autonomía universitaria (surgida de la Reforma Universitaria de 1918). El general consideraba que las universidades argentinas no formaban «profesionales o científicos occidentales y cristianos», pues, eran usinas de conspiración marxista internacional.
Las fotos de semejante tropelía dieron la vuelta al mundo. Cerca del 80 por ciento del personal de esa facultad se habría perdido junto con equipos y laboratorios de vanguardia, más de 1300 docentes e investigadores renunciaron, unos 300 científicos de elite continuaron en el exterior y, universidades prestigiosas de los Estados Unidos y de Europa acogieron a nuestros profesores. La investigación científica entró en un cono de sombra del que aún no ha logrado salir.
En la década de los noventa Cavallo fue ministro de economía de Carlos Menem, impulsor de «las relaciones carnales» con los Estados Unidos y el único mortal que pudo leer las obras completas de Sócrates, según manifestó.
Cavallo declaró la convertibilidad (un peso igual un dólar), desató una ola de privatizaciones y despidos masivos, y a los científicos del CONICET los mandó a «lavar los platos», en la persona de la socióloga Susana Torrado, por sus críticas a las consecuencias del ajuste «neoliberal» (seguimos padeciéndolo), y se produjo el cierre de centros e institutos.
En materia de educación, el retroceso viene desde hace décadas, salvando contadas excepciones. Y así como la salud pública para el Estado es un gasto, algo análogo sucede con la educación pública, que es parte de «la identidad argentina», más allá de necesitar una reforma inteligente y justa.
El no reconocer los valores ajenos es un triste deporte, lo sé por experiencia personal, y aunque sucede en todas partes, aquí es una nota dominante. Lionel Messi es una de las excepciones que confirma la regla.
Para Élisabeth Badinter: «El reconocimiento de los pares y el aplauso del público son recompensas de las que nadie se cansa». El deseo de gloria y la pasión intelectual. Lo que despierta en los rivales, a veces da amargura, y, la necesidad de recuperar esa gloria cada vez es más difícil: «Sus pares lo acechan y el público gusta de destruir aquello que alguna vez adoró».
Con los que retornan dotados de méritos, no todo es envidia, pues, surge el temor a que el calificado de «usurpador» por los celos, pretenda quitarnos algo que nos pertenece… Hoy el miedo también emerge cuando no se sabe cómo llegar a fin de mes con el magro salario, en una microeconomía cada vez peor, pese a los éxitos macroeconómicos, por el empobrecimiento de los estratos sociales más frágiles.
Asimismo, pulula el temor a los votantes del partido contrario, los que tienen tesituras no binarias, la gente muy religiosa o atea, la posibilidad de perder el trabajo, incluso que nos roben nuestros datos y seamos estafados (ciberdelitos en alarmante aumento). Y muchos se preguntan: ¿cómo hacer para no tener miedo frente a esta realidad?
Cesar Milstein, Premio Nobel (por los anticuerpos monoclonales), se fue del país durante un anterior gobierno de facto; renunció al Instituto Malbrán en solidaridad con los colegas despedidos. Se declaró antitotalitario, antimilitarista y antinacionalista. Fue parte de la fuga de cerebros argentinos: «La ciencia debe ser un patrimonio de la humanidad, no una propiedad privada».




