La historia de las grandes traiciones se inicia con la de mayor trascendencia en la humanidad, es decir, la traición de Judas en el año 33, quien entregó a Jesús de Nazaret por treinta monedas, pues, no tiene parangón, al menos para los cristianos que consideramos la más grande traición al enviado de Dios.
Como traiciones de gran repercusión histórica está la de Bruto, a quien Julio César consideraba hijo adoptivo; en el siglo pasado la de Hitler y el Pacto Molotov-Ribbentrop (1941) que rompió el tratado de no agresión y lanzó la operación Barbarroja; la del mariscal Pétain, considerado héroe de la Gran Guerra, quien durante la Segunda Guerra Mundial comandó el Régimen de Vichy, colaborando activamente con los macabros designios de los nazis, pero perdonado por su exsubordinado, el general De Gaulle.
En Argentina, como en todas partes, la lealtad política constituye una exigencia incondicional y absoluta al «líder mesiánico» (casi como al padrino de la mafia), acompañado de toda la parafernalia del infaltable culto a la persona. Culto en el que abrevan los fanáticos, aunque en ocasiones éste es motivado por sinceras convicciones, como mi padre, quien primero fue Yrigoyenista y después abrazó la causa social de Perón sin esperar ninguna dádiva, ya que era un auténtico «moralista», con quien tuve fuertes discusiones y, siempre me decía que en política yo era un «escéptico»; no faltan los cultores del oportunismo político, porque la táctica de pertenencia facilita en muchos casos ubicarse dentro del aparato partidario y luego hasta usurpar cargos estatales.
La lealtad es un valor moral que lleva implícito la fidelidad, término hoy reservado no solo a las parejas de amantes sino incluso al ámbito bancario (cliente fidelizado). En realidad, la fidelidad está más relacionada al cumplimiento de una promesa, en cualquier orden de la vida.
El pasado 17 de octubre los medios del mundo se hicieron eco de los disturbios en Francia, pero también ese día hubo movilizaciones en Italia, Albania, EEUU, Portugal, España y Bélgica. La gente reclamaba trabajo, aumento de salarios, mejoras en los servicios públicos, vivienda, y los estudiantes pedían una cobertura estatal digna para proseguir con sus estudios y alcanzar un futuro, lo que parece negárseles. El poder tiene otros designios. Y este reclamo, común, se está globalizando.
Si bien en Argentina los reclamos de esta naturaleza permanecen vigentes, y de manera dramática, se impuso el «Día de la Lealtad». En efecto, una movilización de sus partidarios que recuerda aquel 17 de octubre de 1945, con Perón llamativamente encarcelado por el mismo gobierno que, a través de otro golpe militar, lo había convertido en vicepresidente y estaba al frente de la Secretaría de Trabajo, desde donde construyó ese poder popular con obreros y trabajadores industriales mediante el reconocimiento de algunos derechos laborales, que eran justos. Fue liberado y esa noche apareció en el balcón de la Casa Rosada. En cuanto a esa fecha y su discutida organización, existen versiones encontradas…
Sin embargo, en la historia argentina, hay muchas otras traiciones, como la de Roca y su concuñado Juárez Celman, de «rancio espíritu conservador», quienes traicionaron los intereses del país con medidas corruptas, especulación financiera, usos del Estado en beneficio de propios y allegados, emisión incontrolada de dinero, obtención de créditos bancarios «blandos» para especular con la compra de bienes públicos, inmuebles, tierras, negocios bursátiles, privatización de obras públicas para amigos. El «Unicato» del juarismo terminó en default (cesación de pagos), llevando a los bancos a la quiebra. Al año siguiente (1890) fue la Revolución del Parque por la UCR que fracasó, pero Juárez Celman debió renunciar y asumió su vicepresidente, Carlos Pellegrini, un hábil político.
Más tarde Hipólito Yrigoyen habría traicionado a su tío, Leandro N. Alem, porque en la Revolución Radical de 1893, no acompañó a su tío, quien años después se suicidó (1896). En su testamento figurarían algunas frases como: «Alimenté una víbora en mi pecho, para que luego me mordiera el corazón». «La canalla de Buenos Aires dirigida por el pérfido traidor de mi sobrino Hipólito, se arreglará con Roque Sáenz Peña, y nosotros, los intransigentes, nos iremos a la mierda».
Tiempo después Lisandro de la Torre acusó a Yrigoyen de ser el fracaso de Alem, y el sobrino lo desafió a un «duelo a sable» (época en que el honor no se lavaba en las redes sociales ni en los tribunales), hiriendo en la cara a Lisandro, que usaba barba para disimular la cicatriz.
Volviendo a ese «Día de la Lealtad», una talentosa amiga hizo circular en las redes la siguiente versión: «a Cafiero lo traicionaron para irse con Menem, que lo traicionaron para irse con Duhalde, que lo traicionaron para irse con los Kirchner, que lo traicionaron para irse con Alberto, quien traicionó sus ideales para volver con Cristina no sin antes sumar a Massa que los traicionó a todos». Pues bien, estos son los políticos que simbolizan este día y, con la verdad es inútil pelearse… Pero otra talentosa amiga, nos recuerda que también deberíamos considerar a los que nunca traicionaron. Es cierto.
Y en este parque temático no pueden faltar los sindicalistas, que no representan a las mayorías sindicales (tan distantes de los anarquistas y los comunistas, fundadores del sindicalismo argentino y peleados entre sí); muchos de ellos han hecho fortunas que no pueden justificar y hasta forman parte de la farándula. En fin, el movimiento hace tiempo que es una suerte de «franquicia», imprescindible para alcanzar el status de la política, como hoy sucede con otros movimientos opositores que no se salvan de las lacras. Y estos son los que alimentan la famosa grieta argentina, que al parecer nunca cerrará, ya que no es más que un negocio…
No me interesa la ideología del ciudadano de a pie porque lo respeto debido a su condición humana, pero pretendo que quien sea el gobierno de turno, de la ideología que fuere, haga a un lado la retórica y el engaño, para ocuparse de una vez por todas del bien común. Hay una sociedad sufriente que merece ser atendida, no manipulada.




