La Argentina ha sido dotada de numerosas riquezas naturales, como pocas regiones en el planeta, un privilegio, pero también de una riqueza construida con mucho esfuerzo en el campo, en menor medida en las ciudades, donde se manejan las finanzas y se cocinan grandes negocios, muchos opacos.

La corrupción estructural que desvía recursos necesarios para la comunidad y, la consecuente impunidad que arrasa con el Estado de Derecho, están firmemente arraigadas en la capital y en los feudos del interior.

Todos los días los economistas, que reemplazan a los intelectuales, con una visión sesgada nos explican la situación crítica en función de distintas teorías, corrientes ideológicas, y dibujando una realidad muy distante de la que vive el ciudadano de a pie.

La fantasía de hacerse rico sin trabajar, en algunos se materializa, al punto de no poder justificar la fortuna lograda en tiempo récord, pues, no les alcanzan los testaferros, los paraísos fiscales, el casino financiero ni la supuesta ruleta social.

La Argentina siempre fue un país rico, pero hoy tiene un pueblo cada vez más empobrecido. Ya en su libro Martín Fierro (1872), obra clásica de la identidad argentina, José Hernández pinta un panorama de injusticias sociales y políticas que continúa como si el tiempo se hubiese detenido. El ciudadano que observa y reflexiona, tiene no pocas preguntas que hacer, aunque a menudo no se anima a formularlas.

El historiador Felipe Pigna señala que la Argentina siempre tuvo una de las más altas tasas de rendimiento (o de retorno) en el mundo, que explicaría parte de su riqueza, y que las clases dominantes sistemáticamente se beneficiaron del Estado.

Señala un estudio de Juan B. Justo (1865-1928) donde el Banco Nación daba préstamos a los terratenientes y perjudicaba a los chacareros. En efecto, las grandes fortunas de las clases dominantes se tejieron al calor del Estado y, hoy sus dueños piden que el Estado se achique a la mínima expresión (el cuento de la neutralidad, la austeridad y la eficiencia), les quiten impuestos y otorguen una serie de beneficios que perjudican a los que trabajan y a los sectores más vulnerables; en una palabra, el objetivo es que el Estado los siga enriqueciendo y les cuide su capital…

Esta situación está documentada, sobran evidencias de que se perjudicaron a los sectores menos pudientes, y los ministros de economía fueron una pieza clave para esta tropelía. La teoría de que la riqueza se desparrama de arriba hacia abajo, aquí nunca se vio.

En el pasado hubo proyectos de desarrollo nacional que fueron abortados por grandes empresarios y políticos, algunos en connivencia con lobbies extranjeros. Hoy se promocionan planes de negocio destinados a captar inversiones foráneas, a espaldas de los grandes intereses nacionales e incluso poniendo en riesgo la integridad territorial y la seguridad nacional.

El ciudadano tiene derecho a preguntar cómo justifican los legisladores el no dar quorum para tratar temas de importancia social, o intempestivamente cambian su voto traicionando la voluntad de sus electores, o actúan como distraídos ante los graves problemas del país, al igual que las medidas arbitrarias de ciertos magistrados conformes al beneficio del poder político y empresarial, cuando en realidad todos ellos reciben sus sueldos del erario público, el que se nutre fundamentalmente de los aportes de los contribuyentes… Y ni hablar de los funcionarios que ocupan puestos claves para los que no revelan preparación alguna, algo que ya está naturalizado.

Los medios revelan que el Presidente, desde que asumió en 2023, todavía no ha visitado nueve provincias argentinas que representan gran parte del territorio nacional y de su población, sin embargo, ya hizo diecisiete viajes a los Estados Unidos, tres a Israel, entre otros países. Calificó de «héroes» a los empresarios y a su vez «víctimas» del Estado, menosprecia sin reservas la institucionalidad, insulta a opositores y considera a la prensa una «basura», algo inédito en quien tiene tal responsabilidad.

La riqueza del país no puede concentrarse en pocas manos, tampoco se puede permitir la degradación del ambiente en beneficio de corporaciones internacionales, ni dejar de prestar atención a los reclamos de las mayorías que no son escuchados por ninguno de los poderes.

Aquí es una tradición que el gaucho se suba al caballo por la izquierda y se baje por la derecha, y Arturo Jauretche (1901-1974), sostuvo que lo mismo le pasa a los intelectuales argentinos… Y añadía que: «En el territorio más rico de la tierra vive un pueblo pobre, mal nutrido y con salarios de hambre. Hasta que los argentinos no recuperemos para la nación y el pueblo el dominio de nuestras riquezas, no seremos una nación soberana ni un pueblo feliz».

En fin, las observaciones de Jauretche, pese al tiempo transcurrido, no han perdido vigencia.

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