La Argentina se acostumbró a que la corrupción sea una nota social dominante, y que en muchos círculos ya esté naturalizada. En efecto, el soborno, la coima, el tráfico de influencias, los negocios en perjuicio del Estado, la sustracción de fondos públicos y su desvío con fines turbios, entre otros vicios, forman parte de la corrupción nuestra de cada día.
Bástenos leer las noticias de los medios, las denuncias documentadas del periodismo de investigación (muchas irrefutables), y la extremada lentitud cuando no «distracción» de quienes deben actuar como contrapoderes en un régimen democrático, para que uno tenga la tentación de darle la razón a los críticos del poder, quienes sostienen que con los dueños del país y con la casta, nada se puede hacer, la lucha está perdida…
Lo cierto es que cuando la economía se desentiende de las necesidades vitales de las clases menos pudientes y, tampoco atiende las expectativas lógicas de las clases medias que impulsan la economía además de generar cohesión social, protegiendo en cambio los intereses de los magnates de aquí y de afuera en detrimento del Estado, la situación adquiere una complejidad trágica.
La función pública ha facilitado que no pocos funcionarios se hagan ricos en tiempo récord, además de gozar de numerosos privilegios. La política siempre se ha manejado con relatos apócrifos, promesas incumplidas y con el clientelismo, repartiendo dádivas para obtener votos, puestos estatales, subsidios a instituciones sin fines de lucro que son negocios encubiertos, sobreprecios que paga el Estado, y otros varios enredos que luego no saben cómo justificar cuando el periodismo los saca a la luz.
Y hoy creen que basta con las redes sociales para manipular la opinión pública y salvarse de cualquier investigación. En fin, la obscenidad de ciertos actos, sin duda se basa en el convencimiento de gozar de cierta impunidad.
Las jubilaciones son una muestra secular de la injusticia social, ya que los jubilados marchan todas las semanas al Congreso Nacional en reclamo de sus derechos desde 1990 (presidencia de Menem); lo hacen infructuosamente, pues, ningún gobierno los escuchó, mientras la biología deja a muchos en el camino. Un despojo que tiene varias aristas, como los que lograron jubilarse sin aporte alguno, donde la política no es inocente, burlando a los que hicieron rigurosamente sus aportes durante treinta o cuarenta años y hoy reciben una jubilación indecorosa (profesionales, empleados, obreros).
En este mes, con un nuevo aumento, jubilados y pensionados que cobran un bono extraordinario de hasta $70.000, el haber mínimo llega a $435.748,51 (unos 287 dls). Cerca del ochenta por ciento de los jubilados perciben la mínima, una suma con la que es imposible subsistir.
Sin embargo, según la información obtenida por Clarín de Anses, en solo once jubilaciones de privilegio (son numerosas) el Estado gasta más de $ 200 millones al mes: el anterior presidente percibe más de 26 millones de pesos (unas 52 jubilaciones mínimas), un exgobernador con una semana como presidente casi 24 millones de pesos (gracias a esa semana), la ex esposa del presidente Menem cerca de 21 millones. Además, la hija del ex presidente Guido, quien al ser soltera heredó de su madre la pensión vitalicia de su padre, cerca de 13 millones, y la viuda del ex presidente de facto general Levingston (1970) que ya cumplió cien años, cobró en julio más de 16 millones…
En fin, cualquier crítica que se formule obtendrá por respuesta que todo es legal, aunque no sea legítimo, ya que no se sustenta en la justicia, la ética y el consenso social. Esto obedece a que se legisla con astucia, para que desigualdades, privilegios y otras normas que colisionan con la moral y la ética, tengan una cobertura, la que termina siendo inmodificable.
Juan José Sebreli hablaba del misterio por el que la Argentina no sale de la crisis, y la falta de disciplina social para imponer un modelo económico que sea coherente.
Juan Odisio, remontándose a nuestra historia, establece tres momentos decisivos: primero, fines del siglo diecinueve, con la imposición de los intereses de los grandes terratenientes y comerciantes ligados al libre comercio con Inglaterra, siendo la Argentina en el mundo la exportadora de materias primas; segundo, en la primera mitad del siglo veinte con los intentos de planificar una industrialización, bajo políticas conservadoras, antidemocráticas y represivas frente al avance del movimiento obrero (Semana Trágica de 1919); tercero, el surgimiento del «discurso libertario» por un sector empresarial radicalizado que tomó el pensamiento de la Escuela Austriaca de Mises y Hayek, que no sólo rechaza cualquier intervención estatal, sino que toda política social, sindical o industrial la equipara con el «comunismo» o el «totalitarismo». Y desgraciadamente en este trágico tercer momento estamos.
La baja de la inflación, que sería el mayor logro que puede exhibir internacionalmente la administración actual, se ha costeado en buena medida con el cruel aplastamiento de las jubilaciones y las medidas que han empobrecido más a un pueblo que no encuentra salida a sus pesares.
El engaño se repite una y otra vez, y la oferta electoral siempre es la misma, con diferente cosmética. Un laberinto sin salida, donde como alguien dijo, el pueblo sigue votando a sus verdugos.
La Argentina tiene más de 46 millones de habitantes que merecen ser considerados, y si con la democracia no se come, no se cura ni se educa, estamos en graves problemas, por eso el avance de los autoritarismos y la destrucción de la democracia como forma de vida y forma de gobierno.
Lo triste es que la Argentina parece no conformarse con haber perdido el siglo veinte, pues, la realidad nos demuestra que también está perdiendo el siglo veintiuno, irremediablemente, mientras los dueños del país y la casta viven en su burbuja.




