
Desde la antigüedad se procura controlar el acatamiento al dogma y al relato oficial de la población. En los regímenes autoritarios, cualquier desviación u oposición no es tolerada, al extremo que en algunos, más allá de censurar textos, quemar libros, prohibir expresiones artísticas, o crear listas negras, se destruyen vidas humanas, sembrando el terror.
En la Argentina, como en tantos otros lugares, tenemos una larga experiencia. No en vano padecimos durante el siglo veinte media docena de dictaduras que ocuparon un cuarto de siglo en el poder, comenzando en 1930 cuando por primera vez se rompió el orden constitucional, y cada una dejó sus huellas, pero la última fue la más sangrienta.
Recuerdo a uno de mis maestros, ya fallecido, médico de hospital y profesor de la Universidad, secuestrado por militares en su domicilio; previamente se cercioraron que allí no había ningún arma y que los libros de su biblioteca eran de medicina (la consigna era detectar la «literatura subversiva»); afortunadamente fue liberado a las veinticuatro horas al comprobar que habían cometido un error; al enterarnos de su liberación fuimos a verlo y nos contó que durante todo el secuestro estuvo encapuchado sin saber en qué lugar y, se puso muy nervioso cuando oyó los gritos de alguien que torturaban; el interrogatorio al que fue sometido tenía por finalidad saber a quienes conocía en la Universidad que tuviesen «ideas de izquierda».
En aquellos días, cuando detenían a una persona y desaparecía, circulaban frases como: «si se lo llevaron por algo será…», «algo habrá hecho». Frases que condenaban al desaparecido y justificaban un proceder ilegal. También a menudo se mencionaba el «delito ideológico», pero no en el sentido que le otorgan en derecho acerca de la falsedad en un documento, pues, el delito estaba en lo que el individuo pensaba, en consecuencia, algunos por prudencia y otros por miedo, decidieron callar.
Y pensar que en la niñez nuestras maestras nos enseñaban a homenajear a Sarmiento, y repetían su célebre frase camino al exilio en Chile escapando de la persecución política (1840): «Bárbaros: las ideas no se matan».
Los jóvenes de hoy, que afortunadamente no vivieron épocas de dictaduras, con frecuencia les cuesta comprender la paciencia que tenemos los veteranos ante ciertos desvíos de los gobiernos, incluso lo que llegamos a «soportar» de los políticos, por la defensa de vivir en democracia, ya que hoy no nos engañan con que un gobierno dictatorial pondrá las cosas en su lugar y moralizará la sociedad….
Por otra parte, esas dictaduras fueron cívico-militares, y los que golpeaban las puertas de los cuarteles para que dieran el golpe de Estado (mención exculpatoria de los golpistas), no era precisamente el pueblo, en todo caso los que tenían intereses económicos e ideológicos en derribar al gobierno surgido de las elecciones.
Un ámbito específico fue, ha sido y es el de la educación y los programas de estudio, en todos los niveles, también la «libertad académica», que no debe confundirse con la libertad para adoctrinar, lo que suele ocurrir, ya que de tanto en tanto alguien sube a las redes un video donde el profesor en una clase hace una apología política fuera de lugar.
Hoy existe una vuelta de tuerca con temas vinculados a la justicia social, el género, la raza, los derechos de las minorías, que según sus críticos serían propios del «progresismo», y su tratamiento es negado por el peligro que conllevan. Eso pretende hacer Trump en los Estados Unidos, y también las dirigencias de otros países que lo siguen dogmáticamente como si fuese un iluminado, sin importarles sus cotidianas mentiras, extorsiones y negocios non sanctos.
Hoy el Estado de bienestar se parece más a uno de malestar, y daría la impresión que creando pobreza y engendrando odio se logra una mayor adhesión, por no decir sumisión. Resulta curioso que un Estado que pretende meterse en todo, cuando se trata de temas sensibles y humanitarios, esté en franca retirada, mientras el mercado revela su disfuncionalidad. Dinámica que se da en un clima de época donde sobresale la violencia, el poder de las corporaciones, la desinformación, la contaminación ambiental, el cambio climático, las dificultades de amplios sectores sociales, la crisis de salud mental, entre otros temas que demandan una presencia responsable del Estado.
La conferencia de Milei en el «Council of the Americas», celebrado en un hotel de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el pasado 20 de agosto, habría causado preocupación en los asistentes y el periodismo que cubrió la exposición. Todos los medios se ocuparon de resaltar sus conceptos y exabruptos (impropios para la investidura de un presidente), donde hizo un autoelogio narcisista y desmedido de su gestión, denigró a los que no piensan como él o comparten su ideología, y lanzó datos que no se correlacionan con la realidad que vivimos los argentinos.
Hace un par de meses, el periodista Nelson Castro, quien además es médico, en una entrevista le habría diagnosticado al presidente el «Síndrome de Hubris» (o Hybris), que se conoce como «arrogancia o patología del poder», síndrome que fue descrito por Owen y Davidson. En fin, cualquiera que busque en internet los síntomas y signos que conforman este síndrome, podrá sacar sus propias conclusiones sobre algunos gobernantes, verbigracia, Donald Trump.
La sociedad argentina, habituada a vivir de crisis en crisis, en su agotamiento tiene deteriorada la esperanza, y la estabilidad no se alcanza con desinformación, menos con los estados emocionales de los que gobiernan. Hoy la manipulación de la opinión pública se logra con rapidez mediante la IA y los algoritmos, e incluso no le da tiempo al periodismo a verificar las noticias, por eso la verdad vive su peor momento.
Está claro que lo importante no son las teorías o principios que se ofrecen como solución a los problemas existenciales de la gente, y resulta difícil evitar a Marx, pero no Karl sino Groucho, con sus humoradas sobre los políticos, frente a tanto dolor y malestar social.



