Por fin, como estaba previsto, el final de la trilogía de Olga Pericet sobre la historia de la construcción de la guitarra llamada leona por su luthier Antonio Torres hace ya un par de siglos, prototipo de guitarra española y flamenca, se ha representado en el Teatro Villamarta de Jerez en el marco de la 27 edición del festival flamenco.

Había expectación, porque hace un año vimos en el escenario de los jardines de la Atalaya la segunda parte, que nosotros consideramos state of the arts. Pero lo de esta noche ha multiplicado por mil la anterior apreciación. Esta leona, que ciertamente ha dedicado un cuadro del espectáculo al homenaje a la guitarra, es integralmente Olga Pericet.

A modo de una primera descripción genérica, destacaría, además de la enorme versatilidad y elegancia de ese envidiable cuerpo hecho para la danza de Olga Pericet, la continuidad lúdica en sus mil aspectos de principio a fin, y el maravilloso juego y conjunción de ritmos, tanto con protagonismo instrumental y no es decir cualquier cosa hablando del bajo de Juanfe Pérez, las guitarras de José Manuel León y Alfredo Mesa, la percusión de Roberto Jaén y las palmas y voz de Israel Moro. Cuando se ponen todos a transformar en música la percusión se toca el cielo.

Y acompañando a la danza de Olga, en cuarteto, trío, dúo o aternándose en solos, la conjunción, la complicidad resulta insuperable. Los cambios rítmicos siempre como un juego hay que disfrutarlos escuchándolos, porque no hay palabras.

Esta leona sí que recorrerá mundos distintos y en todos será comprendida y admirada, precisamente porque las palabras son sustituidas por la música y la danza, ambas lenguajes universales. Y todo ello es idea original, dirección artística, musical y coreográfica de la señora Pericet, que ha delegado la dirección de escena en Carlota Ferrer.

En la primera escena Olga aparece como una figura mitológica que nos resulta muy familiar en la escultura griega clásica y helenística, como ese misterio ancestral del flamenco y preflamenco, como ese animal que ruge poderoso frente a las primeras cuerdas de guitarra, frente a lo ancestral, lo femenino y masculino, lo sagrado y lo terrenal.

En un momento aparece una bailarina de hoy, vestida de smoking, que puede ser imagen de cualquier género. Se recrea en lentitudes, derrocha elegancia, carisma y dominio integral de lo escénico; la guitarra y sus pies son un todo. Recrea el erotismo, el exotismo, la belleza innovadora, la esencia y el origen.

Un dúo de bajo y baile, una selección de músicas que suenan a cámara, un cuerpo elástico que juega con cuerdas que pueden rememorar a las de una guitarra o a una cierta clase de erotismo, punto de masturbación incluido, sin perder ni por un momento la elegancia. Es la mujer total, el animal total, el rugido de un cuerpo vivo. Los juegos de ritmos siempre protagonistas.

Juego, juego, juego, con una prenda blanca que puede ser un sudario fantasmal, un abrigo con el que vuela y que vuela solo por la escena, también puede ser una hermosa falda larga, al juego de ritmos se unen las castañuelas, la lentitud hecha arte en micro movimientos hasta el éxtasis. La leona muestra sus múltiples facetas, de tiempo, lugar y género, es terrenal y eterna.

Un tango porteño bordado por Israel Moro cambia el tempo a un concierto instrumental de percusiones con tal conjugación de ritmos y matices de sonidos que no son sino la introducción al próximo baile, el baile de la leona, el homenaje a la guitarra de Antonio Torres y a toda su historia contada en fases en las que el vestuario habla y acompaña a la danza y a las tapas coloridas de guitarras interminables. Flor rosa, bata de cola, vestido-combinación, falda con top negro, body negro cuando cae la falda. Juego sin fin con las tapas de guitarra que van adquiriendo formas cambiantes, significados múltiples. El concierto instrumental que lo acompaña, con variaciones rítmicas incesantes, acordes a lo que cuenta la bailarina/bailaora, a sus cambios de aspecto y estilos que llevan al final apoteósico de la mujer leona, libre, en su body y mallas negras pegados a la piel.

Nos ha contado en hora y media o poco más toda la historia del mundo, desde la mitología que preside todos los actos humanos de cualquier tiempo y lugar, con una guitarra como hilo conductor, filosofías de todas las geografías, indagaciones en el sí mismo o sí misma, hasta el salto a la libertad sin vuelta atrás, afrontando los riesgos que ella comporta y sus ritmos desenfrenados, libres.

Una obra maestra en todos los sentidos, que quizá solo Olga Pericet podía producir en las tres fases de trabajo en proceso, las tres llenas de belleza y significado que hoy culminan con esta leona total.

Por mi parte, justa candidata a premio de la crítica 2023.

Teresa Fernández Herrera
Algunas cosas que he aprendido a lo largo de mi vida. Soy Licenciada en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, master en Psicología del Deporte por la UAM, diplomada en Empresas y Actividades Turísticas, conocedora de la Filosofía Védica. Responsable de Comunicación y Medios en Madrid de la ONG Internacional con base en India, Abrazando al Mundo. Miembro de la British Association of Freelance Writers. Certificada en Diseño de Permacultura. Trainer de Dragon Dreaming, metodología holística para el crecimiento personal, grupal y comunitario en el amor a la Tierra. Colaboradora en Periodistas-es y en las revistas Natural, Verdemente, The Ecologist para España y América Latina. Profesora de inglés avanzado.

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