
La Feria Internacional del libro de Buenos Aires finalizó el mes pasado y como todos los años concurrí, en esta oportunidad, para acompañar a una escritora amiga que viajaba desde la otra orilla del Río de la Plata. Cada año suelo darme una vuelta, y en algunas ocasiones he participado de mesas redondas.
Mientras hablaba con mi amiga en el stand donde firmaba sus libros, se oyó un griterío proveniente de una manifestación de jubilados que marchaban dentro de la feria (reclamaban por las jubilaciones que les impiden vivir dignamente), y también hubo una manifestación de ciudadanos críticos con la política actual por la falta de sensibilidad social y las denuncias de corrupción a ciertos funcionarios.
Mi amiga, visiblemente sorprendida, pensó que no era el ámbito apropiado para una protesta, y le dije que la queja política en la feria fue, ha sido y es una tradición; este año le tocó al Secretario de Cultura de la Nación ser abucheado y silbado por parte del público cuando daba su discurso.
Algunos escritores no sólo critican a las autoridades de turno, también entre ellos se producen enfrentamientos ideológicos, en los que incluso llegan a perder la compostura, aunque esto se viene dando en otros ámbitos literarios desde el siglo diecinueve.
La mayor disputa en la historia argentina fue entre Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento, sobre la organización del país como Nación después de la caída de Rosas. Asimismo, subrayar que, en el Río de la Plata, en nuestra orilla como en la del Uruguay, entre fines del siglo diecinueve y principios del siglo veinte, literatura y anarquismo llegaron a ser casi sinónimos.
Finalizada la Gran Guerra, dos grupos representaron estéticas vanguardistas diferentes. Uno se reunía en el Café Richmond, de la calle Florida, y el otro en el café El Japonés del Barrio de Boedo, en ambos estaba lo más granado de las letras porteñas; en Florida predominaron los escritores considerados de derecha, y en Boedo los de izquierda.
Witold Gombrowicz, fue un escritor polaco, abogado, quien vivió en la Argentina entre 1939 y 1963. Su novela Ferdydurke fue prologada aquí por Ernesto Sábato y, en cuatro oportunidades lo nominaron al Premio Nobel de Literatura.
En el viaje a Buenos Aires, invitado por la colectividad polaca a pasar dos semanas, Alemania invadió Polonia y él decidió no retornar a Varsovia. Era antinacionalista, provocador nato, y no estaba dispuesto a someterse a la hegemonía literaria rioplatense ni a pertenecer a ninguna corriente literaria, y denunciaba el engaño que lo rodeaba, incluso el de las instituciones literarias: «Soy amigo de la Argentina natural, sencilla, popular. Estoy en pie de guerra contra la Argentina superior, ya elaborada, ¡mal elaborada!».
Luego de veinticuatro años de exilio, se marchó, sus discípulos fueron al puerto a despedirlo y él, desde el barco, les gritó: «¡Maten a Borges!». Por su homosexualidad, que reveló en sus escritos, es considerado un pionero de la literatura LTGB.
Hace unos años, un amigo organizó una reunión literaria donde conocí a las viudas de Leopoldo Marechal y de Borges, y recordé la distancia ideológica que separaba a estos dos maestros, sin embargo, cuando Borges fue al velorio de Marechal, al pie del féretro maldijo a la política por haberlos separado.
Roberto Arlt era un escritor marginal, sus temas tenían que ver con lo cotidiano, donde no faltaban prostitutas y rufianes, ambiente que muchos escritores preferían ignorar. Las críticas hacia sus colegas eran incisivas, jamás pasaban inadvertidas, y el mundillo literario lo condenó al olvido, privándolo del reconocimiento que merecía. En Madrid, le oí a Juan Carlos Onetti describir su personalidad a partir de algunas anécdotas poco conocidas.
Cada época tiene sus propias controversias y, en los años sesenta y setenta, aquí hubo enfrentamientos virulentos entre nacionalistas y marxistas acerca del imperialismo yankee, la unidad latinoamericana (cargada de retórica), el revisionismo de la historia oficial, en fin, todos decían interpretar al pueblo, incluso tutelarlo.
Desde la otra orilla, Galeano hablaba de los «nadies» y de los «ninguneados», con un anclaje en la cultura popular, al igual que Roberto Arlt, García Márquez o Marguerite Yourcenar.
Hoy persisten los debates subidos de tono, llegan al agravio personal, con la participación de las redes sociales, en un mundo donde el poder y las ansias incontroladas de dominación de las elites políticas y financieras, se codean con la miseria moral, entre otras miserias.



