La Organización Mundial de la Salud publicó este lunes 1 de junio de 2020 una encuesta que indica que los servicios de prevención y tratamiento de las enfermedades no contagiosas[1] se han interrumpido desde el inicio de la pandemia de COVID-19, una situación muy preocupante ya que estos males causan la muerte anual de más de cuarenta millones de personas, además de que quienes las padecen corren un mayor riesgo de fallecer si los ataca el coronavirus.

El sondeo se llevó a cabo en 155 países durante tres semanas en mayo, revelando que si bien el impacto es global, los países de renta baja son los más afectados.

El director general de la Organización explicó que muchas personas que necesitan tratamiento para enfermedades como cáncer, padecimientos cardiovasculares y diabetes no han recibido los cuidados y medicinas que precisan desde que empezó la pandemia.

«Es vital que los países encuentren maneras innovadoras de garantizar que los servicios esenciales para las enfermedades crónicas continúen aunque al mismo tiempo estén combatiendo el COVID-19», dijo Tedros Adhanom Ghebreyesus.

El principal hallazgo de la encuesta fue que el 53 por ciento de los países han interrumpido parcial o totalmente los programas de tratamiento de la hipertensión, la diabetes y las complicaciones relacionadas con esta enfermedad.

Del mismo modo, el tratamiento para el cáncer se ha visto afectado en 42 por ciento de los países y, en el caso de las emergencias cardiovasculares, la afectación abarca al 31 por ciento de los países.

Además, los servicios de rehabilitación se han perturbado en el 63 por ciento de las naciones pese a que la rehabilitación es crucial para la recuperación integral de los enfermos graves de COVID-19.

Reasignación del personal sanitario

En la mayor parte los países que respondieron la encuesta, alrededor del 94 por ciento, las autoridades sanitarias encargadas de las enfermedades no contagiosas fueron reasignadas parcial o completamente a apoyar la atención al COVID-19.

También se pospusieron los programas públicos de seguimiento, como los exámenes de detección de cáncer de mama o útero-cervical, en la mitad de los países. Esta medida se ajusta a la recomendación inicial de la Organización Mundial de la Salud de reducir los cuidados no urgentes que se otorgan en instalaciones médicas mientras se luchara contra la pandemia.

Sin embargo, las razones más socorridas para que se descontinuaran o disminuyeran los servicios fue la cancelación de los tratamientos programados, la reducción de los servicios de transporte público y la falta de personal debida a las reasignaciones para apoyar los servicios al COVID-19.

En el 20 por ciento de los países que reportaron interrupciones, éstas se debieron en gran parte también a la falta de medicamentos, pruebas de diagnóstico y otras tecnologías.

La OMS destacó que existe un vínculo entre los niveles de interrupción de los servicios de tratamiento de las enfermedades crónicas y la evolución de la COVID-19 en los países. Los servicios se alteran a medida que un país pasa de los casos esporádicos a la transmisión comunitaria del coronavirus.

Inclusión en los planes nacionales de respuesta

Dos tercios de los países reportaron que habían incluido los cuidados de los padecimientos no transmisibles en sus planes nacionales de preparación y respuesta al COVID-19. El 72 por ciento de los países de renta alta los incluyeron, mientras que sólo el 42 por ciento de los de renta baja lo hicieron. Los servicios más comúnmente incluidos fueron los que se ocupan de los padecimientos cardiovasculares y respiratorios crónicos, el cáncer y la diabetes. Los servicios dentales y de rehabilitación, así como las actividades para dejar de fumar no se incluyeron en general en los planes nacionales.

El 17 por ciento de los países respondió que ha empezado a asignar fondos adicionales al presupuesto gubernamental para la inclusión de los servicios relacionados con las enfermedades crónicas a sus planes nacionales de respuesta al COVID-19.

La Organización Mundial de la Salud señaló que el sondeo arrojó algunos resultados alentadores, por ejemplo el uso de la telemedicina en el 58 por ciento de los países de ingresos altos y en el 42 por ciento de los de renta baja y dos terceras partes se han valido del triage para determinar las prioridades sanitarias.

Asimismo, la agencia consideró positivo que más del 70 por ciento de las naciones recopilen datos de los pacientes de COVID-19 que sufren enfermedades crónicas.

La doctora Bente Mikkelsen, directora del Departamento de Enfermedades no Transmisibles, advirtió que pasará bastante tiempo antes de que se sepa con precisión el impacto de las interrupciones de cuidados a los personas con esos males durante la pandemia.

«Sin embargo, sabemos que esas personas son más vulnerables al coronavirus y que muchas de ellas no tienen acceso al tratamiento que necesitan. Es muy importante no sólo incluir esas enfermedades en los planes de respuesta, sino encontrar maneras nuevas para implementarlos. Debemos estar listos para reconstruir los servicios sanitarios de forma que sean más fuertes y estén mejor equipados para prevenir, diagnosticar y atender las enfermedades crónicas bajo cualquier circunstancia», recalcó.

Las enfermedades crónicas matan a más de cuarenta millones de personas al año, es decir, causan el 71 por ciento de las muertes a nivel mundial. De esos decesos, quince millones son de pacientes entre 30 y 69 años. Más del 85 por ciento de estos fallecimientos ocurre e n países de renta baja y media.

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