Esa obsesión del hombre por querer medir el tiempo lo ha acompañado a través de los siglos. Hay un lugar en las montañas del Jura, en Suiza, cuyos artesanos y técnicos han desafiado al Dios Cronos, son las villas de La Chaux -de- Fonds y Le Locle, crecieron juntas y evolucionaron en relación a la industria de la relojería.  

Esta región es un modelo de la arquitectura industrial viviente, partiendo de la relojería artesanal antigua se transformaron con la industria mundial relojera donde Suiza ha llegado a ser precursora y líder.

Extraña simbiosis del alma de un pueblo con el tiempo. Parecen ciudades muy tranquilas pero el ritmo lo marca el reloj. 

«Estamos en el verano relojero -me dice un obrero tomando una cerveza- porque aquí todo marcha al compas del reloj».

Este pueblo proletario sabe que el trabajo toma tiempo y que el tiempo ellos supieron apresarlo en la industria relojera.

Solo hombres concentrados que observan con paciencia y trabajan con precisión pudieron llegar a dominar el arte de la relojería.

La Chaux-de.Fonds y Le Locle nacieron a partir del desarrollo del reloj, en el siglo diecisiete, más tarde, con la Revolución Industrial, fueron penetrando en los misterios de la medición del tiempo y se unieron al auge de la relojería. La región es modelo de turismo y arquitectura industrial. 

Le Locle, barrios de artesanos
Le Locle, barrios de artesanos

En la época preindustrial existieron edificios en función de las necesidades productivas, por ejemplo: los molinos, los silos, las bodegas.

Algunos edificios llegaron a ser famosos como la Torre Eiffel en París y la Real Fábrica de Sargadelos en Galicia. En este caso, en Suiza, tenemos dos ciudades donde arquitectura, industria y turismo se unen.

Según la leyenda, Daniel Jean Richard hace reparar su reloj en Londres, pero al volver a Suiza decide él mismo fabricar un reloj y es la primera persona en investigar esta técnica tan compleja, así empieza una industria que con las crisis y cambios, ha sobrevivido, mejorando y dando trabajo a miles de personas.

En el siglo dieciocho y diecinueve, la expansión relojera continua con el dominio de los cronómetros de marina y de bolsillo, se abre la Escuela de Relojería y la región es el epicentro de la industria relojera mundial.

Existen laboratorios y talleres abiertos al público (ahora en receso por la pandemia), donde se pueden observar las etapas de la manufactura del reloj y conversar con los  técnicos relojeros, comprender los mecanismos, las partes del reloj y ver los delicados ensambles y las diferente gamas del producto.

Al no poder visitar los ateliers, nos dedicamos a la urbanización industrial de la ciudad, un fenómeno que vemos aparecer justamente con la revolución industrial: la edificación al servicio de la manufactura y producción. Visitamos las calles donde se construyeron las casas para los artesanos, los talleres se encontraban en la buhardilla con mejor luz y los artesanos vivían en los pisos de abajo. Esto fue evolucionando de acuerdo a la producción de la relojería. Arquitectura, industria y sociedad fueron creando esta urbe especial. 

El urbanismo industrial ha dado paso a la arquitectura serial y a la valoración de la funcionalidad que ha marcado la arquitectura mundial moderna.

Esa evolución a través de los siglos llega a su esplendor en el siglo diecinueve y veinte, hasta la crisis de 1970, que golpeó fuertemente la industria relojera suiza. 

Recorrimos los diferentes edificios que alojaron y alojan las compañías de marca, muchas de ellas continúan en actividad en la región, y conocimos el Museo Internacional de la Relojería, el MIH.

El MIH fue fundado en 1904, se acrecentó a través de donaciones, pero se constituye como museo en 1968, y en 1974 se construye el edificio actual. Es el más grande museo especializado de Europa, con 40.000 piezas originales, ocupa una superficie subterránea con niveles donde pudimos apreciar relojes de diversas épocas y la cronología de la  industria relojera con sus avances y cambios. Es muy interesante, igualmente, el laboratorio  de restauración de relojes antiguos, especialidad  en donde los suizos tiene gran experiencia.

En la oficina de turismo me comentaron las muchas actividades que se llevan a cabo en la ciudad, y que además de la importancia del urbanismo industrial, los talleres, y el museo, La Chaux-de- Fonds y Le Locle tienen otros aspectos importantes, ya que aquí, nacieron personalidades mundiales.

Blaise Cendrars

En 1887 nació el poeta de la modernidad Blaise Cendrars, quien tenía su casa en el 27 de la Rue de la Paix, y aunque viajó y vivió por el mundo, escribiendo libros, recordó siempre su terruño.

Un conflicto con su padre por la profesión lo llevó, finalmente, a encontrar la literatura. Fue un poeta excéntrico, un detonador de las vanguardias, un gran fabulador y su propia vida es una fascinante novela. Se enrola en la Legión extranjera durante la Segunda Guerra Mundial y pierde un brazo, pero no su talento. Francia lo adoptó pero nunca renunció a su Suiza natal.

Louis Joseph Chevrolet

Otra personalidad interesante que nació en esta ciudad en 1878, fue el famoso corredor y constructor de automóviles Louis Joseph Chevrolet, el creador de una marca inconfundible de automóviles en los Estados Unidos. Fue un famoso corredor de autos y cofundó la compañía «Chevrolet». 

Empezó a trabajar desde niño, como mecánico de bicicletas, según la historia popular, al repararle un triciclo al millonario Vanderbilt, éste lo invitó a América, donde desarrolló una brillante carrera, creando autos y forjando compañías, fue considerado un suizo audaz e innovador y su nombre sigue unido al automovilismo. 

En agosto se celebra en La Chaux-de-Fonds un evento internacional de autos antiguos de la famosa marca. 

Adriana Bianco ante la Maison Blanche de Le Corbusier
Adriana Bianco ante la Maison Blanche de Le Corbusier

Le Corbusier

Entre los notables también se encuentra el arquitecto Le Corbusier, cuya casa paterna se conserva y decidimos conocerla.

Le Corbusier nació en 1887, en estos parajes, se convirtió en uno de los arquitectos y urbanistas más destacados del siglo veinte.

Nos apartamos del centro para subir una colina donde se encuentra la Casa Blanca. Allí vivió hasta 1917, fue su primer proyecto cuando solo tenía veintitrés años, financiado por su padre. 

La Casa Blanca fue construida en 1912, fue la primera obra de Charles-Edouard Jeanneret, su verdadero nombre, que cambió en Francia por el de Le Corbusier.

Esos primeros años en su tierra fueron fundamentales en su formación. La casa de sus padres fue además un laboratorio de ideas, técnicas y materiales. Ya entonces había viajado por Italia, Austria, Alemania y Oriente y Grecia. 

Con esa inspiración Le Corbusier une lo clásico con el nuevo estilo Art Nouveau, pero también asoman sus ideas. Es una obra ecléctica donde se observan  innovaciones que luego desarrollará en otras obras.

Entramos por la bella terraza con vista a las montañas, para luego entrar en la casa, con su gran sala, donde, según nos comenta el guía  se conservan los muebles originales: el sofá, el piano, el reloj de pared.

El empapelado se reconstruyó de acuerdo al primitivo. Hay un pequeño salón inspirado en una villa de Pompeya y el comedor es  estilo neoclásico, con un bello ventanal. 

La planta alta muestra los dormitorios y su estudio. En 2000 se creó la Asociación Casa Blanca que compró el inmueble y lo restauró abriéndola al público. 

Se puede hacer la Ruta Le Corbusier, visitando además de la Maison Blanche, la Villa Turca, construida en 1917, la Biblioteca de la ciudad que era muy frecuentada por el arquitecto y guarda documentación de esos primeros años de su vida, y el Museo de Bellas Artes que conserva una buena colección de grabados y de la tapicería del creador.

A los amantes del arte y de la arquitectura les deleitara saber que La Chaux-de-Fonds es el único centro de Art Nouveau y Modernismo  con un estilo particular: el estilo abeto. Se pueden visitar algunos edificios aunque son privados.

Dominique tiene una panadería y mientras me sirve un croissant con chocolate me dice: «Aquí siempre tenemos actividades, en invierno, el esquí, en verano los festivales, y siempre el sonido del tic tac».

Pueblo de gente abierta y esforzada, pueblo que quiso atrapar el tiempo y sigue luchando en los avatares de la industria relojera, ejemplo vivo de la arquitectura y el turismo industrial.

Esta región nos recuerda las palabras del escritor Friedrich Dürrenmatt: «Es hermoso nacer suizo y es hermoso morir suizo. Pero qué haces entretanto con el tiempo. Lo malgasto trabajando».

La Chaux-de-Fonds y Le Locle  fueron incluidas en  el 2009, en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, por su urbanismo relojero y por esta epopeya con Cronos.

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