Aquí como en otras regiones, uno al levantarse por la mañana no sabe con qué noticias se topará a través de los medios, y esta incertidumbre ya está globalizada, me lo comentan algunos de mis lectores vía mail. Y no es asunto de enojarse con el periodismo o de matar al mensajero.
Las malas noticias de la gestión gubernamental o de la corrupción en áreas sensibles, no logran ocultarse con expresiones soeces como: «ensobrados», «delincuentes», «mentirosos», «mierdas humanas», tampoco con una legión de cortesanos que niegan descaradamente las evidencias y siembran la desinformación, en una época donde la verdad y la dignidad cotizan en baja.
No soy periodista, pues, escribir en un periódico a uno no lo convierte en periodista, así como concurrir diariamente a un hospital no es suficiente para transformarse en médico, sin embargo, respeto al periodismo independiente, que tiene el coraje suficiente para no rendirse ante los caprichos del dictador de turno y se esfuerza por mantener una alta calidad informativa, cuyo centro sin duda hoy pasa por la verificación exhaustiva de lo que se publica.
Las pruebas evaluativas PISA (Programa evaluatorio o examen estandarizado creado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos-OCDE), que se toman desde el inicio de este siglo, en la Argentina revelaron la mayor caída desde el 2006. En efecto, el deterioro en Matemática, Lengua y Ciencia en alumnos de quince años revelaron un bajo rendimiento en casi el 50 por ciento de la muestra evaluada.
El examen de marras se tomó en 91 países y la Argentina se posicionó en el puesto 75. En la región, donde participaron trece países de la prueba, el país se ubicó detrás de Uruguay, Chile, Costa Rica, Colombia, México, Brasil, Perú y Ecuador. En septiembre de 2025 se hizo la evaluación y se publicó en septiembre de este año. Y a estos datos, por demás preocupantes, debemos añadirle que el 55 por ciento de los chicos de tercer grado de la escuela primaria no alcanza el nivel mínimo de comprensión lectora.
Y si los niños no entienden lo que leen, estamos en graves problemas. Asimismo es menester consignar la altísima tasa de ausentismo escolar que se registra y la falta de información oficial según consignan los medios. Estimo que nadie puede negar las consecuencias psicológicas, sociales y humanitarias de este abigarrado panorama, más allá de la proyección hipotética en el futuro.
Ahora bien, en estos últimos veinte años la Argentina tuvo cinco presidentes elegidos democráticamente, y es coherente pensar que algún grado de responsabilidad deben tener sobre estos resultados catastróficos, ya que se trata de un tema fundamental de la vida de cualquier país, más allá que el lodazal de la política sistemáticamente lo niegue.
Pero además, desde la década del noventa hasta la fecha hubo diez presidentes, para un período que abarca poco más de treinta y cinco años, un dato no menor. Uno de ellos tuvo el privilegio de haber leído las «Obras Completas de Sócrates», otro escribió en un pizarrón frente a las cámaras de TV «petrolio», también una dijo que la diabetes es una «enfermedad de gente de alto poder adquisitivo» debido a que comen mucho y son sedentarios (se ve que nunca pisó un hospital público).
Y no faltó el que con el recurso apócrifo de la «batalla cultural» y desde la barbarie (término de Sarmiento), llegó a afirmar que la educación pública «no es un derecho» porque alguien debe pagar, pues, nadie lo niega, la pagamos los contribuyentes, al igual que el obsceno sueldo de los políticos, y está sobreentendido que ningún ente o realidad surge de la nada absoluta…En fin, como ciudadano no puedo disimular mi vergüenza ajena.
Creo que estos niños y adolescentes merecen que les pidamos perdón por las dirigencias que hemos elegido, por haber abusado del derecho a la equivocación, por no haber tenido la lucidez suficiente de no detectar el engaño y consecuentemente repararlo, como se espera de toda ciudadanía que actúa conforme a la moral y la ética, ya que no se concibe un pueblo que no aprende de sus errores e insiste irresponsablemente con elegir a aquellos que jamás nos sacarán del laberinto en que vivimos.
En efecto, insistir en llevar los problemas, conflictos y dilemas del país al pantano ideológico revela estulticia, falta de sentido común y de entendimiento, cuando no malicia y falsedad. Y lo afirmo desde una posición tomada.
En todo caso, para quien tiene la vocación o la fijación por las etiquetas, soy un «conservador progresista», pues, sostengo que debemos conservar todo el aporte positivo de nuestra cultura que superó la prueba del tiempo, y a su vez abrir la puerta a todo conocimiento, innovación y progreso que tenga por objeto mejorar la calidad de vida de los habitantes.
La meta es el Bien común, no el de unos pocos que se apropian de los bienes ajenos.




