La Argentina siempre navegó contra el viento y la marea

Cualquiera que conozca la historia del país, rápidamente se dará cuenta que el hábito de navegar contra el viento y la marea fue, ha sido y es una constante.

Sacando esta situación de la náutica, metafóricamente (un amigo español dice que soy muy metafórico), tiene que ver con la capacidad de sobreponerse a las crisis que aquí son crónicas, al esfuerzo por no claudicar, y la valentía para enfrentar los contextos situacionales difíciles, cuando no las críticas injustas y el marketing canalla.

En efecto, estamos acostumbrados a ir en dirección contraria a la que establecen las normas de los poderosos, y sabemos muy bien lo que es un entorno adverso, en fin, obstáculos y censuras incentivan nuestra fortaleza.

Está a la vista como en situaciones que afectan los intereses nacionales y que interpretamos críticas, dejamos de lado las diferencias para alcanzar esa unión que parecía impensable. Por eso necesitamos terminar con las grietas.

Como ser, actualmente lo que más nos preocupa es la legislación que quieren imponer en estos días contra el espíritu de la Constitución Nacional y que hace peligrar nada menos que la integridad territorial, pues, quien comprometa la soberanía y la integridad territorial, comete el delito de Traición a la Patria.

El nacionalismo aquí surgió durante la etapa independentista y tuvo un objetivo: la liberación de los pueblos. Pudimos ser imperialistas o colonialistas, pero carecíamos de vocación. Eso explica que el sentimiento nacional nunca haya sido expansionista, como lo es el nacionalismo europeo (dos guerras mundiales) y de los Estados Unidos (la mitad de su territorio era de México).

A pesar de todos los defectos de la población y de tener que soportar «privilegios obscenos« de las dirigencias, seguimos resistiendo, y no creo en los pueblos virtuosos. Sabemos que no somos el pueblo elegido, ya que si algún pueblo se lo cree es su problema, tampoco somos el ombligo del mundo, simplemente somos una aldea más en la aldea global.

Con motivo del mundial de fútbol, resurgió el tema de Malvinas, que para nosotros es identitario. El principal objetivo era derrotar, siquiera en el deporte, a Inglaterra, que tras la derrota nos acusa de soberbia (justo ella que tiene una historia secular de soberbia imperial), y la confunde con nuestro orgullo, legítimo por los logros alcanzados.

Los soldados ingleses que aquí combatieron no sabían que existían estas islas y menos que estaban en poder de Gran Bretaña, tampoco los mercenarios gurkas que contrataron de Nepal. De ahí que para los argentinos las Malvinas siempre serán parte de nuestro territorio, de nuestra historia, y de nuestra identidad.

Quien haya viajado por el mundo comprobará que hay problemas comunes a todos los pueblos, y tienen que ver con el ser humano, a menudo con su cono de sombra. El ser o no ser del argentino es complejo, aún no develado, ni con los aportes de observadores de afuera, como Clemenceau, Waldo Frank, Ortega y Gasset, entre otros.

Los dos mayores problemas son morales: la corrupción estructural y el cipayismo. Pero ahora nos acusan de racismo, y no creo que haya pueblo que no tenga algo de racismo, sin embargo, al de aquí le concedo un bajo nivel.

El actor estadounidense Samuel Jackson dice que somos «los mayores racistas del mundo« (no sé si tiene conciencia que vive en los Estados Unidos…), ya que en la selección no hay ningún jugador de color. Que no lo haya significa que no apareció ninguno con suficiente capacidad deportiva. Si la selección nacional juega con argentinos es porque no necesita contratar extranjeros, como sucede con otras selecciones. Aquí, al igual que en Brasil, Uruguay o Colombia, el fútbol está muy extendido y hay muchas escuelas.

Este es un país de inmigrantes y su descendencia, con un núcleo fuerte de españoles e italianos, y donde hallamos gente de todas las nacionalidades y credos. No negamos un pasado esclavista, pero no fue dominante, y los pueblos indígenas son los que peor la pasan, justo aquellos que eran los dueños de la tierra y que a diferencia de Occidente tienen una «cultura cosmocéntrica».

Nuestra xenofobia le abre las puertas a los extranjeros, no los discrimina como sucede en tantos otros países, e incluso pueden estudiar gratis en una universidad nacional y ser atendidos gratis en un hospital público, lo que no se verifica en países de donde provienen críticas acerbas. Es vox populi que se trata mejor a los extranjeros que a los propios ciudadanos.

Quiero volver sobre la discriminación y el «racismo argentino« que está de moda en las redes sociales. Pues bien, expondré mi caso, que no es el único. Como médico y por concurso abierto, durante casi dieciocho años he sido jefe de servicio en el Hospital Centro Gallego de Buenos Aires, también en el Hospital Israelita, y jefe de departamento en el Hospital Sirio Libanés por nueve años, y a la vez, catedrático en la Universidad Bar-Ilan (confesional hebrea) y profesor consulto en la Universidad del Salvador (fundada por los jesuitas), entre otras instituciones. Ex alumnos y discípulos hoy ejercen en sus países, algunos como profesores y jefes de servicio, desde América pasando por Europa y llegando a Medio Oriente… ¿Alguien puede acusarme de racista?

Binarismo y trampas nunca faltaron, tampoco los conflictos con los países vecinos, alimentando así la desunión latinoamericana que estratégicamente conviene a los centros de poder mundial.

Argentina es un país de individualidades, más que de equipos. Lugones, Borges, las hermanas Victoria y Silvina Ocampo, Roberto Arlt, Marechal y Cortázar; El Che Guevara y el papa Francisco; Alfredo Distefano, Maradona, Messi y el Dibu Martínez. Y cuenta con inventos de alcance mundial: la birome (Biró), la dactiloscopia (Vucetich), el baypass coronario (Favaloro), los anticuerpos monoclonales (Milstein, Premio Nobel), el stent vascular expandible (Palmaz) y, otros inventos que no encajan con las marchas y contramarchas, pero que sin duda contribuyen a ser una comunidad irrepetible.

La frase del poema de Almafuerte: «no te des por vencido ni aún vencido», estimo que guía o contribuye a la insumisión, resiliencia, perseverancia, valentía del argentino. Y tengo claro que no tiene sentido pelearse con la verdad.

Roberto Cataldi
Roberto M. Cataldi Amatriain es Doctor en Medicina por la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Complutense de Madrid, académico, catedrático de medicina interna en universidades de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), ensayista, humanista, bioeticista, en suma, un exponente de Las Dos Culturas, también un intelectual, con varios libros publicados y artículos de interés general.

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