Juliana y el espejismo de la línea de puntos

Por qué la geopolítica no es balística, sino física de fluidos

El analista Enric Juliana nos invitaba recientemente a «seguir la línea de puntos». Su tesis es sugerente y dramática: trazar una línea recta y predecible que une el colapso del avión de combate europeo (FCAS) con una supuesta ola coordinada de desregulación e hipocresía que viaja desde Berlín hasta el Congreso de los Diputados, en Madrid.

Es un relato limpio, casi cinematográfico. El problema es que la historia, la economía y la sociedad no se mueven mediante trayectorias balísticas calculadas en despachos. Se mueven como los gases y los líquidos: expandiéndose de forma caótica por donde encuentran menor resistencia y deteniéndose en seco solo cuando chocan contra una pared.

Si analizamos los mismos hechos bajo esta lógica de fluidos, el paisaje europeo actual deja de parecer una conspiración de líneas rectas y revela su verdadera naturaleza: una crisis de contención de presiones.

El FCAS y la presión de los nacionalismos industriales

La cancelación del millonario proyecto FCAS no es el «punto de partida» de una trayectoria planificada. Es, en realidad, el desbordamiento de un fluido —el interés comercial nacional— que la débil e idealista estructura de la «autonomía estratégica» europea no pudo contener.

Dassault, en Francia, y Airbus, en Alemania, actuaron como corrientes de alta presión defendiendo sus propios nichos tecnológicos. Francia necesitaba proyectar su grandeur sobre portaaviones; Alemania requería una solución terrestre. Al no existir un recipiente institucional europeo lo suficientemente hermético para forzar la fusión, el gas del nacionalismo industrial simplemente ocupó todo el espacio disponible, haciendo estallar el proyecto por las costuras.

Alemania: la expansión del gas por el vacío energético y comercial

El drástico giro de Alemania —modificando su Constitución para levantar el freno de la deuda e inyectando 500.000 millones de euros en defensa e infraestructuras— tampoco es un frío movimiento de ajedrez para colonizar ideológicamente el sur de Europa. Es una violenta reacción física. Alemania ha perdido el contenedor que comprimía su economía: el gas ruso barato.

Al romperse ese molde, y bajo la altísima presión de la competencia de los coches eléctricos chinos y los aranceles norteamericanos, la economía alemana se expande desesperadamente hacia la única salida que le queda para no implosionar: el gasto militar y la protección de su mercado interno.

Cuando el canciller Friedrich Merz bloquea la compra del Commerzbank por parte del UniCredit italiano, o cuando Berlín mira con recelo la competitividad eléctrica de España, no está siguiendo una «línea de puntos» ideológica; está levantando barricadas mecánicas para evitar que sus propias industrias medianas (Mittelstand) se evaporen hacia climas energéticos más favorables.

El error de la balística local: Feijóo, Vox y el Congreso

Juliana comete su mayor error analítico al intentar trazar la línea final de su dibujo sobre la política española, sugiriendo que la retórica desreguladora de Alberto Núñez Feijóo o los programas de Vox son la continuación directa de un vector disparado desde Berlín por la CDU.

La política doméstica no funciona por teledirección. Lo que estamos viendo es la ley de los vasos comunicantes. El discurso de la desregulación y la «prioridad nacional» es un fluido ideológico que flota en el ambiente global; los partidos de la oposición en España simplemente aprovechan el vacío de gobernabilidad y la incertidumbre económica para absorber ese gas y ganar volumen político.

Del mismo modo, que el Congreso de los Diputados arrastre los pies o dude ante la ratificación del tratado de amistad con Francia no es un complot internacional para aislar a París. Es el resultado de la fricción interna de un Parlamento fragmentado, donde cada fuerza política actúa como un obstáculo físico autónomo.

La escala y el orden oculto tras la turbulencia

La metáfora balística de la «línea de puntos» genera una falsa sensación de inevitabilidad, un fatalismo que invita a la paranoia de un colapso inminente.

Pero la física, y más concretamente las teorías sobre el caos determinista y el análisis de la complejidad, nos enseñan una lección muy diferente: detrás de toda aparente turbulencia siempre hay un orden subyacente.

La actual y alarmante parálisis de Europa que denuncia Juliana no es tal. Lo que ocurre es que estamos sufriendo un problema de escala en nuestro análisis. Atrapados en el día a día —en la cancelación de un contrato, en una votación parlamentaria agónica o en la última declaración de un líder político—, solo somos capaces de ver el movimiento errático de las moléculas de un gas en plena agitación.

Sin embargo, si cambiamos de perspectiva y aplicamos una escala temporal mayor, el ruido se disipa. Con el tiempo, esa distancia histórica nos permitirá observar lo que hoy somos incapaces de ver: que los flujos, las presiones y los choques contra las paredes institucionales no están destruyendo Europa, sino moldeando de forma compleja su nuevo comportamiento y su futura estructura.

No hay ninguna línea de puntos predeterminada; hay un sistema complejo buscando su equilibrio, y el dibujo final todavía está por revelarse.

DEJA UNA RESPUESTA

Escribe un comentario
Escribe aquí tu nombre