La Guardia Revolucionaria de Irán lanzó el sábado misiles balísticos contra un portaaviones y un destructor de la Marina estadounidense en aguas del golfo Pérsico, en la escalada más grave desde que ambos países reanudaron los combates a comienzos de mes.
Ninguno de los dos buques resultó alcanzado, pero es la primera vez en la guerra que un portaaviones estadounidense aparece como objetivo directo de un ataque iraní, un hecho que marca esta entrega de las elecciones legislativas de mitad de mandato del 3 de noviembre en clave de riesgo bélico creciente.
El Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) respondió horas después atacando tres petroleros iraníes vinculados a la Guardia Revolucionaria (IRGC): «inutilizó permanentemente» el M/T Downy, frente a la isla de Kharg, y el M/T Stark 1, cerca de Jask, y «destruyó por completo» el M/T Kylo en el golfo de Omán, según recogió NBC News.
El almirante Brad Cooper, jefe de CENTCOM, advirtió: «Si disparáis contra dos de nuestros barcos, impondremos un coste económico aún mayor», y añadió que Washington no dudará en «destruir la flota petrolera, limitada y expuesta» de Irán si es necesario.
El episodio llega un día después de que el propio presidente Donald Trump calificara la guerra de «cosa menor» («small potatoes») y afirmara que Estados Unidos ha «esencialmente» tomado el control de Irán, según recogió The Hill a partir de un despacho de Associated Press.
Trump restó importancia, además, a la discrepancia pública con el vicepresidente JD Vance, quien había dicho no considerar que el país esté en «una guerra» propiamente dicha; el presidente respondió que no le importa cómo se llame al conflicto, «se puede llamar conflicto militar si se quiere».
La respuesta institucional a la guerra sigue dividida por líneas que no coinciden con las partidistas: el Congreso ha aprobado en dos ocasiones, con apoyo republicano puntual —entre ellos las senadoras Susan Collins y Lisa Murkowski—, resoluciones simbólicas de guerra para exigir el fin de las hostilidades, sin que ninguna haya prosperado por los votos necesarios ni obligado legalmente a la Casa Blanca.
Esa disidencia institucional republicana, unida a la crítica de organizaciones de veteranos y a la oposición formal de legisladores demócratas como el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, compone un frente amplio de rechazo que conviene no confundir con la oposición estrictamente partidista.
El ataque contra un portaaviones se produce mientras persiste el desgaste en la opinión pública: según el promedio de Silver Bulletin, la aprobación neta de Trump se mantiene en torno a -19,5 puntos, y los demócratas conservan una ventaja de 6,6 puntos en el voto generacional para el Congreso, cifras que apenas se han movido en el último mes pese a la escalada.
Cada nuevo episodio bélico sin resolución añade presión sobre unos republicanos que defienden mayorías ajustadas en ambas cámaras a menos de dos meses de las urnas, en una campaña donde el coste de una guerra sin fin declarado empieza a pesar tanto como el propio resultado militar.




