En estos tiempos de coronavirus, el arte ha estado con nosotros, recordándonos otras pandemias, mostrándonos los momentos de soledad y también los momentos de fe y esperanza, a través de obras de grandes pintores.

Los Cristos del gran artista francés Georges Rouault conmocionan por su fuerte espiritualidad, nos enfrentan al misterio de la Fe y, en estos momentos cobran una especial significación.

Georges Rouault
Georges Rouault

Rouault nació el 27 de mayo de 1871 en un suburbio parisino. Muy tempranamente descubrió su vocación artística, en casa de sus abuelos, viendo obras de Courbet, Manet, Daumier. Joven, se vincula a movimientos católicos y surge en el pintor un fuerte fervor religioso que nunca lo abandonaría y que fue el estímulo de su creación pictórica.

Su madre lo alentó e ingresó en la escuela de Bella Artes y fue su profesor Gustave Moreau, quien lo persuadió para exponer. Participó en varias exposiciones colectivas, donde conoce a los escritores León Bloy y Jacques Maritain, quienes influyeron en su espíritu, inclinándolo hacia temas religiosos. También se vincula a Matisse y al grupo Fauvista, con quien comparte una estética de expresión y color. Los especialistas lo consideran dentro de la tendencia Expresionista.

En 1913, el marchante Ambroise Vollard compró algunos de sus trabajos y fue su representante. Georges Roaualt siguió, en parte, la tendencia expresionista que le permitía simbolizar el mensaje cristiano, con imágenes de seres sufrientes, dibujados en líneas negras, con mucha textura e intenso color. Sus cristos piadosos y sus crucificados, fueron reconocidos en Europa y en Estados Unidos en la década de los años treinta, a partir de entonces su fama será internacional. En 1938, expone en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y luego se presenta en los museos de Chicago, San Francisco y Los Ángeles, sus cuadros se valorizan rápidamente. Sin embargo, al final de su vida quema mucha obra, no pude preguntarle a su hija si eso era verídico.

Al morir el artista en 1958, por iniciativa de los cuatro hijos y, especialmente por la dedicación de Isabelle a la obra de su padre, crean la Fundación Rouault, ubicada cerca de la Gare de Lyon, en París, donde el artista tenía un apartamento. Allí, pintó muchos de sus trabajos y murió.

Georges Rouault: Crucifixion, The Lewisohn Collection

La Fundación Rouault se ocupa de la obra y estudios del pintor, los derechos de autor, exposiciones y libros, guarda en los archivos documentos para los investigadores de arte y está en contacto con museos y entidades académicas. En 1963, la fundación hizo una donación de la obra de Rouault al Gobierno de Francia, que se exhibe en el Centro Pompidou.

Rouault llamó la atención en sus pinturas por su religiosidad, era católico ferviente y sus temas cristianos tal vez fueron concebidos en raptos místicos. Tuve el privilegio de conversar con su hija Isabelle, (pintora ella misma y guardiana de la obra de su padre), a quien conocí en 1993, cuando vino a Nueva York, para revisar la trabajos de su padre que estaban en el MOMA. Cabe destacar que dicho museo, en 1991 había ofrecido una gran exposición de la serie «Miserere», considerada la más famosa de la obra de Rouault.

Nos acomodamos en una salita de la galería donde me había citado y mientras se sienta, esta mujer delicada de pelo blanco trenzado y ojos azules me confiesa, un tanto emocionada, que siempre descubre nuevas facetas en la obra de su padre, que a veces se sorprende y otras, piensa, en ese comentario mío sobre el «misticismo» de Rouault. Enseguida, activo la grabadora y para facilitar la conversación hablamos en francés.

Georges Rouault, Mi dulce país, ¿dónde estás? , de la serie Miserere , 1927. Aguatinta sobre papel, 16 1⁄2 x 23 3⁄8 pulgadas (41.9 x 59.4 cm). Colección del Museo Nasher. Regalo de Romona Morgan. © Fondation Georges Rouault / Artists Rights Society (ARS), Nueva York / ADAGP, París. Foto de Peter Paul Geoffrion.

Isabel Roualut: Usted vio la exposición de estos grabados que, en realidad fueron expuestos años atrás, cuando los trajo el marchante Ambroise Vollard.

Adriana Bianco: Si, yo vi la exposición en el MOMA, en 1991. Fue muy conmovedora.

IR: Parte de la obra quedó en el museo. Mi padre era muy cuidadoso con su trabajo, muy exigente, siempre estaba pensando en cómo podía lograr algo mejor.

AB: ¿Cómo concibió Georges Rouault la serie Miserere, fue un trabajo largo, con muchos inconvenientes?

IR: En verdad, trabajó mucho en ella y siempre decía que había puesto lo mejor de si mismo, casi diría que dio a esta serie, una importancia esencial.

AB: Por qué piensa que fue así?

IR: Porque en ella, mi padre expresa su totalidad como artista. En ella se conjuga el hombre, la época en que vivió y su sentir religioso.

AB: Cristo está presente entre los personajes creados por Rouault.

IR: Ésa era su intención, porque él trabajó con libertad. El quería mezclar a Cristo entre la gente: las madres, los payasos, las prostitutas, los políticos, los militares y los hombres. Mi padre decía que el arte era una confesión. Estaba totalmente compenetrado con el espíritu religioso, con la Pasión de Cristo. Sentía, que expresaba su fe a través de su obra. Los primeros trabajos fueron concebidos durante la Primera Guerra Mundial, la del año catorce (1914). Eran dibujos en tinta china, luego, bajo la motivación de Vollard, se pensó como una edición. La tirada fue terminada en 1927 y el propio Vollard inutilizó las planchas. Muchos inconvenientes retrasaron la publicación, ésto lo cuenta mi padre en el prólogo del libro que yo llamo «Le petit Miserere».

AB: Los grabados están acompañados de textos. ¿Fue la Biblia la fuente de inspiración?

IR: Por supuesto, la Biblia lo motivó pero también toda la situación de la Guerra, el dolor, la sociedad de su tiempo, sus propias reflexiones, mi padre escribía muy bien. La poesía, sus procesos interiores fueron, además, fuente de inspiración.

AB: ¿Cree que existieron trances místicos mientras pintaba? Al ver los rostros de Cristo, la Crucifixión, se siente algo muy profundo…

IR: Su pregunta yo misma me la he hecho. (Hay un silencio). Sabe, él era muy reservado, muy discreto con respecto a éso.

AB: Finalmente, todo artista cuando crea vive estados muy especiales, místicos o de fuerte concentración, incluso de ensimismamiento, el proceso creativo es complejo.

IR: Toda la fuerza de su creación está expresada en su obra. Todo está en sus cuadros. Es verdad que revisando sus escritos, (y los enumera): «Paysages Legendaires» de 1929; «Cirque de l’etoile Filante» de 1938; «Soliloques» de 1943, «Stellea Vespertina» de 1945; en todos ellos y en nuestro propio archivo hay textos que parecen reflexiones de su obra, parecen congeniar, armonizar con los grabados, entonces, en esta última edición del «Miserere», adjunté estos textos como una suerte de acompañamiento con sordina, que nos permite entender, oír la voz del artista. La gente me preguntaba sobre las imágenes, por eso busqué entre los manuscritos de mi padre, la relación con los grabados.

AB: Me muestra el bello libro cuya edición está en inglés, francés y japonés.

IR: «Qui ne se grime pas?» por ejemplo, en este grabado hay una alusión directa a su vida. Este clown es su autorretrato, muchas veces se deprimía. No fue fácil para él trabajar.

AB: Era lógico, en su obra se reflejan los horrores de las dos guerras: la del catorce y la Segunda Guerra Mundial…

IR: Por supuesto, en toda su obra hay un grito de protesta muy fuerte, el dolor de las madres, la miseria de las almas, la alusión a los alemanes y a la ocupación, el soldado que no quería pelear contra su hermano, las tensiones sociales, las fuerzas del poder, los políticos, él vivió entre las dos guerras, hay, sin duda, toda una transfiguración de su época. Curiosamente, mi padre no hizo la guerra, quiero decir, no fue al frente porque su clase tenía problemas de salud y muchos fueron rechazados. Él no hizo la Guerra pero la vivió a través de su arte. En su obra hay una visión del mundo, de su realidad y hay una unión con Cristo, Cristo mezclado con su gente. Mi padre se sentía un pintor cristiano.

AB: Fue un artista preocupado también por los aspectos formales, por indagar nuevos caminos…

IR: Permanentemente procuraba técnicas nuevas, rehacía, era muy exigente. El aspecto visual le importaba tanto que cuando colgaba su obra recomendaba que lo hicieran en relación con la imagen plástica, no con los textos literarios.

AB: ¿Cómo era su padre? ¿Cómo lo recuerda?

Se sonríe y se alegra al recordar.

IR: Era un gran padre, un gran padre de familia, muy unido a la familia. Sabe, éramos pobres, hubo tiempos difíciles porque él fue conocido como artista hacia 1937. Hubo épocas muy duras, sin embargo, recuerdo su amor, esa unión familiar, esa concentración suya en el trabajo. Nos llevaba al atelier, nos mostraba lo que hacía. Teníamos mucho respeto por su tarea, jamás entrábamos a su estudio si él no lo permitía. Se encerraba largas horas, a veces días, la verdad es que no tenía noción del tiempo cuando pintaba.

Mi madre lo ayudó mucho, ella daba lecciones de piano, comprendió mucho a mi padre.

AB: Ustedes fueron cuatro hermanos…

IR: Si, uno es médico, mi madre estaba orgullosa de él.

AB: Rouault tuvo muchos amigos que supongo lo ayudaron espiritualmente a seguir con su obra de artista.

IR: Tenía muy buenos amigos. El escritor León Bloy, que era mayor que mi padre, fue una amistad muy profunda pero curiosamente o por una cuestión generacional, Bloy no comprendía la obra de mi padre.

AB: Por qué, si había un contexto religioso, que los dos compartían…

IR: Sí, pero la audacia técnica, la visión plástica estaba lejos del gusto de Bloy, éso no impidió que fueran amigos. Luego se encontró con el grupo Fauves, almas gemelas: Matisse, Vlaminck. Mi padre fue un artista muy reservado, adoraba los artesanos medievales que trabajaban en el anonimato. Fue un investigador, un luchador por descifrar los significados. Nos decía: «Debes seguir la voz hasta el final». Tenía una gran autocrítica, analizaba mucho sus trabajos. El conocía su don pero era un hombre de una gran modestia. Fue profundamente modesto. Entendía que toda obra de arte era, en el fondo, una obra religiosa. Había una unión entre su arte y su fe.

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