«Erase una vez en Venezuela. Congo Mirador», una historia de ahora mismo

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Mientras que la diáspora de venezolanos por el mundo asciende hoy a casi cinco millones y el resto de los cerca de 33 millones de habitantes del país se encuentran divididos entre partidarios de Maduro y defensores de una oposición sostenida por Estados Unidos y la Unión Europea, nos llega el largometraje documental «Erase una vez en Venezuela. Congo Mirador», estrenado en la última edición (virtual) del prestigioso Festival de Sundance (2020) y paseado por los sucesivos encuentros cinematográficos internacionales, entre  ellos Tribeca en Nueva York y Málaga. 

Un trabajo de siete años de un equipo dirigido por Anabel Rodríguez –venezolana que reside en Austria-  sobre un pequeño pueblo que vive sobre el agua, y también «una poderosa historia real de contaminación corrosiva y política corrupta» (Hollywood Reporter). 

Antes de convertirse en una canción sobre la noche y la pena, un hombre mayor con la cara curtida por el tiempo deja escapar, en una especie de relato (rap) nostálgico, los recuerdos que dan comienzo a  este emotivo documental, mientras la cámara recorre las casas y las barcas que se mecen por igual en las aguas tranquilas ocho años después de la muerte de Hugo Chávez, bajo la presidencia de Nicolás Maduro.

No hace todavía mucho tiempo que la vida en Congo Mirador, un pueblo flotante «que conoció mejores tiempos» del estado de Zulia -a poca distancia del lago Maracaibo, donde se extrae  el petróleo que enriqueció al país- era atractiva y bohemia. Hoy se encuentra afectada por las corruptelas y el cambio climático que provoca que sus habitantes abandonen la población poco a poco. 

Mientras tanto, mantienen vivo el lugar las señora Tamara, representante en el pueblo del partido en el poder, y Natalie, la maestra, contraría a todo lo que ese  poder significa hoy en día; ambas son el reflejo de un país dividido entre «chavistas» que respetan a Maduro porque es la herencia «que nos dejó Chávez» y, más que partidarios de la oposición que en Caracas se proclama dueña del Parlamento, hombres y mujeres contrarios al poder actual. 

En Congo Mirador –que recuerda tanto a algunos pueblos asiáticos- las casas son modestos palafitos cargados de historia donde se vive, se ama, se procrea, se trabaja, se celebran asambleas, se compran votos y se educa a las nuevas generaciones. La carretera es el agua del lago y los vehículos los botes. Los niños aprenden a pescar y van a la escuela remando.

Cuando se rodó el documental Congo Mirador tenía, sobre todo, un problema grave, el de ir camino de desaparecer a causa de la sedimentación «que se come al pueblo», la acumulación de tierra en el fondo del lago que cada vez dejaba menos espacio al agua. Para esas gentes, la sedimentación era «la muerte». Un problema que se comentaba habitualmente pero que se hacía especialmente vivo cuando la gente se preparaba para las elecciones parlamentarias. Para la líder chavista del pueblo, Tamara, cada voto contaba y hacía todo lo posible para obtenerlos. Para Natalie, tímidamente de oposición, la política era un arma para expulsarla de su trabajo de maestra. 

Documental sobre un pueblo y su destino, pero también «sobre la migración, la pobreza, la corrupción y la división política» (BBC News Mundo), Hoy apenas queda nada de lo que hemos visto. Como era predecible, los pueblos de agua van desapareciendo uno tras otro. Los peces se han muerto y los pescadores se van. Las dos mujeres que marcaban el paso en la pequeña sociedad de Congo Mirador se han marchado, el destino no las ha tratado bien y viven en Santa Bárbara del Zulia: Natalie con su hija en una habitación alquilada y haciendo los trabajos que le salen para «ir tirando»; Tamara regentando un negocio de coches destartalados que alquila como taxis. 

«Erase una vez en Venezuela. Congo Mirador» se estrena en Madrid el próximo viernes, 26 de febrero de 2021.

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