En la escuela se enseña, en casa se educa, una frase que probablemente hayamos escuchado más de una vez. Y, a primera vista, parece tener sentido. La familia transmite valores, hábitos y normas, mientras que el colegio se ocupa principalmente de enseñar conocimientos.
Sin embargo ¿dónde colocamos entonces aprender a respetar un turno, pedir perdón, resolver un conflicto sin gritar, ayudar a un compañero o entender que no siempre podemos hacer lo que queremos?
Quizá el problema esté precisamente en intentar separar dos conceptos que, durante la infancia, están mucho más conectados de lo que pensamos.
Hay cosas que empiezan en casa
Sería injusto exigir a la escuela que enseñe absolutamente todo. La familia constituye el primer entorno educativo y es donde se construyen muchos de los hábitos y referencias que acompañarán al menor durante sus primeros años. Cómo tratamos a los demás, cómo hablamos cuando estamos enfadados, cómo asumimos responsabilidades o cómo reaccionamos cuando algo no sale como esperábamos.
Ningún docente puede sustituir ese papel. Tampoco debería hacerlo. Una escuela puede reforzar determinados comportamientos, pero resulta muy difícil construir hábitos que en casa se contradicen constantemente. La educación necesita cierta coherencia entre los diferentes espacios en los que crece una persona.
Pero la escuela también educa
Ahora bien. afirmar que el colegio únicamente enseña contenidos sería simplificar demasiado su función. La legislación educativa española habla de una formación integral y contempla entre los objetivos educativos cuestiones relacionadas con la convivencia, el respeto, la responsabilidad, la autonomía, la ciudadanía y la resolución pacífica de conflictos.
La otra cara del debate
El profesorado no dispone de un tiempo ilimitado. Existe un currículo que cumplir, contenidos que trabajar, evaluaciones que preparar y objetivos que alcanzar.
Podemos defender que la educación emocional, la convivencia y los valores son fundamentales, y personalmente creo que lo son, pero tampoco podemos pretender que cada conflicto paralice el funcionamiento de una clase.
La escuela tiene una función educativa, pero no puede asumir todas las responsabilidades educativas de una familia.
Quizá una parte del problema aparezca cuando algunas familias esperan que el colegio corrija hábitos que llevan años construyéndose fuera de él: «no recoge sus cosas, no sabe esperar, no respeta las normas, se enfada cuando le dicen que no…»
La escuela puede trabajar estas conductas y ofrecer herramientas, pero necesita que exista continuidad fuera del aula. La LOMLOE, establece que las Administraciones deben promover una colaboración efectiva entre ambos ámbitos. No se trata, por tanto, de decidir quién tiene la culpa. Se trata de entender que educar es una tarea compartida, aunque no todas las responsabilidades sean iguales.
Cuando un alumno/a recibe un mensaje en casa y otro completamente diferente en el colegio, en lugar de buscar puntos de encuentro, familia y profesorado terminan enfrentándose. Y quien queda en medio es precisamente quien debería estar en el centro de todo: el niño/a.
Probablemente la respuesta más honesta a este debate sea que educamos corresponde a todos, pero cada uno desde su responsabilidad.
La familia no puede delegar completamente en la escuela y tampoco debería esconderse detrás del currículo para ignorar los aprendizajes sociales y emocionales que aparecen cada día en sus aulas.




