En este parque temático que es el mundo, la Argentina, al igual que otras regiones, tiene sus peculiaridades. Si alguien me pregunta por el «ser argentino», que lo defina con precisión, pues, le diré que no sé…
En efecto, me resulta difícil hallar una definición que sea abarcativa por la gran diversidad heterogénea, donde conviven gentes de distintas procedencias, etnias, idiomas, culturas, religiones, en fin, diferentes pertenencias. Para mí es un hecho valorativo. Y entiendo el porqué de los nacionalismos en las etapas independentistas, en el reclamo de las soberanías robadas, en un torneo deportivo, pero no mucho más.
Hoy se habla demasiado de «soberanía», por nuestras Islas Malvinas, el continuo saqueo de los recursos naturales, la economía, las finanzas, la tecnología, y se menciona la soberanía alimentaria. Y quienes más insisten en declamar la soberanía son los que menos creen en ella, léase políticos y grandes empresarios, que privilegian sus negocios. Es evidente, obvio y muy fácil de comprender: vivimos tiempos de elecciones democráticas y oportunidades para los grandes mercaderes, y no confundirse con el patriotismo, ya que el dinero no tiene patria. Para peor, circula la noticia de que el gobierno envió las reservas en oro aquí guardadas a Inglaterra (sic)
No creo que a nadie le llame la atención las noticias que circulan por doquier sobre distintas formas de entregar la soberanía. El entreguismo está a la orden del día y, es apoyado de manera irresponsable por amplios sectores que se dejan engañar por «cantos de sirena», en vez de seguir el consejo de Ulises de taparse los oídos, amarrarse al mástil del barco, y evitar caer en la tentación.
Pues bien, todo individuo tiene derecho al autoengaño, pero engañar al otro no deja de ser una canallada. Por eso me resulta mucho más fácil decir, «qué es no ser argentino».
Miguel Espejo, quien pertenece a mi generación (setentista), recordaba que a principios de esa década (yo era estudiante universitario): «… toda una corriente popular, nacionalista, básicamente peronista, pero también la franja que abarcaba el realismo socialista con todas sus variantes y matices», trataba a Jorge Luis Borges, como un «anti argentino». Y añadía:«Era el tiempo de Rosas, Gardel y Perón».
En fin, ya ha pasado mucho tiempo, y deberíamos haber superado esa dicotomía. Borges tenía su resentimiento por haber sido humillado por el régimen, y estaba en su derecho de considerarse «ciudadano del mundo». Él, en el velorio de Leopoldo Marechal (otro grande de las letras), se lamentó que la política los hubiera separado como amigos.
Hace unos años estuve en una reunión literaria con las viudas de ambos, y ellas conversaron amablemente, hasta brindaron con una copa de buen vino. Es más, a principios de este año, un grupo de veteranos ingleses y argentinos de la Guerra de Malvinas, escalaron juntos el Aconcagua, bajo el lema: «Cumbre por la Paz».
Los jóvenes de este siglo nada saben de aquella época, no la vivieron, y cuando de la opinión o punto de vista pasan a la certeza, es porque están ideologizados (brainwashing). Y no deberíamos permitir que los canallas, de aquí y de afuera, envenenen el alma de los jóvenes. La corrupción es como el tango, para bailarlo se necesitan dos.
La llegada de sangre europea y luego afroasiática produjo un mestizaje cuyas consecuencias resultaron complejas. La cruza biológica entre aborígenes, europeos (muchos de ellos ya mestizos) y africanos, más la cruza de culturas diferentes. El continente fue dividido en tres regiones geográficas cuyas delimitaciones biológicas y culturales no se corresponden con la realidad.
Buenos Aires fue, ha sido y es una ciudad con espíritu internacionalista, habitada por hombres y mujeres que cruzaron el Atlántico, por sus hijos, nietos y bisnietos. Aquí se formaron colectividades que llegaron a ser sólidas, y se fundaron instituciones de distinta naturaleza, incluyendo escuelas bilingües, es decir, no se pusieron reparos para que los inmigrantes protegieran su herencia cultural, el uso de su lengua natal y hasta su religión. Hoy la ciudad y las provincias son «refugio» de no pocos latinoamericanos, estadounidenses, ucranianos, rusos, chinos, africanos, entre otros.
Los argentinos no advertimos que disimular las múltiples y diferentes identificaciones que vamos haciendo termina por desgarrarnos. La vida en plenitud exige que se tengan ideas claras y fundadas sobre el hombre y el mundo, la historia y los fines morales.
Así es como, «lo que hace que el león sea león es que es león y no lo que come», ha dicho Emir Rodríguez Monegal, y añadía que, «se había rechazado la cultura indígena y africana; todos habíamos querido ser más elegantes que todos los blancos, pensar filosóficamente como los alemanes, ser tan elegantes como los ingleses, ser tan inteligentes como los franceses y tan vivos como los italianos, y así terminamos por no ser nada». Para Sábato no somos ni América propiamente dicha (como un peruano o un mejicano) ni exactamente Europa (como un italiano o un francés).
Con el ideal de independencia surgió en el establishment intelectual criollo una toma de distancia e indiferencia del legado hispano, que siempre formó parte de nuestra identidad, y los intelectuales porteños fueron receptivos a la exportación cultural francesa e inglesa. El país galo metió una cuña en Haití y desplegó una política cultural que se difundió por la América hispana o ibérica, la que pasó a llamarse «latina».
La masa inmigratoria provino básicamente de España e Italia. El refinamiento cultural porteño de Francia. ¿Cómo negar esta fuerte herencia latina? ¿Acaso la Argentina no es hija de la Contrarreforma, del catolicismo, del estatismo español? ¿Podemos ignorar que la cultura del Renacimiento, profundamente italiana, nos seduce?
Somos herederos de Occidente, cuyas raíces hay que buscarlas en la filosofía griega, el derecho romano y la tradición judeocristiana. Para Borges la tradición Argentina es toda la cultura occidental, y yo añadiría con no pocos ingredientes de Oriente.
El «ser argentino» fluye entre elecciones, ilusiones, fantasías, y el destino. En fin, me siento profundamente argentino cuando estoy lejos y necesito volver.



