Hace algunos años, paseando por las barriadas, podíamos toparnos con huertos urbanos, pequeños oasis verdes en medio de un desierto de edificios. Eran espacios llamativos, atrayentes a la vista, pero que nos parecían como de otra gente, siempre para alguien que no soy yo. En el Huerto Urbano de Lucero, ubicado en la madrileña calle Concejal Jiménez, esquina con Alhambra, nos explican cómo nos equivocábamos.

La pérgola infantil, junto a los bancales

Trabajar «sembrando barrio»

Cuando entramos al espacio, los vecinos, que están trabajando, nos reciben con los brazos abiertos. Se reúnen en el huerto urbano todos los domingos desde las once de la mañana y los miércoles desde las cinco de la tarde. Entre ellos está Carmen, quien ya lleva afanada dos horas (desde las nueve y media) y dará voz al proyecto.

Si le preguntamos qué se puede hacer, nos dirá que siempre hay tareas para todo tipo de gustos y condiciones físicas. El trabajo se acompaña de buena conversación y gente estupenda, que utiliza el huerto a modo de terapia contra la rutina y lo deprimente de nuestra realidad.

A veces «nos tocan dos patatas», se ríe Carmen, para quien lo principal no es la producción, que es escasa, si bien tampoco pretenden que sea abundante. Aunque desde fuera todos parezcan iguales, el objetivo de los huertos urbanos varía según el espacio y quienes lo gestionan.

El objetivo de Lucero es ser un lugar sostenible y completamente ecológico que sirva para movilizar al barrio, creando un espacio de intercambio vecinal que refuerce los lazos comunitarios. «Aquí no solo se trabaja la tierra, se siembra barrio», nos dice Carmen.

Estudiantes de ESN y vecinos de Lucero trabajan un domingo en el huerto

El humus: vecinos y tejido asociativo

En el huerto de Lucero intervienen, y han intervenido, todo tipo de personas, para llevar a cabo diversas actividades educativas, terapéuticas, culturales y recreativas. En él no solo están los activistas que siempre nos imaginamos, sino también vecinos que nunca antes habían participado en algún tipo de proyecto social y que, simplemente, buscan desconectar de la rutina urbana, compartir con gente del barrio o volver un poco a las raíces.

También han estado involucradas varias organizaciones, como Balia, ONG que trabaja con jóvenes y adolescentes en riesgo de exclusión y que ha desarrollado numerosos talleres en el espacio; o el Centro de Rehabilitación Psicosocial de Latina, que se ocupa de personas con diversidad psíquica en proceso de rehabilitación.

Flores recicladas decorando la valla

Actividades variadas

Uno de los proyectos que Carmen recuerda con más cariño es «Del cole al huerto», una dinámica en la que niños y niñas de colegios de la zona iban al huerto a aprender cómo crecían las plantas. Este proyecto, que duraba todo el curso, fue promovido por el Servicio de dinamización Vecinal Lucero y el Centro de información y Educación Ambiental Casa de Campo y Retiro, además de por la Asociación de Vecinos, Balia y Espacio Lucero

Todas estas entidades y las personas que trabajan en ellas han constituido el espacio con su trabajo, dejando huellas tan reseñables como la maravillosa pérgola que construyeron los usuarios y usuarias del CRP, y que sigue cobijando del sol y de la lluvia a quienes pasan por el lugar. También hay indicios de diversas actividades que trascienden a la horticultura, como las flores recicladas o las velas violetas en memoria de las víctimas de la violencia machista, que las vecinas han plantado en una zona del huerto.

Un poco de historia

El proyecto comenzó hacia 2013, impulsado por el Espacio de Encuentro Lucero con el apoyo de la Asociación vecinal Lucero. Ambas organizaciones hicieron un trabajo concienzudo en el proyecto, como siempre han hecho en favor del desarrollo de equipamientos y servicios para el barrio. Así, el proyecto se inició acarreando agua hacia la calle Hurtumpascual, donde estaba su primera ubicación.

Posteriormente se ocupó el actual espacio de la calle Concejal Jiménez, presentando un proyecto que en 2015 fue legalizado por el ayuntamiento sin problema alguno, pues estaba ofreciendo ese espacio para su uso como huerto urbano. El Ayuntamiento, regido aún por el PP, valló el terreno, puso una caseta para el material, echó tierra y sacó una acometida de agua. Actualmente, hay un contador que calcula el agua gastada, pero solo para asegurarse de su buen uso: no se la cobran a la asamblea que la gestiona, que es el órgano de decisión y administrativo del huerto.

El espacio siguió desarrollándose. Se construyó un invernadero y un «hotel para bichos», con el que pretenden atraer a insectos que regulen el ecosistema. También cuentan con una compostera, que a largo plazo pretenden acoger los residuos orgánicos que generan los vecinos y vecinas en sus viviendas.

El actual concejal del distrito de Latina, Alberto Serrano, les facilitó ladrillos para fijar la tierra en los bancales, puesto que, con el riego, se esparce y se pierde. También han reciclado todo tipo de muebles y materiales, con los que construyen las sillas y mesas en las que los vecinos pueden sentarse a charlar, descansar e intercambiar.

Invernadero construido por los vecinos

Faltan manos jóvenes

Cuando visitamos el espacio hay presencia de gente joven, gracias a la asociación Erasmus Student Network (ESN), que se dedica a hacer actividades sociales, culturales y de ocio con estudiantes Erasmus, de cara a que conozcan mejor las ciudades que visitan. Hoy les muestran esta experiencia, y los jóvenes trabajan encantados. Al final, disfrutan de un aperitivo recién sacado de la tierra: «calçots» a la brasa. Sin embargo, Carmen nos cuenta que, normalmente, tienen escasez de gente joven «lo que es una pena». «Este es un trabajo duro, siempre viene bien la ayuda».

Por eso, con el apoyo de la concejalía del distrito, el Huerto Urbano de Lucero acogerá próximamente una actividad primaveral a la que van a invitar a jóvenes de entre catorce y veinticinco años a sembrar su propia fruta o verdura, árboles y flores. Todo ello para que los vecinos y las vecinas de Lucero puedan seguir cultivando interculturalidad, regando lazos comunitarios, germinando conciencia medioambiental; en definitiva, «sembrando barrio».

Habito entre la información y el arte, como el niño que baila entre la filosofía y la poesía. Creo en el compromiso, pero no en los dogmas, y más que la verdad, busco las perspectivas, aunque siempre trato de recopilarlas de forma fiel y rigurosa. Dicen que hay un tal Zule que publica con mi voz, pero yo creo que simplemente somos dos jugadores de un mismo juego: el que cree en la palabra y su poder transformador, así como en la responsabilidad de usarla honradamente.

1 Comentario

Deja un comentario