
La labor de los coleccionistas en la conservación y la divulgación de obras de arte está poco reconocida en el mundo, excepto cuando se trata de colecciones raras o que no suscitan el interés de las masas.
Es el caso de los coleccionistas españoles Víctor Pasamar Gracia y de su pareja Marian Emil Onila, fallecida prematuramente, quienes a lo largo de muchos años fueron reuniendo obras de arte de la cultura japonesa muy poco conocidas.
Víctor Pasamar se refería siempre a su pareja como Sr. Onila. Ahora, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid ha dispuesto una de sus grandes salas de exposiciones para acoger la colección Pasamar-Onila de grabado japonés, una de las más importantes y singulares del mundo por la calidad de sus estampas del género bijin-ga (imágenes de mujeres bellas) de los maestros clásicos, y de Hashira-e (imágenes de columna) junto a dípticos, trípticos y polípticos.
Los pintores impresionistas franceses fueron quienes más se interesaron por la producción del arte oriental y por su divulgación en Europa, fascinados por la luminosidad de aquellas estampas y por el tratamiento que sus autores daban a los vivos colores con los que las creaban.
Bajo el título Bellezas del mundo flotante. Bijin-ga en la edad de oro del ukiyo-e, se han reunido en esta exposición 77 obras de grandes artistas de la edad de oro del grabado japonés, nombres ignorados por el arte occidental, creadores de imágenes de una belleza pocas veces registrada en el mundo del arte: Harunobu, Elizan, Hiroshige, Kubusada y Utamaro, aunque muchos otros autores han quedado olvidados bajo la sombra y el prestigio de esos grandes nombres creadores de imágenes luminosas.
Las estampas de diversos formatos expuestas en esta muestra recogen imágenes de bellas mujeres de los siglos diecisiete al diecinueve, coincidiendo con el periodo Edo, el género más popular de la iconografía de los actores de kabuki.
Se muestran manifestaciones de bjin-ga, estampas en formato oban y hashira-e verticales (imágenes para pilares y columnas), kakemonos o dípticos verticales, trípticos y un políptico excepcional de seis hojas.
El fenómeno del grabado se desarrolló principalmente en las ciudades japonesas, primero en Kioto y luego en Tokio, que eran los centros de producción y distribución de arte gráfico impulsado por artesanos, comerciantes y editores que competían en la distribución de estampas y de libros ilustrados.
Las estampas eran de un elevado valor económico y por eso, además de venderse a los compradores más ricos, hombres y mujeres, también se alquilaban. Como regalo eran muy apreciadas, pues significaban buenos augurios para sus poseedores.
Las estampas tienden a representar una realidad idealizada a través de estereotipos canónicos. En el género bijin-ga se reproducen imágenes de geishas, cortesanas en los barrios de placer, además de mujeres de gran belleza en escenas de género, ocupadas en actividades cotidianas, leyendo, escribiendo o trabajando en labores del hogar.
En Bellezas chinas en un banquete, de Utamaro, es una mujer la protagonista de la escena que se representa. También hay mujeres viajeras, que los artistas sitúan en el monte Fuji o el río Sumida.
Las imágenes son hedonistas y de una belleza extraordinaria, reflejan un mundo de elegancia y a veces muestran escenas de sexo explícito del género shunga (imágenes de primavera).
Además de ser obras de arte en sí mismas, las estampas constituyen una valiosa fuente de información para documentar las costumbres y las modas de la época.
Todas las obras aquí expuestas son grabados realizados por expertos que cortaban tacos de madera con cuchillas o gubias para su tratamiento. A partir de 1760 se impuso la modalidad de estampación a color, un método realizado con colores planos perfilados con dibujos de línea gruesa, incorporando además efectos volumétricos.











La exposición se inicia con cinco estampas policromas de Suzuki Harunobu (1724-1770) elaboradas con una técnica que superaba la de la iluminación a mano de obras de un solo color, una técnica que influyó en las de Isoda Koryüsai, Torii Kiyonaga y Kitao Masanobu entre mediados del siglo dieciocho y los primeros años del diecinueve.
Hay en esta exposición dos conjuntos que aluden a una de las obras literarias más importantes de las letras niponas, La historia del príncipe Genji, considerada como la primera novela de la literatura universal, escrita por una mujer, Murasaki Shikibu, en torno al año 1000.
El artista japonés de bijin-ga más conocido en Occidente fue Kitagawa Utamaro (153-1806), cuyos retratos de busto captan en sus estampas los delicados matices de los estados emocionales y las expresiones faciales de la belleza femenina. Entre sus obras destaca aquí el tríptico Pesca en Iwaya, en la isla de Enoshima.
La escuela que tuvo una producción más numerosa de ukiyo-e fue la de Utagawa, en la etapa final del periodo Edo. En el siglo diecinueve, con numerosas ramificaciones, continuó siendo la más productiva en temáticas como el paisajismo y los relatos sociales.
La exposición se cierra con las insólitas y raras hashira-e, imágenes de pilares, llamadas así porque se colocaban en el fuste de columnas.
TÍTULO. Bellezas del mundo flotante
LUGAR. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid
FECHAS. Hasta el 31 de mayo



