Julio Collado Nieto[1]
Sostiene Pereira que, en los últimos años, basta con pasear por cualquier ciudad como Ávila, para comprobar que, donde antes había una mercería o una pequeña librería, hoy hay un gimnasio, una manicura, una barbería-peluquería…
La proliferación de centros de entrenamiento, estudios «boutique», suplementos, dietas milagro, salones de belleza, aplicaciones de rendimiento físico y el diseño de barbas y pelos, habla de un auténtico culto al cuerpo.
Cuidarse nunca fue tan accesible ni tan visible. La pregunta es si, en paralelo, estamos descuidando algo menos visible como la mente, el pensamiento crítico y el compromiso ciudadano, componentes esenciales del cuerpo.
Quizás, tanta atención centrada en lo exterior esté provocada para olvidarse del interior; ese que debe filtrar las ideas, las informaciones, los bulos y las mentiras que manejan los poderosos de múltiples formas. Por eso, al igual que se ponen filtros a la comida física para no intoxicarse, otro tanto debía hacerse con la comida intelectual y emocional.
El culto al cuerpo no es nuevo. En la Grecia clásica, el gimnasio era espacio de formación física y también intelectual. Pero nuestra versión contemporánea parece haber roto ese equilibrio. El cuerpo se convierte en proyecto permanente, en escaparate y en capital simbólico. Las redes sociales amplifican esta lógica: la imagen es inmediata, cuantificable en «me gusta» y susceptible de comparación constante. El esfuerzo mental, en cambio, es silencioso, lento y rara vez viral.
¿Por qué ocurre esto? Hay causas económicas, culturales y políticas. Vivimos en sociedades muy competitivas e inciertas, donde el cuerpo ofrece una sensación de control. No podemos garantizar estabilidad laboral o certezas políticas, pero sí podemos contar calorías y kilómetros.
Además, la industria del bienestar mueve miles de millones y necesita convencer al personal de que tiene que alcanzar su mejor versión física para triunfar.
A ello se suma, una educación cada vez más orientada a resultados rápidos y medibles, donde la profundidad reflexiva compite en desventaja con la inmediatez. De este modo, refuerza una visión individualista de la vida: mi progreso, mi marca personal.
El tiempo invertido en uno mismo es legítimo y saludable siempre que no se convierta en horizonte exclusivo olvidando el interés por lo colectivo. La conversación pública se empobrece si sustituimos el debate ético por la estética, el argumento por la pose, olvidando el clásico aforismo: «Sin ética, no hay estética». Por eso, no es casual que aumente la ansiedad y la frustración; el cuerpo perfecto que se vende, no existe y las comparaciones generan infelicidad.
Hay un concepto sugerente de la antigua Grecia: el «idiotés», calificativo para quienes se desentendían de los asuntos públicos y se ocupaban solo de sí mismos. No era un insulto intelectual, sino cívico.
El ciudadano pleno era el que participaba en la vida común; quien se replegaba en su esfera particular renunciaba a esa esencial dimensión política de la existencia.
No se trata de oponer cuerpo y mente, imposible porque todo es cuerpo animado; tampoco, de demonizar los gimnasios o las barberías y peluquerías diseñadoras de cuerpos espléndidos y de cabezas y caras puzles. El ejercicio y el gustarse mejoran la salud física y mental.
El problema surge cuando, en la sociedad, el cuidado corporal prevalece sobre la formación cultural, el diálogo y el compromiso social. Una sociedad equilibrada necesitaría tantas bibliotecas como salas de entrenamiento, tantos espacios para el debate como para el deporte y la estética.
El desafío, en fin, no es abandonar el culto al cuerpo, sino integrarlo en una visión más amplia del bienestar.
La felicidad individual se sostiene en comunidades cohesionadas y justas, con ciudadanos críticos y solidarios.El músculo y la mente no compiten; crecen juntos o decrecen.
Si olvidamos lo común, corremos el riesgo de convertirnos en hermosos «Narcisos» que, enamorados cada cual de sí mismo según cuenta bellamente el mito griego, se ahogan en el azogue de su espejo.
- Julio Collado Nieto es maestro jubilado, escritor de libros infantiles, coordinador de Campañas escolares de animación lectora, articulista del Diario de Ávila, colaborador de La 8Ávila CYLTelevisión, en ViveRadio y es monitor del taller Lectura, escucha y memoria de la Fundación Ávila en el Palacio de Los Serrano. Ha colaborado y colabora actualmente en varias revistas y en antologías poéticas y de relatos.
- Artículo distribuido por José Antonio Sierra Lumbreras




