Adrián Mac Liman

Desde hace una semana, los países productores de petróleo, ese codiciado «oro negro», se enfrentan en las fórmulas para controlar el impacto producido por la pandemia de coronavirus en la economía mundial.

La espectacular caída de la cotización del petróleo –un 34 por ciento – en los últimos meses, recuerda la grave crisis registrada durante el período de 2014 a 2016, que sacudió los cimientos de las estructuras de los exportadores de crudo, desembocando en la firma de un acuerdo entre las dos grandes agrupaciones: la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), integrada por Argelia, Angola, Ecuador, Indonesia, Irán, Irak, Kuwait, Libia, Nigeria, Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Venezuela y Congo, y los países de la llamada OPEP+, liderada por Rusia, tercer productor mundial de “oro negro”,  y compuesta por Egipto, Azerbaiyán, Kazajistán, México, Noruega, Omán, Rusia, Siria y Sudán. 

Los dos bloques, que trataron de ignorarse durante décadas, establecieron contactos informales a finales de los años setenta del siglo pasado. La cooperación, rechazada por los jefes de fila de ambas agrupaciones –Arabia Saudita y la ex Unión Soviética– parecía incompatible. Los príncipes de Riad descartaban cualquier diálogo con los «herejes marxistas»; por su parte, los dueños del Kremlin se negaban a entablar conversaciones con la dinastía «feudal retrógrada» de los Saud. Aun así, al final de la «guerra fría» se divisó un tímido acercamiento entre los dos países. Los negocios son… negocios. 

Dos décadas después, la faz del mundo había cambiado. El «nuevo orden mundial» de George Bush, la enigmática «globalización» pregonada por los ultraliberales, el desmembramiento de la URSS y la atomización del imperio soviético cambiaron los datos del problema.

La altanera Rusia se había convertido en una potencia de segunda; el reino wahabita dejó de ser el incontestable líder de los países de la región del Golfo Pérsico. La inesperada «bonanza» de los emiratos, la prominencia de la revolución islámica del competidor iraní, la creciente penetración del chiismo en la región, acabaron con la aureola de la Casa de Saúd.

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Reunión de la OPEP en Rusia

Rusia y Arabia Saudita -potencias llegadas a menos– tenían buenas razones para sellar las paces. Y, sobre todo, las agrupaciones de países petroleros que ambos capitaneaban tenían interés en coordinar su actuación en los mercados internacionales. Se trataba de fijar precios, establecer cupos de producción, controlar las cuotas de mercado.  

Es lo que sucedió a finales de la pasada semana, cuando los representantes de la OPEP y la OPEP+ se reunieron en Viena para estudiar la tónica del mercado y consensuar medidas para el mantenimiento de los precios. Pero esta vez los intentos de concertación fracasaron. Rusia no era partidaria de reducir su producción de crudo para mantener la cotización del petróleo. Arabia Saudita puso en práctica sus amenazas: incrementar la producción, rebajar el precio del barril e inundar el mercado mundial.

¿Qué había sucedido? 

Rusia y sus socios se negaron a reducir su producción en un 1,5 millones diarios como sugirió Arabia Saudita. Aunque Riad se comprometía a asumir el mayor porcentaje de la bajada, Moscú rechazó la propuesta. Su objetivo: compensar las pérdidas resultantes de la imposición de sanciones occidentales de 2014 con la venta de oro negro, incluso a precios más bajos. Los rusos habían barajado descensos del precio hasta los 35 dólares por barril. Sin embargo, estos cayeron por debajo de los treinta dólares.

Cierto es que el acuerdo de 2016 aportó a las arcas de Moscú alrededor de 88 000 millones de euros. Pero el descenso de la producción –incluso moderado– no estaba contemplado por los jerarcas rusos.

En realidad, tanto Rusia como Arabia Saudita pueden permitirse el lujo de competir «a la baja». En ambos casos, sus reservas les permiten unos «sacrificios» de unos meses (hasta finales del año). Los auténticos perjudicados serían los productores norteamericanos, que desarrollaron una boyante industria petrolera basada en el «fracking», técnica extremadamente costosa, que prosperó merced a los precios altos practicados por los demás productores. Es una de las razones –tal vez la más importante– por la que los rusos apuestan por el descenso de la cotización del oro negro.

Los «aliados» saudíes de Washington prefieren apostar por el mantenimiento de su cuota de mercado, perjudicando a su vez los intereses directos de los norteamericanos.

El 8 de marzo de 2020, algunas publicaciones económicas afirmaron que Arabia Saudita planeaba aumentar la extracción hasta doce millones de barriles diarios durante el mes de abril.

El 11 de marzo, la petrolera Saudí Aramco aseguró que había recibido la orden de elevar la producción a 13 millones de barriles diarios. Abu Dabi siguió el ejemplo de Riad, incrementando su producción hasta los cuatro millones de barriles.

El lunes 9 de marzo, la cotización del crudo Brent se hundía hasta 31,43 dólares el barril, el petróleo estadounidense West Texas se desplomó a 29,73 dólares el barril. Ayer, lunes 16, el Brent se cotizaba a 31,41 dólares y el West Texas, a 28,86 dólares el barril. Y la guerra sigue.  Pero ya se sabe: «los negocios son… negocios».

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