Hay tardes en las que una familia lleva media hora intentando explicar una división, unas reglas de ortografía o cómo organizar el estudio antes de un examen y nada funciona. Entonces alguien abre Instagram o TikTok en casa, encuentra un vídeo de treinta segundos y aparece una idea sencilla que consigue desbloquear la situación.
Estamos acostumbrados a hablar de las redes sociales y la infancia desde sus riesgos: exceso de pantallas, distracciones, sobreexposición o contenidos poco apropiados. Pero quizá las redes también pueden convertirse en un lugar desde el qué enseñar.
Del aula a la pantalla
Un ejemplo es Paula Lacuesta, maestra y neuroeducadora que está detrás de La Pizarra de Paula. Su proyecto, que comenzó compartiendo recursos y técnicas de aprendizaje en internet, supera actualmente los 300.000 seguidores, según la información de su editorial.
Hace unos meses publicó ¡Enfócate, cerebrito!, un libro dirigido a alumnado de cuarto, quinto y sexto de Primaria, que aborda cuestiones como la atención, la motivación ante el estudio, los nervios frente a los exámenes o el miedo a equivocarse.
Lo interesante no es únicamente el número de seguidores. Inicialmente Lacuesta compartía recursos dirigidos a docentes y, con el tiempo, fueron las propias familias quienes comenzaron a pedirle orientación para utilizar esas estrategias también en casa.
¿Tiene que ser el docente creador de contenido?
Probablemente no. Saber grabar un reel o desenvolverse ante una cámara no debería convertirse en un nuevo requisito para ser buen maestro. Pero sí parece difícil imaginar la educación actual completamente ajena al mundo digital.
El propio currículo español entiende la competencia digital como algo que va mucho más allá de manejar dispositivos. Habla de utilizar las tecnologías de manera segura, crítica y responsable, pero también de buscar información, valorar su fiabilidad, comunicarse y crear contenidos.
El profesor/a no necesita convertirse en influencer, pero sí comprender los espacios en los que se mueve su alumnado. Adaptarse no significa abandonar aquello que funciona, sino aprender nuevos lenguajes para seguir haciendo algo que siempre ha formado parte de nuestra profesión: comunicar.
La pandemia lo dejó especialmente claro. De un día para otro, miles de docentes tuvieron que trasladar parte de su trabajo a una pantalla. Aquello fue una situación excepcional, pero también mostró que enseñar no depende exclusivamente de cuatro paredes y una pizarra.
La paradoja de aprender en treinta segundos
Las redes tienen una ventaja evidente y es que hacen accesible la información. Una familia puede descubrir rápidamente una estrategia para organizar los deberes, un estudiante puede encontrar una explicación diferente de algo que no ha comprendido y un profesor puede conocer recursos que después adapta a su grupo.
Pero precisamente su principal ventaja puede convertirse también en su límite: la rapidez. No obstante, aunque las redes puedan ser una puerta de entrada al conocimiento, no deben convertirse siempre en la única y/o última parada.
Aquí la escuela tiene una oportunidad interesante. En lugar de limitarse a decir al alumnado que no crea todo lo que ve en TikTok, podemos impartir una educación digital que nos enseñe a decidir qué merece ser consumido.
Podríamos comparar dos vídeos que expliquen un mismo concepto, buscar quién está detrás de cada cuenta, comprobar las fuentes utilizadas o investigar si una afirmación aparece respaldada por organismos y profesionales especializados.




