En la Argentina siempre se habló de la «cultura del trabajo», como una actividad que dignifica al trabajador, incluso en gobiernos populistas de ideologías contrarias.
Los primeros mil días del gobierno actual, arrojan resultados catastróficos como no se registraban en varias décadas, por no decir nunca vistos, exceptuando algunos datos como la baja de la inflación, pero a lo Pirro, bástenos el alto precio que están pagando los jubilados entre otros sectores vulnerables.
Algunas estimaciones mencionan más de 30.000 empresas cerradas, más de 400.000 empleos registrados menos, un aumento creciente de la informalidad laboral, en un contexto inédito de pobreza y en muchos casos de indigencia.
Una fuerte retracción del mercado interno y pérdida de poder adquisitivo de los salarios reducen las ventas de los comercios y las pymes. El incremento en las tarifas de los servicios públicos (luz, gas, agua) y los gastos de funcionamiento dificultan la sostenibilidad de los negocios. También el transporte público se ve seriamente afectado.
Pero esta realidad palpable es negada por un gobierno que alaba la horrorosa década del 90, que implementó una política neoliberal que dejó un tendal de víctimas, todo tipo de desastres para el desarrollo del país, una ola de corrupciones que llega hasta nuestros días, y profundas secuelas socioculturales.
Al parecer, existe empeño en ahondar aquellas medidas que no solo deterioraron la actividad laboral, también la salud, la educación, la seguridad, la cultura, y se combate cualquier medida, idea o propuesta que tenga un tufillo de socialdemocracia, comenzando por el Estado de bienestar.
Una medida reciente que ha despertado la indignación de la gente, es la de la disolución del histórico Coro Nacional de Niños a finales de julio, por disposición del gobierno nacional, tras casi sesenta años de trayectoria artística y formativa.
En cuanto a las bibliotecas públicas, donde por las noches solían ir los obreros a cultivarse y los estudiantes nocturnos, según informes en los medios, están sufriendo problemas presupuestarios, desfinanciamiento, demoras o falta de pago en subsidios, así como reducción de puestos de trabajo, pese a que habría más egresados de la carrera de bibliotecología.
Un tema muy sensible es el de los discapacitados, que capta cotidianamente la atención política por las situaciones de corrupción que se ventilan en la justicia y en los medios, además, porque implica necesidades impostergables que parecen soslayarse. No sólo es un tema médico, tiene connotaciones en cuanto a barreras que afectan la inclusión laboral, la inclusión educativa, y desnuda problemas burocráticos y urbanísticos.
Cualquier ciudadano pensante se pregunta: ¿Hasta dónde un presidente en solitario puede decidir alianzas estratégicas en nombre de la Nación? ¿Acaso ese poder ejecutivo unipersonal, basándose en la entelequia ambigua del supuesto «interés nacional», puede generar un vínculo de alcances insospechados con los Estados Unidos que en el pasado jamás nos benefició?
Los derechos fundamentales y propios de una democracia, que son amparados en toda sociedad por la Constitución Nacional, no deberían ser violados por funcionarios de turno que se escudan en el voto popular, mientras quienes tienen por misión actuar como contrapoderes sufren de un ataque de distracción, cuando no carecen de coraje o muestran profundo de temor.
Los jóvenes en Argentina, parafraseando a Jean Cocteau, saben lo que no quieren antes de saber lo que quieren.
Aquí como en muchas otras partes, no hay que confundirse con la población públicamente obediente, ya que no pocas veces resulta ser íntimamente desobediente. Como decía Eduardo Galeano:«Sólo los tontos creen que el silencio es un vacío. No está vacío nunca. Y a veces callarse es la mejor manera de comunicarse».
Mas allá de redefinir el concepto de trabajo, tarea pendiente, sería mucho más económico erradicar la pobreza, antes que los factores que la provocan. Pues bien, está a la vista que la pobreza y la irresponsabilidad dirigencial están destruyendo día a día el tejido social como nunca antes había pasado.
No es asunto de amedrentar a lo Trump para imponer los febriles caprichos. En democracia el ejercicio del poder tiene fecha de vencimiento… No olvidemos que el político de nuestros días está atado a las encuestas, por ende, no evidencia ser un líder con capacidad intelectual y, por si fuera poco, ya no hay estadistas en el mundo. La estabilidad de una política pública en el tiempo solo la brinda la institucionalidad, no las personas.
El italiano Loris Zanatta, conocedor profundo de la realidad argentina, sostiene que el país tiene un vacío que llenar y una moral que defender.
La ideología, como relato interesado, procura mostrar un interés propio como si fuese general. En efecto, el relato estructura intereses que pueden captar a un colectivo determinado, pero deja a otros colectivos fuera de juego. Según Borges, «El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta ‘el modo imperativo’».
Lo cierto es que cada vez resulta más difícil, aquí y en todas partes, buscar la verdad en la información oficial. El ocultamiento forma parte de las reglas de juego del poder y, en la población pensante genera desconfianza.
En materia de cultura, la Argentina siempre tuvo sólidos bastiones culturales; las distintas dictaduras militares la persiguieron, desmontaron muchos centros, hicieron listas negras, quemaron libros, torturaron y hasta desaparecieron seres humanos, pero no lograron derrotar a los bastiones culturales, verdaderos focos de resistencia. Hoy se manifiestan frente a una política economicista que revela insensibilidad humana, inclusive crueldad, y la cultura, sea popular o elitista, resistirá con coraje los atropellos de la ignorancia.




