Censura en los años cincuenta: «Con Fraga, hasta la braga»

Un escribano en la Corte

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Existen libros que parecieran haber sido escritos hace cientos de años por resultar inconcebible lo que cuentan. Sin embargo, los separan, como en este caso, apenas un poco más de medio siglo. Tengo en mis manos un ejemplar cuyo texto mueve en ocasiones a la hilaridad, mientras que en otras dan ganas de echarse a llorar, pensando que todo aquello fue verdad, que existió, y empleando la jerga de entonces, «habitó entre nosotros». 

Se trata de «Los años 50», una obra escrita por el escritor y periodista Juan Soto Viñolo, curtido en mil batallas profesionales y conocedor de una época que algunos vivimos en propia carne. El autor narra las vivencias desde dentro de los fogones de la radio, la televisión o la prensa escrita. Cuenta 56 historias de cómo era, cómo se vivía en aquella España de hace poco más de medio siglo en un Régimen dictatorial inconcebible, pero cierto.   

Lo de «Con Fraga hasta la braga» no es gratuito, sino que tiene su por qué. En la España de aquellos años sesenta la censura estaba a la orden del día en todos los ámbitos, ya que el censor podía ser, además de los estamentos oficiales, la señora de un potentado político, el cura párroco, el falangista de turno, el comandante de puesto de la Guardia Civil, y sobre todo la Iglesia Católica, al ser este oficialmente un país católico, apostólico y romano, y tener «un destino en lo universal», aunque lo cierto es que nunca supe qué leches quería decir aquello de universal.

En 1951 se creaba el llamado Ministerio de Información y Turismo, presidido Rafael Arias Salgado, un ministro-teólogo encargado, al parecer, de salvar nuestras almas. En 1962 iba a ser sustituido por otro ministro que daría mucho juego tanto durante el régimen franquista como ya en democracia. Se llamaba Manuel Fraga Iribarne, ministro que tuvo la feliz idea de que para poder seguir controlando la censura política había que abrir un poco la mano en el asunto de la pecadora y débil carne, dando así un poquito de libertad en el ámbito de la censura cinematográfica, permitiendo el hecho de que hasta entonces una desconocida prenda femenina llamada biquini hiciera acto de presencia en la pantalla. Y claro, el cachondeo hispano estaba servido: «Con Fraga, hasta la braga», se decía. Lo cierto es que algunos podían ver tanto un biquini como unas bragas por primera vez en su vida, y además en la pantalla…. 

La férrea censura en la mujer estaba a la orden del día, y en el libro hay suficiente información al respecto. «Bajo el control de la Sección Femenina y las órdenes religiosas, las mujeres recibieron una instrucción destinada a las tareas hogareñas, que acabarían convirtiéndolas en sumisas y apaleadas esposas y fértiles madres como conejas». El deporte podía llegar a ser algo peligroso para ellas, y además pecador, si nos atenemos a este párrafo: «Nada de prácticas deportivas bruscas, y menos montar en bicicleta, pues la actividad ‘puede producir irritaciones genitales que en algunos casos podrían ser el origen de excitaciones eróticas’». 

El cardenal ultraconservador Isidro Gomá, mano derecha eclesiástica de Franco, diría refiriéndose a la mujer: «Y ellas, que andan por la tierra como diosas carnales, buscando los ojos de sus adoradores, no piensan que dentro de poco aquella figura tan alabada, tan adorada por los hombres sensuales, será un montón de corrompida materia que habrá de apartarse de la vista de los hombres por hedionda, que apestará con su hedor, que no tendrá más caricias que la de los gusanos que la festejarán para devorarla». 

Al igual que en el cine, y en la mujer, la censura musical también estaba a la orden del día. Lo vivió en carne propia al autor del libro, quien fuera redactor de programas musicales e informativos de Radio Nacional de España en Barcelona durante veintisiete años, y por tanto viendo y palpando la censura con sus propias manos. Existían «listas negras» con los títulos de las canciones prohibidas. Había microsurcos cruzados por tiras de cinta adhesiva, o rayados con punzón con verdadera saña. Desaparecieron de los archivos todos los discos de Miguel de Molina, coplero exiliado tras la Guerra Civil.

Cientos de canciones, discos prohibidos ya que los censores siempre encontraban algo escandaloso, de tal manera que no se podían radiar canciones como «Bésame mucho», «Rico vacilón» y «Ojos verdes». A Los Panchos le censuraron el bolero «Pecado» solo por el título. «El hombre es como un auto» era peligrosísimo si lo cantaba una mujer, obscena ella, pero muy gracioso si lo cantaba un hombre, macho ibérico al fin y al cabo… La cumbia colombiana «Se va el caimán» fue inmediatamente prohibida por las connotaciones que los censores encontraron en el texto, ya que interpretaron que podía referirse a Franco… 

Para hacerse una idea de la censura en todos los ámbitos, este párrafo no deja lugar a dudas: «Las canciones ‘no radiables’ aparecían en las hojas de incidencias del jefe del Gabinete de Escuchas de la Dirección General de Radiodifusión y Televisión del Ministerio de Información y Turismo de Arias Salgado»… El Ojo del Gran Hermano no descansaba ni de día ni de noche…

@conradogranado. Periodista. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. He trabajado en la Secretaría de Comunicación e Imagen de UGT-Confederal. He colaborado en diversos medios de comunicación, como El País Semanal, Tiempo, Unión, Interviú, Sal y Pimienta, Madriz, Hoy, Diario 16 y otros. Tengo escritos hasta la fecha seis libros: «Memorias de un internado», «Todo sobre el tabaco: de Cristóbal Colón a Terenci Moix», «Lenguaje y comunicación», «Y los españoles emigraron», «Carne de casting: la vida de los otros actores», y «Memoria Histórica. Para que no se olvide». Soy actor. Pertenezco a la Unión de Actores y Actrices de Madrid, así como a AISGE (Actores, Intérpretes, Sociedad de Gestión).

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