Julio Collado Nieto[1]
Queridos jóvenes:
Aunque con dos días de retraso, espero que estas palabras lleguen a vosotros como llegan los ecos lejanos, amortiguados por el ruido de este tiempo vuestro, tan lleno de pantallas, tan escaso de silencio.
Me atrevo a escribiros desde esa intemperie donde habita la conciencia. No como quien adoctrina, sino como quien conversa.
Y digo con retraso porque, quizás lo habéis oído, fue una mañana del 14 de abril de 1931 cuando España despertó con una ilusión nueva. No era perfecta, ni lo pretendía; pero era limpia en su aspiración: construir un país más justo, más culto, más digno. Aquella fue la hora de la Segunda República. Y como toda hora verdadera, no estuvo hecha de certezas, sino de voluntad.
Desde el balcón del Ayuntamiento de Segovia dije a los jóvenes de entonces: «Haced política, porque si no la hacéis, alguien la hará por vosotros y probablemente contra vosotros». No era una amenaza, sino una advertencia nacida de la experiencia. La política no es un oficio ajeno ni una palabra sucia como la presentan hoy sus enemigos: es, sencillamente, la forma en que decidimos convivir. La forma en la que cada cual aporta lo que puede al común y este le asegura la confianza en el hoy y en el mañana.
Hoy, según me cuentan, algunos de vosotros miráis hacia atrás con una extraña nostalgia de lo que no vivisteis. Idealizáis la dictadura como quien contempla una fotografía sin oír los gritos que la rodeaban.
Permitidme deciros que la libertad no es un adorno: es lo más necesario. Y que renunciar a ella, por cansancio o por desengaño, es siempre el comienzo de una pérdida mayor. Escuchad al sabio Cervantes hablando por boca de don Quijote: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».
Comprendo, sin embargo, vuestro escepticismo. También en mi tiempo hubo desencanto, desigualdad, ruido, palabras hueras. También entonces parecía que los poderosos hablaban demasiado alto y los humildes demasiado bajo. Pero aprendimos, o intentamos aprender, que no hay tiempo histórico que se salve sin ciudadanos despiertos.
No os pido fe ciega. Al contrario: dudad. Dudad de quienes os prometen soluciones simples a problemas complejos. Dudad de quien os ofrece orden a cambio de silencio. Dudad incluso de vosotros mismos. Pero no dejéis de pensar, porque el pensamiento es el primer acto de libertad.
Recordad algo que los niños saben y los adultos olvidan: es más difícil mantenerse en pie que dejarse caer. Participar, informarse, implicarse, ser con los otros… exige esfuerzo. Desentenderse, no. Por eso, tantos eligen lo segundo. Pero el precio es alto: si uno no decide, otros deciden por él.
Aquella «hora de España» de la que hablábamos en los años treinta, no fue solo una circunstancia histórica. Fue una llamada. Cada generación ha de responder a la suya. Esta es la vuestra. No la desperdiciéis en la indiferencia ni en la nostalgia de un pasado supuestamente mejor.
Haced, en cambio, lo más difícil: pensad, participad, preguntad y exigid una buena enseñanza de la Historia y defended lo común porque es lo de todos, buscando la justicia y la paz. No por ideología, sino por la hermandad que nos constituye y nos exige a todos iguales. Si algo puede deciros hoy este viejo poeta es esto: nadie está exento de su tiempo. Y el vuestro, como todos, necesita de vuestra lucidez. Ayudadme a comprender lo que os digo… y os lo explicaré más despacio como los buenos maestros.
Con esperanza, Juan de Mairena.
- Julio Collado Nieto es maestro jubilado, escritor de libros infantiles, coordinador de Campañas escolares de animación lectora, articulista del Diario de Ávila, colaborador de La 8Ávila CYLTelevisión, en ViveRadio y es monitor del taller Lectura, escucha y memoria de la Fundación Ávila en el Placio de Los Serrano. Ha colaborado y colabora actualmente en varias revistas y en antologías poéticas y de relatos
- Artículo difundido por José Antonio Sierra




